Conferencia inaugural de las VI Jornada de la Paz: Fundamentos de la Paz y la Dignidad humanas

Fundamentos de la Paz y la Dignidad humanas

Conferencia inaugural de las VI Jornada de la Paz, “Compromiso con la Paz”

3 de diciembre de 2018- Campus de Jerez

Buenos días a todos.

Quiero comenzar mi intervención expresando mi agradecimiento por la invitación recibida, como Director de la Red Global de Municipios por la Paz y los Valores UNESCO, a participar en esta VI Jornada de la Paz

  • Mi agradecimiento a la Universidad de Cádiz, especialmente al Vicerrectorado de Responsabilidad Social y el Área de Biblioteca, Archivo y publicaciones,
  • Al Ayuntamiento de Jerez de la Frontera.
  • Así como a todos los presentes con los que evidentemente nos une el interés por trabajar en el establecimiento de una Paz duradera en la humanidad.

El esfuerzo realizado por las instituciones implicadas, así como por las personas que le han dado vida, es digno de ser destacado, pues es una semilla más a sumar en la titánica causa por la Paz que nos convoca.

Posiblemente esta mañana yo no pueda aportar con mi intervención nada nuevo, y ni mucho menos ninguna fórmula mágica que pudiera resolver los problemas del mundo, pero al menos compartiré reflexiones que son comunes, puesto que tengo la seguridad de que muchas de ellas están en la mente de los presentes.

Sin embargo no quiero esconder mi preocupación por el hecho de que pueda parecer que lo que hacemos en estas jornadas (y yo con esta ponencia) sea nada más que sumar palabras sobre palabras, en un mundo lleno de palabras donde ya nadie cree en ellas, dónde hay una gran crisis de confianza en los discursos, así como en las instituciones y las personas que las regentan. Son muchos los acuerdos, los discursos y tratados internacionales que se quedan nada más que en una mera intención. La población cada vez reclama más hechos y menos palabras, y ciertamente a la palabra debe de dársele vida con el ejemplo, pues de lo contrario cae como hoja muerta. Y en muchos casos la palabra, esa palabra que es diálogo y es vínculo, es sustituida, cuando no tiene vida, por la fuerza de la violencia, y es entonces cuando muere la Paz y nacen las semillas de la guerra.

Pero el título que nos convoca en estas VI Jornadas por la Paz, trata de ir un paso más allá de las palabras, es justamente Compromiso con la Paz.

Por eso hoy yo no quiero dirigirme a las instituciones ni estamentos sino a ustedes como individuos, como personas, pues es desde cada uno de nosotros, desde nuestra calidad humana, desde donde se forja la calidad de las instituciones y la fidelidad a los compromisos que pueden llevarnos a un mundo mejor.

70 Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. 73 aniversario de la UNESCO. ODS.

El próximo día 10 de diciembre se celebrará el Día Mundial de los Derechos Humanos y se conmemorará el 70 Aniversario de la Declaración Universal, de La Carta Magna que ha sido uno de los mayores logros en la historia de la humanidad, en la aspiración por lograr un mundo en Paz.

Como todos recordarán establece sus pilares, expresados en el preámbulo de la misma, en el reconocimiento de la universalidad de la dignidad humana y la necesaria fraternidad entre los pueblos

Literalmente leemos en el preámbulo:  Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo, tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana… 

Y en el artículo primero dice:   Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

(¿Cuántas veces lo habremos oído?)

Además de estos dos valores esenciales donde se reconoce la dignidad como condición intrínseca de todo ser humano, y que se expresa como necesidad de autonomía y libertad, como una aspiración natural a realizarse plenamente; además de la aspiración a la fraternidad universal qué hermana todas las naciones, razas, creencias y culturas, y que nos recuerda, como en toda familia, la ineludible corresponsabilidad de todos y la anhelada convivencia…

Además de estos dos elementos esenciales digo, hay otros valores y aspiraciones que se destilan de los artículos de la Declaración Universal:

Por ejemplo, el necesario equilibrio entre el deber social y la libertad individual, conciliables solo a través de la idea de que no podremos lograr una justicia social si no es a través de una ética individual

Y en su conjunto vemos como detrás de toda la Declaración está presente la idea de que debe ser la dignidad humana el eje y la finalidad de toda acción política, económica, legislativa, religiosa etc.

Toda la declaración es un reclamo a la conciencia, más que una proclama de derechos, puesto que no podemos concebir unos derechos que son exigidos ante la gran familia humana sin entender los deberes que nos comprometen individual y colectivamente, deberes éticos que exigen de cada uno una elevación de conciencia, de valores, de calidad personal.

Han pasado 70 años desde entonces. Muchos dirán que se a progresado mucho en diversos ámbitos, y tal vez no les falte razón, pero a la vista de gran parte de las situaciones actuales, de la realidad global que podemos ver en el mundo, pienso que algo se nos olvidó en el camino.

Dos años antes, en 1945 (hace 73 años) se daba nacimiento en el seno de la ONU a la UNESCO (a cuya Red Civil me siento orgulloso de pertenecer) con aquella idea que tantas veces habremos oído:  “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”, recordándonos que es en el corazón y en la mente donde deberían levantarse las torres del progreso humano.

También quiero recordar ahora los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030, aquellos que tras la propuesta no alcanzada de los Objetivos del Milenio fueron lanzados en 2015 por la ONU como un compromiso internacional que nos involucra urgentemente a todos, tanto las Instituciones como la Sociedad Civil y las personas a título individual.

Y en este punto cabe preguntarse ¿Cómo serán posibles estos objetivos que aspiran, como recordaremos, a poner fin a la pobreza y el hambre; que aspiran al crecimiento económico y sostenido; a luchar contra el deterioro de la naturaleza; que aspiran a la igualdad, a la educación y a la paz, entre otros objetivos?. ¿Solo se hará posible con acuerdos internacionales y tratados, nuevas leyes y estructuras administrativas?

Sin duda todas estas aspiraciones son muy importantes, pero no podemos olvidar que tras las instituciones, la legislación y los acuerdos, hay seres humanos que le han de dar vida. Sí esos seres humanos no tenemos unos valores personales comprometidos con dar de nosotros mismos lo mejor de nuestra condición, el objetivo del bien común y la paz no será posible. Pues la paz ha de nacer primero, no de un pacto entre los hombres, sino de un pacto íntimo y personal que se exprese en rectitud, generosidad, sabiduría y amor.

Los dos vectores del desarrollo

Antes decía que tal vez hayamos olvidado algo en el camino.

Tal vez en nuestro afán por mejorar las condiciones de vida de millones de seres humanos nos lanzamos a una cruzada de desarrollo material pensando que era el progreso económico y tecnológico lo que lo haría todo posible. Pero hoy vemos que la economía y la tecnología son solo medios, medios importantes esos sí, pero medios al fin y al cabo que han de estar en manos y al servicio de seres humanos que, si se corrompen, sí bloquean la educación que fortalezca el discernimiento y la conciencia, la autonomía personal y la libertad de espíritu, se convierten en medios para esclavizar, controlar y manipular a millones de personas.

El progreso, mal que nos pese a esta mal llamada sociedad del conocimiento, no puede serlo solo de los medios tecnológicos, económicos, etc. necesita de otro vector, el vector de los fines, de la ética, del desarrollo de valores intrínsecos a nuestra naturaleza humana. Y esto se ha ido olvidando en el camino fascinados por el crecimiento económico a gran escala y los logros tecnológicos.

Cierto es que sin un desarrollo sostenible básico los pueblos se ven lanzados a una lucha por la supervivencia que no entiende más razones que las que le impone la desesperación. Por ello este desarrollo es urgente e ineludible.

Pero para que el desarrollo económico sea verdaderamente sostenible no puede deshumanizarse, y esto, aunque no parezca tan urgente ante las grandes lacras del hambre y la guerra, es sin embargo esencial, aunque yo creo que a mí entender ya es además de esencial, urgente.

Por este motivo necesitamos promover una educación completa en el sentido platónico, una educación que se exprese a través de todos los factores que envuelven la vida cotidiana, una educación que se construya sobre los dos elementos:  las capacidades y habilidades personales, ya sean intelectuales o manuales, pero que también tenga muy en cuenta el desarrollo de la calidad personal, fortaleciendo y desarrollando los valores individuales y colectivos, las potencialidades internas que nos humanizan.

Solo una apuesta decidida por una calidad en la educación integral, puede dar resultados duraderos. Y al hablar de educación no nos referimos  únicamente a los programas escolares y universitarios, sino a todo lo que influye y confluye en la formación de la personalidad y el desarrollo d ellos valores que sirven de base en la realización de los individuos.

La dificultad para hacerlo respetando la libertad individual no puede hacernos posponerlo. Es una gran reto que pasa por reconocer los Valores Universales que nos son comunes a toda la Gran Familia Humana.

Ya sabemos que no es una medida que dé resultados a corto plazo en un mundo que quiere recetas inmediatas y que todo sea resuelto y garantizado por “el sistema”, pero solo invirtiendo en la calidad humana es que llegaremos a poder mejorar el mundo realmente.

Fundamentos de la Paz y la Dignidad humanas

Todos los factores de los que depende la paz y la dignidad dependen mucho más de la calidad humana que de los medios y capacidades de que se dispongan, especialmente de la calidad moral de los responsables políticos económicos y sociales.

Como se ha dicho muchas veces no puede haber paz en el mundo si no hay paz en nuestros corazones, sin comunión con lo más noble, elevado y digno que hay en nuestra naturaleza humana.

La utopía de una justicia social solo basada en el sistema o las leyes ha fracasado, pues hoy sabemos que solo se puede lograr esa justicia social fortaleciéndola desde la ética individual.

Es por eso que el esfuerzo por construir la paz no puede ser una actitud pasiva, solo de rechazo y denuncia, hace falta algo más. Puesto que las guerras nacen en la mente de los seres humanos a través de la ignorancia el egoísmo y el miedo, dando esos frutos de fanatismo, odio y violencia, combatamos esas semillas si queremos fortalecer la paz.

Solo con una actitud activa de trabajo por la paz es que podremos sembrar semillas diferentes que fructifiquen en la misma mente de los hombres y mujeres, semillas de Bondad, de Justicia, de Verdad y de Belleza, semillas que se esparzan a través de la educación, la cultura y el ejemplo. Solo así será posible la vida digna, compañera inseparable de la paz verdadera.

¿Qué nos hace Humanos?

Sí la vida digna es toda aquella qué favorece, y no anula, nuestra condición humana, es oportuno preguntarnos para finalizar: ¿qué es lo que nos hace humanos?, pues será fortaleciendo eso factores dónde hallemos los pilares con los que podamos levantar las banderas de paz y dignidad.

Muchas son las capacidades y cualidades que nos elevan sobre la condición instintiva, impulsiva de lo animal (que por otro lado también forma parte de nuestra naturaleza), y que ponen de manifiesto nuestra identidad como seres humanos. Como decía Platón estamos constituidos de lo uno y de lo otro, en una clara alusión a como se unen en nosotros lo animal y lo genuinamente humano.

Yo solo mencionaré algunas de ellas que me parecen bastante significativas:

  • Nos hace humanos la capacidad de reflexión y de compartir ideas junto con esa conciencia de nosotros mismos que nos impulsa a querer dar sentido a nuestras vidas.
  • Nos hace humanos nuestra voluntad, nuestra capacidad para elegir más allá de los impulsos instintivos y junto a ella la necesidad de libertad para hacerlo. Libertad que muchas veces encuentra más barreras en nuestra ignorancia e impulsividad que en las limitaciones exteriores.
  • Nos hacen humanos nuestros sentimientos e ideas éticas y estéticas que hallan su expresión vital en valores como el amor, la paz y la solidaridad.
  • Nos hace humanos el espíritu de superación y realización, esa aspiración por mejorar y desplegar el potencial que cada uno encierra.
  • Y por último mencionaré cómo nos hace humanos la capacidad de captar ideales y arquetipos, de concebir la Justicia, de buscar la Verdad, de vivir la Bondad y plasmar la Belleza, ideales que han llevado a los pueblos a desarrollar culturas y construir civilizaciones que dieron frutos magníficos a través del arte, la religión, la política y la ciencia, pero que se derrumban con gran violencia cuando se olvidan los ideales que les dieron nacimiento.

Todos ellos son pilares esenciales de nuestra condición humana (y podríamos añadir muchos más) pero debemos preguntarnos si son todos valores de interés real en nuestro mundo actual, si constituyen objetivos importantes y prioritarios con los que trabajar a la hora de realizar los planes de desarrollo de nuestras sociedades. Si inspiran cotidianamente las decisiones políticas, administrativas y personales de hoy.

Dejo la reflexión en el aire.

A modo de conclusión

La paz, ese imprescindible marco donde pueda florecer la dignidad humana, no solo hay que desearla y pedirla, hay que construirla, pues no hay verdadero desarrollo sin Paz ni Dignidad.

La paz es un fruto que se cultiva con el desarrollo de las semillas de lo mejor de cada uno, y se riega para que crezca con el ejemplo que nos damos a nosotros mismos y a los demás.

Comprometámonos pues en lo individual y lo colectivo a ser cada uno una semilla de paz, a ser mujeres y hombres buenos, cuyos corazones residan en el corazón de la fraternidad, y sus mentes aspiren a cada paso hacia el bien común.  Solo así lograremos algo más de paz para todos, y además un poco de felicidad en el intento.

Muchas gracias.

Miguel Angel Padilla Moreno

10 beneficios de la Belleza en el arte

La experiencia de la belleza es al mismo tiempo biológica, emotiva, intelectual, moral y estética. Es un ingrediente imprescindible en el anhelado arte de vivir.

1- La belleza es armonía y por tanto salud y vida frente a lo que nos destruye y enferma. La belleza, sea en la naturaleza o en la creación humana, como expresión de la armonía, (unidad en la diversidad) favorece todo lo que une, creando vida frente a la muerte, salud frente a la enfermedad, amor frente al odio, concordia y amistad entre las cosas y los seres frente a la descomposición y el caos que destruyen.

2- Activa el optimismo. La proximidad de lo bello tal vez no puedo hacer desaparecer todo lo desagradable de la vida, pero nos hace pensar que otro mundo mejor es posible.

3- Despierta el amor a la vida. Es un estimulante que refuerza nuestros vínculos con el mundo. La belleza nos habla de que la vida no es un caos sin sentido, sino que posee un orden implícito y un significado.

4- Reduce la sensación del dolor y fortalece el sistema inmunitario. La psico-neuro-inmunología ha demostrado que el sistema inmunitario es sensible a factores como la belleza de las artes plásticas y de la música.

5- Activa nuestro hemisferio derecho, creativo y simbólico, fortaleciendo la inteligencia emocional.

6- Nos ordena y reconstruye interiormente. Armoniza la mente y los sentimientos. Nos permite olvidar temores y problemas triviales que nos intoxican cada día.  Tiene el poder de cerrar heridas y ayudarnos a regresar a nosotros mismos.

7- Activa la sensibilidad estética ampliando la riqueza de matices que reconocemos y experimentamos en nuestra vida. Da profundidad a la experiencia humana y enriquece nuestro mundo interior

8- Nos inclina hacia la serenidad y el bien. Lo bello es el aspecto visible del bien, dirá Platón. Cuando percibimos lo bello, se activa en nosotros la misma región cerebral en la que tienen lugar las valoraciones y las lecciones de orden moral.  Impulsa el espíritu hacia nobles inclinaciones elevando nuestra conciencia en el edificio de la psiquis humana: del sótano a la terraza.

9- Crea espacios que favorecen la convivencia y la concordia.  La belleza baja el nivel de agresividad y hostilidad.

10- Un momento de belleza detiene el tiempo y derrota por instantes a la muerte.

Miguel Angel Padilla Moreno

Beneficios de la belleza en el arte

El necesario reencuentro entre el arte y la belleza.

La necesidad de las humanidades, y de la cultura en general, como imprescindible elemento en la configuración de la sociedad, se está poniendo cada día más de relieve, pues la tecnología nos desborda y pone de manifiesto la importancia del factor humano que, en definitiva,  es el que ha de dar buenas finalidades y contenido al uso de tantos y tan sofisticados medios.

El nombrado factor humano es clave en todos los grandes desafíos que afrontamos. Se trata de nosotros, de cada uno como persona, de su calidad humana, la que se forjaba a través de la amplia cultura que aportaban las humanidades.

La necesidad de la formación humanística la pone de relieve el hecho de que cada día hay mayor desconcierto en cuanto a medios y fines. Tenemos una gran proliferación de medios, pero no acabamos de tener claros los fines. Tenemos sistemas de comunicación, sistemas económicos, sistemas productivos, sistemas educativos, sistemas políticos, medios, en definitiva.  Pero ¿cuál es la finalidad de la comunicación? ¿cuál es la finalidad de la educación, de la economía, de la política.? Estas no dejan de ser preguntas importantes.

El Arte no se libra de este desconcierto.  ¿Qué es el arte? ¿Para qué sirve? ¿Es un mero adorno superfluo en las verdaderas e imperiosas necesidades humanas, una vía más de comunicación de nuestras emociones, un objeto mercantil? Seguramente tendremos tantas respuestas como personas porque el Arte es quizás el que más ha sufrido la ambigüedad y pérdida de identidad de nuestro tiempo.

Hoy el arte pone el énfasis esencialmente en la creatividad. Conceptos como innovación, cambio, reinventarse… están constantemente en el objetivo de la mayor parte de los artistas, empresas y proyectos sociales. Ciertamente la creatividad, esa capacidad elástica de la imaginación, es necesaria, pero no deja de ser una herramienta, y como tal ¿al servicio de qué la ponemos?

A veces la llamada obra de arte trata de justificarse únicamente por su propia creatividad, por su capacidad para sorprendernos, por su novedad, sin buscar mayor trascendencia que esa originalidad, que obviamente, al poco tiempo ya tiene poco de original.

En otros casos la creatividad está al servicio de un mensaje, una idea o un sentimiento. Sirve como canal de expresión y comunicación entre lo invisible, la imagen interna del artista, y lo sensible, la obra plasmada.

Pero ¿dónde queda la Belleza de la que nos hablan los clásicos y que dio nombre a las llamadas Bellas Artes? ¿Qué fue de aquellas creaciones donde el contenido y la forma bebían en las mismas fuentes de la belleza?

Sin Belleza, ya sea en la idea o en la forma, la obra de arte ya nace muerta, es un cadáver en descomposición. El arte sin belleza no es sino un conjunto de formas, como un intento de construir vida con fragmentos de seres muertos.

La palabra Arte etimológicamente viene del término Ars romano (la Techné griega) y es la habilidad para saber hacer algo. Pero la habilidad de hacer desprovista de belleza se desgaja de la cualidad constructiva de la vida, ya no nos reconstruye, nos destruye, no nos sana, nos enferma. Porque la belleza nos habla de los misterios de la unidad y la armonía que sostiene la vida y cuyo origen, como trasmitiera Platón, se halla en los mismos inicios de la creación del universo.

Tal vez nos pueda costar mucho tratar de definir la belleza, pues, por su naturaleza irracional, se nos escapa entre los dedos de la mente racional y discursiva. Pero no importa,  más allá de esa razón hay una sensibilidad más o menos activa que la reconoce, una sensibilidad ante la belleza, una sensibilidad estética.

Lamentablemente no contemplamos una obra de arte desde el corazón, para sentirnos conmovidos o no, sino desde montañas de prejuicios y argumentos. Y así, poco a poco, se va perdiendo la sensibilidad de percibir y vibrar con la belleza que solo es reconocida por el alma que “habita el corazón”.

El corazón despierta a la belleza cuando se enamora, o ¿ se enamora porque despierta a la belleza? Sea como fuere es el amor lo que va desentumeciendo la sensibilidad estética.

¿Que sería del ser humano si perdiera la capacidad de percibir y reproducir la belleza? ¿se alejaría igualmente del amor a la verdad, al bien o la justicia?

¡Qué maravilloso sería que el arte no solo pusiera alas a nuestra imaginación sino que se las devolviera a nuestra Alma-Corazón, aquella que se reconoce en el Bien, la Verdad y la Belleza!

Miguel Angel Padilla Moreno

Los latidos de la Luz. Románico y gótico

La llamada Edad Media, que se produciría en Europa tras la caída del Imperio Romano, ocupa un periodo muy extenso de tiempo, desde el siglo V al XIV, en el que se dará un proceso de transformación civilizatorio que afectó a todos los órdenes de manifestación humana. En lo social se caracteriza por una fuerte fragmentación y la desaparición de los grandes estados con el consecuente aislamiento y empobrecimiento en medios materiales. Muchas pequeñas poblaciones se formarán en torno a las fortalezas o los monasterios. Ya no hay grandes ciudades urbanísticamente ordenadas, la vida se internaliza en pequeños núcleos.
El románico es una clara expresión de todo ello. Este asilamiento y pobreza se comienza a vencer a partir del año mil, especialmente siglo XII y XIII, con la apertura de vías comerciales e intercambio cultural con oriente, el nacimiento de grandes ciudades y las universidades. El Gótico muestra de forma excepcional este proceso donde el arte se abre de su interiorismo al esplendor de la Luz y riqueza de formas y técnicas.

Si bien el eje de todos los cambios fue la religión, ésta influyó sobremanera en lo político, filosófico y artístico. La transformación que se produjo en la sociedad, en su forma de valorar la vida, llegó obviamente a una de las expresiones más trasparentes del latido interior de un pueblo que es el arte. Hay una unidad indisoluble entre el arte de una época y su pensamiento, y si bien esto es cierto siempre, se ve de una forma más manifiesta en la Edad Media.
Durante este periodo la aparición del estudio de la teología desplaza a la filosofía, que en el mundo clásico había sido la protagonista en la búsqueda de la Verdad y acceso al conocimiento de uno mismo y del Cosmos. Ya no hay que buscar la Verdad, la Verdad ha sido revelada. La filosofía pasa a ser una vía para intentar comprender esa verdad revelada, pero en ningún caso para cuestionarla.

La religión pasa a ser el eje vertebrador de toda la vida pública. Por ello todo el arte de esta época gira en torno a la iglesia. El primer objeto del arte no es entonces agradar sino enseñar por medio de imágenes a un pueblo que no sabe leer y cuya cultura es muy pobre. Es fundamentalmente narrativo de los pasajes bíblicos.

Esta íntima relación entre arte y pensamiento es recíproca, es decir el pensamiento, la interpretación y valoración de la vida y sus manifestaciones humanas, alimenta un estilo artístico, una temática, unas formas, pero a la vez las manifestaciones artísticas recrean en la sociedad una forma de pensar y de relacionarnos con la vida y con la muerte. En el caso de la Edad Media este papel del arte como educador y conductor de la conciencia es muy importante.

Hay una metáfora que, a mi juicio, define muy bien lo que pasó en este periodo: Los latidos de la Luz.
Como parte de los ciclos en los que la naturaleza se desenvuelve, la Edad Media supone un periodo en el que la Luz que brilló en la civilización romana entra en su invierno para renovarse y resurgir transformada en la luminosidad del Renacimiento. En este proceso, el latido de la Luz en la primera etapa, la Alta edad media, es interno, reflexivo e íntimo, alejado del la riqueza de formas que la vida en primavera despliega, como lo expresa el arte paleocristiano y el románico, para a partir del gótico dar expresión de la Luz creadora que da paso a las más ricas manifestaciones de la vida.
Todo este proceso se ve matizado de influencias y memorias que se mezclan en una tierra muy vieja, y de gran confluencia de culturas, la cuenca del Mediterráneo.

Sístole: el Románico

Tal y como hemos mencionado, el románico es un arte religioso. Su objetivo principal era provocar acercamiento de los fieles a Dios.

Se desenvuelve en un periodo donde la civilización se encuentra en un estado de internalización tras los siglos oscuros de la Alta Edad Media. En sus manifestaciones artísticas, especialmente en la arquitectura, la luz se flexiona hacia adentro y parece querer llevarnos las miradas hacia nosotros mismos. Nos invita a la intimidad y el recogimiento. Vemos un ejemplo en la música más representativa de esta época que es el canto llano y el canto gregoriano

En general el arte románico es sencillo, humilde aunque expresa toda la fuerza de una espiritualidad íntima. Podríamos decir que muestra una serena majestuosidad

El artista románico quiere representar la esencia interior, no la belleza. El mundo material no es sino un mero receptáculo de Dios

La sensación de los edificios románicos es de robusted por sus grandes muros y pocos ventanales, pero a la vez de dimensiones humanas y terrenales. No obstante, la luz jugará un papel clave en la creación del clima espiritual del interior, donde el hombre se aísla del mundo y busca a Dios.

Diástole: el Gótico

Entre los siglos XII y XV, florece en Europa un arte poderosamente original, que fue llamado Gótico. En esta etapa hay dos hechos fundamentales que condicionan las características formales del arte: Por un lado la, la aparición de ciudades mayores, de mejores comunicaciones, comercio y viajes y contactos con viejas tradiciones milenarias, que propician una apertura de mentalidad (debemos reseñar en este sentido la importancia que supuso la aparición de la orden del temple). Por otro lado, y tal vez como consecuencia de todo ello, se produce un profundo cambio en la mentalidad religiosa, dando lugar a una religión cada vez más cercana al hombre que exalta el aspecto humano de Dios.

Si el Románico es la interiorización, el silencio y la luz que se flexiona sobre sí misma, el gótico es la vitalización de esa misma luz, su aspecto dinámico.
La expansión vital, que como en el reino vegetal sucede con el fototropismo, es verticalidad e intento de alcanzar la luz.
De los cantos monódicos del gregoriano pasaremos a las armónicas arquitecturas de la polifonía.
Las formas de abren y despliegan, se alzan, se perfeccionan. La belleza encarna en la materia y da testimonio de la grandeza del espíritu.

Que maravilloso sería encontrarse a sí mismo en el silencio del románico para después cantar a la vida e iluminarla desde la Luz multicolor y misteriosa del Gótico.

Miguel Angel Padilla Moreno.

La bondad

Quizás la bondad sea uno de los valores éticos que más apreciamos en los demás y que más nos gustaría que nos rodease por doquier. ¿A quién no le gustaría estar rodeado de gente buena, afable, atenta, alegre, considerada y respetuosa, generosa…?

Como todas las virtudes humanas, es en su manifestación a través de los actos donde se define. Todos sabemos reconocer a una persona bondadosa aunque no sepamos definir la bondad y esta se exprese de infinitas formas.

La bondad nos envuelve en nuestra vida cotidiana mucho más que lo que apreciamos conscientemente, a pesar de que a veces pueda parecer lo contrario. Ella es la base de todo lo bueno que compartimos, es la que hace posible la convivencia, los bienes civilizatorios y la cultura, la generosidad y el esmero en la búsqueda del bien común que nos humaniza. Es, justamente, su ausencia, el egoísmo a ultranza, el que destruye los tejidos que unen y cohesionan la vida.

La bondad es un motor interior que busca el bien en los demás y en nuestro entorno involucrándonos a nosotros mismos. Esa predisposición constante hacia el bien, preocupándose por lo que los demás necesitan, se manifiesta desde el pensamiento, las emociones y los actos, convirtiendo a la persona en un “faro de luz” que emana alegría, seguridad y confianza. Su presencia ilumina, no nos ensombrece. Sembrador del bien, no trabaja con el “¿tú o yo?”, sino con el “nosotros”. Por eso podemos identificar bondad con amor.

Resulta difícil imaginar la verdadera bondad sin reconocer en ella humildad, sencillez y respeto hacia la dignidad del otro. La bondad no es prepotencia ni paternalismo que desde la arrogancia se yergue como hacedor y conocedor del bien. Al contrario, la bondad parece tener mucho que ver con la paciencia (que muchas veces la pone a prueba). Un hombre bueno, por lo general, es paciente, largo en sus expectativas, pues concede a los demás la libertad y margen de error que todos necesitamos en la vida. Una cierta seguridad y confianza interior nacen de su profundo sentido de la vida.

Esa bondad de raíces profundas va unida a la sonrisa fácil, a la afabilidad y a la ternura. Desde la empatía y la generosidad trata de poner alegría alrededor.

La irradiación de alegría y serenidad que produce es fruto de no caer en la superficialidad, de valorar más allá de las exigencias y necesidades de la vida a las personas y a todo lo que nos hace más humanos. Por eso la bondad, la atención, el tacto y la dulzura de carácter que pone de manifiesto, hacen tan fácil la convivencia.

A veces podemos objetar que la bondad ciega causa estragos, sobre todo cuando nos empeñamos en ayudar sin saber las consecuencias o sin tener en cuenta la realidad o libertad del otro. ¡Cuántas barbaridades se han cometido bajo la sentencia: “es por tu bien, lo hago porque te quiero”! Por eso la bondad se complementa con el discernimiento y ambos se conjugan dando lugar a la sabiduría. En este proceso la bondad no pierde sus cualidades, sino que amplía otras poniendo luz a su calor natural.

También, en ocasiones, nos encontramos ante el dilema de ser buenos o justos. Aunque ya abordaremos en otro momento el tema de la justicia, que de alguna manera debe dar a cada cual lo que le corresponde según su naturaleza y sus actos, ¿por qué tendríamos que separarlos ensombreciendo la justicia con la ausencia de la bondad y viceversa?

El amor dulcifica la voluntad y le da formas bellas y afables, además de canalizarla hacia un buen fin. La bondad humaniza la justicia recordándonos que todos somos humanos y que, ultérrimamente, la finalidad de la justicia también es el Bien. Bondad y justicia parece que no solo pueden convivir, sino que deben hacerlo. Siempre me ha resultado muy inspiradora la imagen del modelo de realización como el de aquel ser humanojusto, bueno y sabio. Y me pregunto si realmente estos atributos pueden vivir separados para desarrollarse plenamente.

Pero tocando el final podemos cuestionarnos: ¿nacemos buenos o nos hacemos buenos?

Las modernas neurociencias nos hablan cada vez más de una evidente tendencia en el hombre hacia el bien de los demás como algo innato, arraigado incluso en nuestra biología. Es cierto que hay en nosotros otras muchas tendencias hacia la supervivencia animal que podrían anularla, que conviven en nuestra naturaleza impulsos de toda índole. La complejidad en la vida es un hecho natural que exige de una dirección y armonización que la canalice. Pero la bondad parece que nos hace más humanos.

Como todo, podemos cultivar la bondad, cuya raíz parece existir en todos los seres, o dejarla apagarse bajo el peso del egoísmo; alimentar lo que nos humaniza o nos animaliza (con perdón de los animales).

Personalmente creo que, en la medida en que tratamos de potenciar las semillas de la bondad en nosotros, las flores que se abrirán en nuestra vida a través de nuestros actos, de nuestras actitudes, nos aportarán cada vez más serenidad y felicidad. Como decía Platón: “Buscando el bien de nuestros semejantes encontramos el nuestro”.

Miguel Angel Padilla

Necesidad de una nueva educación

El problema de la educación, cada vez que se plantea en la opinión pública, despierta una gran controversia social, aunque muy pronto pasa a una segunda fila en los medios de comunicación ante las nuevas noticias que cobran, casi por turno, protagonismo.

Pero en el tema de discusión casi siempre se tratan  solo aspectos de forma, que si bien pueden parecer importantes, no deberían nublar el planteamiento esencial  sobre la educación.

Tendríamos que preguntarnos: ¿para qué sirve la educación? ¿cuál es o cuál debería de ser su finalidad?

¿Es algo al servicio de la economía?, ¿al servicio de las empresas?, ¿de la estabilidad social?, de tendencias políticas o creencias religiosas?… ¿o debería de ser algo que tuviese como finalidad al Hombre, su desarrollo integral y completo?

Por desgracia, basta con observar  desprejuiciados nuestros propios sistemas de educación y enseñanza para ver  que están más dirigidos a crear especialistas en un sistema productivo económico, donde las directrices las dan la oferta y la demanda de empleo, que a   desarrollar las potencialidades y cualidades humanas, para que  el individuo pueda realizarse plenamente en el marco gradual de su paso por la vida, o para  que pueda profundizar en los misterios de la naturaleza o del hombre..

El sentido etimológico de la palabra educación viene de “educir”: sacar de adentro. Esto nos habla de la educación como algo destinado a hacer surgir en cada individuo aquellos valores, aquellas capacidades  propias e inherentes a la condición humana. Entiende que existe un potencial en el interior en espera de ser realizado. Educar sería despertarlo y ayudar a su realización. Para ello la educación debería ayudarnos a conocernos a nosotros mismos y a armonizar los diferentes factores que en nosotros conviven

La educación así entendida mantiene un  sentido de unidad   que  debe aportar  una  visión global y armónica del mundo y de si mismo, un conocimiento que relacione todos los conocimientos, una formación que ayude a integrar y conducir todas nuestras facultades humanas .

Los diferentes expresiones  de la cultura (ciencia -religión -política -arte) se unifican bajo una visión filosófica que les da profundidad y unidad, (al igual que  confluyen en una pirámide sus cuatro caras triangulares), como caminos complementarios en la búsqueda de la verdad y la realización humana.

En el hombre esa educación integral   debería   ser el mejor apoyo en el conocimiento de  nosotros  mismos , la naturaleza humana  en general y las propia realidad particular;   debería potenciar el conocimiento y desarrollo de nuestras  cualidades  y vocaciones profundas (lo que llamaría Platón instintos del Alma); tendría que favorecer  la armonización de  todo ello, ayudandonos a   encontrar y a vivir nuestro  lugar natural  en la humanidad y en la Vida

Sin embargo nuestros sistemas educativos actuales se alejan cada vez más de esa formación integral ,  relegando esta responsabilidad, que acaba siendo canalizada  en gran parte por los medios de comunicación masivos ( que no olvidemos, no tienen como finalidad la formación humana sino la rentabilidad económica).

Esto hace que al día de hoy, un chico con una especialización universitaria, sin embargo pueda ser un inculto en términos generales, incapaz de tener un buen criterio global para  entender a  ni a su tiempo ni a sí mismo.

La verdadera libertad, base de la condición humana, ha de producirse primero en el interior, nace en el corazón y la mente, solo el conocimiento da realmente “alas” al ser humano ( y no una formula química en una lata etiquetada)

Para que haya una educación completa ha de partirse de un sentido profundo de la cultura. Esta no puede entenderse como una recopilación basada simplemente en coloridos folklores sino en el conocimiento, desde las protohistóricas civilizaciones a nuestros días, de la experiencia profunda de la humanidad, expresada en el conjunto de valores permanentes, conocimientos científicos, creencias y experiencias que van siendo acumuladas generación por generación por la humanidad.

Otro factor importante en la educación es el ejemplo. Sin el ejemplo no hay transmisión. El ejemplo vivifica el conocimiento y lo hace útil al presente. Decir que una cosa es válida y no esforzarse por  vivirla es haber matado la mitad de la verdad. El ejemplo de educadores, padres, cargos públicos, artistas, jueces, etc,  así como   los modelos que predominan como prototipos de una sociedad, actúan como catalizadores;  su presencia, al resonar en los individuos,  despierta  en ellos  el desarrollo de lo que haya de similar al modelo. De ahí que los filósofos antiguos aconsejaran rodearse de cosas bellas y armónicas, de buenos amigos, de lecturas e imágenes heroicas que despertasen en nosotros esa misma belleza y armonía, esa voluntad y firmeza frente a la adversidad que subyacía dormida

Cuando la educación despierta  un discernimiento de lo justo , lo bello, lo verdadero y lo bueno  en nosotros, ese sentido elevado   se refleja en buenas costumbres que hacen innecesarias muchas de las leyes y restricciones del mañana.

La educación debe prever las necesidades y problemas del futuro, debe anticiparse y desarrollar las cualidades y conocimientos que le permitan afrontar todo reto.  Pero sin olvidar  que la verdadera finalidad del progreso no está en el despliegue de medios sino en la  plasmación de los fines, y la finalidad humanística debe alumbrar todo esfuerzo. Así necesitaremos ingenieros y médicos, panaderos y abogados, pero sobre todo hombres y mujeres íntegros, dueños de sí mismos y con las mejores cualidades humanas.

Es importante saber colocar al hombre en su realidad y en su tiempo,  no como un marco al que doblegar sus aspiraciones, sino del que partir para moldear aquello que se concibe como mejor. La educación, entonces,  no debe conformar, sino despertar el idealismo, partiendo de una realidad que se conoce y no se teme pero a la que se quiere  mejorar, ya sea en el terreno del arte, de la ciencia, de la política o de la religión.

Platón hablaba de la importancia de hacer confluir en la educación la “música”, para el alma,  y la  “gimnasia”, para el cuerpo. Esta necesaria complementariedad aportaba rigor y esfuerzo para el cuerpo, manteniéndolo sano y disciplinado;  y desarrollo a las cualidades del alma, ya sean Discernimiento, Intuición de la Belleza, desarrollo de la Bondad y del  Amor o reconocimiento de la Justicia.

Quizás sea la filosofía más profunda la que aporte la clave:  el proceso de la educación  tendría que poder desarrollar en el hombre  nuestra   naturaleza interna,  en su triple  aspecto: Voluntad, Amor e Inteligencia, canalizada a través de una mente ordenada, una psique armonizada, una vitalidad activa y un cuerpo sano

Siendo la educación la base de la transmisión de la cultura, y ésta  el cimiento invisible que sustenta cada  civilización, los beneficios que se derivan de la civilización,  como la estabilidad económica y social, avances en la medicina o el derecho, el desarrollo del arte, hasta la

plasmación de principios de dignidad y solidaridad, se tambalean cuando sus invisibles columnas, los valores filosóficos  y principios  universales que le dieron nacimiento, ya no están presentes en la educación.  Solo quedan formas  culturales vacías  incapaces de regenerar ni recrear como fuerza motriz, nuevas formas, nuevos moldes de vida para los principios siempre válidos.

El valor de la educación hoy y los sistemas educativos deberían de volver a mirarse en el espejo y  ver si responden realmente a la realidad global del ser humano.

 Miguel Angel Padilla

Democracia, ¿medio o fin?

En el seno de esta crisis que ha levantado indignados a muchos jóvenes –jóvenes de espíritu, con sueños y capacidad de rebeldía–, se abre la necesidad de un espacio social para la reflexión, para profundizar sobre nuestra realidad y sobre algunos de los factores que constituyen la naturaleza social y democrática de nuestro mundo actual.

Si ante los problemas acuciantes de la crisis económica, el paro, la instrumentalización de los medios de comunicación o de la política en beneficio de intereses partidistas o financieros; si ante los graves desequilibrios mundiales de las guerras, los desplazamientos de refugiados o la pobreza (solo las 10 personas más ricas del mundo acumulan lo que necesitan los más de 1500 millones de seres humanos que se encuentran en la pobreza); si ante todo esto solo nos quedamos en los efectos y no buscamos las causas, creyendo que con realizar un cambio en el sistema democrático o financiero basta, la crisis con sus consecuencias, aunque fluctúe, no hará sino agravarse. El edificio está en ruinas, el terremoto ha puesto de relieve deficiencias estructurales importantes… y algo más.

Qué duda cabe de que son numerosas las cosas que hay que cambiar en el sistema, y deben cambiarse, pero si afinamos nuestro sentido común, más allá de lo que vemos hay un elemento esencial que está fallando, que se está corrompiendo: se trata del propio ser humano y su escala de valores, sus metas, su calidad humana y su sentido.

Ya sé que en este río revuelto muchos saldrán a proponer sus credos o doctrinas como redentores de los males presentes, ya sean progresistas o conservadores, anarquistas, demócratas, republicanos o monárquicos. Soy filósofo, y como tal no puedo sino ahondar en las raíces del problema, y las raíces casi siempre son humanas. Lo cierto es que es necesario revisar las ideas esenciales sobre las que se construyen la convivencia social y nuestros logros democráticos.

Las crisis suponen una buena ocasión para ahondar en nuestros fundamentos, tomar las riendas y poder reorientar nuestra vida.

Gran parte de los vaivenes sociopolíticos de los últimos siglos se han debatido en el difícil equilibrio entre el Estado y el individuo, entre el deber ante la comunidad y la libertad individual. El Estado no puede anular al individuo, pero sin él las garantías de justicia y equilibrio social, especialmente de los más débiles, se desvanecen en una selva donde el más fuerte tiene libre el territorio de caza. Sin embargo, muy a menudo se nos olvida que la finalidad del Estado es el individuo, las personas y no las instituciones o los sistemas, y que sin el compromiso individual no se construye un verdadero Estado que garantice esa justicia social.

Hoy la economía, la política, incluso la ciencia y la tecnología tratan de justificarse a sí mismas como un fin al que finalmente servimos todos, cuando debería ser al contrario: tanto la política como la economía no deberían olvidar que su fin es servir a todos los seres humanos para darles oportunidades de desarrollo y crecimiento personal en un marco de bienestar.

Viene a mi memoria una frase de Einstein (lo reflejo porque no era político sino científico y humanista), para el que la democracia simboliza el respeto del individuo en cuanto persona: “el Estado no puede ser lo más importante: el individuo creador, sensible, solo de él sale la creación de lo noble, de lo sublime. Lo masivo permanece indiferente al sentir y al pensamiento”.

¿QUÉ ES LA DEMOCRACIA?

Las democracias actuales suponen una etapa en el devenir histórico en la que el ser humano reconoce su igualdad esencial con los demás afirmando el valor y dignidad de cada individuo y su necesidad de libertad. Recordemos lo que supuso el paso de las monarquías absolutistas o las dictaduras totalitarias a las democracias.

Sin embargo, el concepto de democracia encierra muy variados significados, que generan marcos diferentes de contextualización.

  • .- Para la mayoría, la democracia es sinónimo del reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos y la necesidad de que el gobierno sirva a las necesidades de todos.
  • .- Otros ponen el énfasis en la democracia como el gobierno del pueblo para el pueblo frente al gobierno como medio de explotación de los ciudadanos.
  • .- Muchos resaltan la democracia como símbolo de libertad.
  • .- El académico dirá que la democracia es el gobierno del “Demos”, los ciudadanos.
  • .- Algunos reducen su fundamento al sufragio universal –un ciudadano, un voto–, donde lo mejor es lo que decide la mayoría.
  • .- Para otros, la democracia es, justamente, el respeto por las minorías y los excluidos.

Y así podríamos seguir resaltando matices de un concepto que, de forma general, ha calado en la conciencia social como un sistema que protege las necesidades y la dignidad de las personas frente a los sistemas que las utilizan y explotan.

Sin embargo, tampoco la democracia por sí sola nos garantiza que no haya manipulación, explotación o engaño, si los que obtienen el poder a través del voto de la mayoría carecen de capacitación, valores o escrúpulos.

Reducir la democracia a la idea de “un ciudadano, un voto” es pobre y nos puede conducir a un estrepitoso derrumbe de los propios valores que la han sustentado.

Valores democráticos, valores individuales

Los sistemas democráticos pueden variar en cuanto a los mecanismos de aplicación de sus principios, pero en todos ellos el espíritu está expresado en lo que llamamos valores democráticos.

Justicia social, igualdad, tolerancia, solidaridad, libertad de opinión y expresión, transparencia, etc., son valores sociales de los que se habla mucho, pero que han de ser vividos por cada uno y correspondidos con una ética cívica individual.

Es en el seno de las democracias donde se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos para reconocer el derecho a la dignidad humana por encima de todo, incluso y paradójicamente, por encima del propio sistema democrático, fundamentado en la autoridad de la mayoría.

No podríamos aceptar que ningún Gobierno democrático legítimamente constituido pueda vulnerar los derechos humanos. Pierde su legitimidad. Hay una autoridad por encima de la de la mayoría, y es la de los valores contenidos en la carta magna.

El reconocer esto es determinante para recordar que el sistema democrático debe ser un medio y no un fin.

Además, no podemos olvidar que los sistemas no tienen valores por sí mismos aunque hayan sido concebidos para que sirvan a elevados ideales. Los sistemas políticos son canales para que los valores de las personas que constituyen una sociedad se canalicen eficazmente, pero si se pierden los valores en esos seres humanos, el propio sistema no los puede crear.

La democracia es un sistema, una forma de gobierno; dicha forma está constituida por un material que es el material humano. De su calidad depende la calidad del sistema. Es muy sencillo. Especialmente, de la calidad de los gobernantes, de su calidad humana (valores individuales) y de su capacitación y nivel de desempeño (capacidad profesional), aunque también para saber elegirlos hará falta no estar ciego o cegado.

Ciertamente, no habrá justicia social sin una ética individual

¿Libertad real o aparente?

Más allá de la cantidad de votos, están las invisibles ideas que imperan y gobiernan nuestras vidas. Se puede, sin manipular las urnas (esto se supone garantizado en el sistema), llegar a manipular los miedos, los prejuicios, los egoísmos y los intereses.

¿De qué sirve la libertad de expresión si no hay libertad de pensamiento, amordazado por la ignorancia o el miedo?

Democracia es el gobierno del “demos” (ciudadanos), pero difícilmente un “demos” ignorante, manipulado o desesperado podrá elegir a quien gobierne con justicia y sabiduría.

Quienes han buscado siempre el interés personal y el propio beneficio sin importarles la manipulación ni el perjuicio ajeno nos han convencido de que con el derecho a elegir está todo resuelto.

Ciertamente, el ser humano no puede perder su inalienable derecho a elegir. La libertad no solo es un fundamento de la democracia, sino del desarrollo de nuestra condición humana; de ahí la necesidad de fortalecerla. Pero para poder ejercer la libertad necesitamos no solo de un marco de oportunidades que nos permita elegir, sino de unas capacidades con las que saber lo que elegimos y sus consecuencias. Es decir, necesitamos una libertad interior, una capacidad para pensar por nosotros mismos, y el grado de libertad real estará condicionado por el grado de cultura y conciencia en cada uno.

Vuelve el ancestral mito de la caverna del que nos hablara Platón, de quienes hacen de la ignorancia y el embrutecimiento (pan y circo) un instrumento de explotación. A un individuo libre, honrado, culto y dueño de sí mismo no se le puede manipular.

Calidad en los gobernantes

Si queremos un buen gobierno, necesitamos los mejores gobernantes.

Si queremos una buena medicina, necesitamos los mejores médicos; si aspiramos a una buena casa, necesitaremos un buen arquitecto y un mejor constructor… y así con todo.

¿Qué cualificación se exige hoy a los gobernantes? Nada; si acaso, una cierta capacidad demagógica del uso de la palabra y, claro está, los necesarios apoyos, pero no es necesaria una capacitación profesional, técnica y, mucho menos, valores como persona. El ideal democrático aspiraba a que todos tuvieran las mismas oportunidades para llegar a los puestos de responsabilidad, pero no creo que aspirase a que fuésemos gobernados por impresentables.

Por otro lado, si los puestos de responsabilidad, en lugar de contener un cúmulo incontable de privilegios respecto a los demás, fuesen realmente una responsabilidad con su cuota importante de trabajo y esfuerzo, tan solo aspirarían los que tuvieran una verdadera vocación de servicio a los demás, conscientes de que en cualquier otro lugar podrían hallar mayores beneficios personales.

No es de extrañar que cada vez tengamos más gobernantes y cargos públicos, chicos y grandes, que parasitan en un mundo con cada vez menos recursos. Realmente la democracia debería aspirar a necesitar pocos legisladores y escasas imposiciones, tan solo las básicas para asegurar la vida en dignidad para todos, y una buena educación y transmisión de conocimientos y valores mínimos, para que cada cual pudiera ser dueño de sí mismo y de su propio destino.

Nos haría más bien al conjunto de la sociedad que hubiera más científicos, artistas, filósofos, humanistas, deportistas, etc., que aspirantes a dirigir a los demás sin saber dirigirse a sí mismos.

¿Cuándo llegarán los tiempos en que las personas sean destacadas por sus verdaderas cualidades humanas y de ello podamos reconocer a los mejores, en lugar de por sus capacidades mediáticas?

La influencia que ejercen los sabios, científicos, pensadores y buenos profesionales de nuestra sociedad es mínima, pues no siendo ni famosos ni poderosos, significan bien poco en la balanza de poder e intereses actuales.

¿Cómo elegir a los mejores?

Todos estaríamos de acuerdo en que el gobernante debe ser elegido de entre los más sabios, justos y capaces, pero ¿cómo reconocer a quien es el mejor? Obviamente, un sistema democrático justo tiene que contener vías de representación de todos los ciudadanos y mecanismos de control del poder, pero ¿cómo evitar que una masa atemorizada ponga el poder en manos de un tirano o dictador?

Lo cierto es que, si reflexionamos, ningún sistema político nos lo puede garantizar.

Tenemos a los gobernantes que hemos elegido, y más allá de las mejoras del sistema, está el marco de ideas, valores e intereses predominantes en nuestra sociedad, que influye mucho en las decisiones.

¿Y si empezamos a introducir el interés por la calidad, por lo bien hecho, por los resultados sostenibles a largo plazo, es decir, por lo duradero en lugar de por lo de “usar y tirar”?; ¿y si fomentásemos más la cultura que el circo?; ¿y si empezamos a destacar a las personas por sus cualidades humanas y no por sus bienes?

Tal vez cambiando el marco de ideas y valores que nos rigen empecemos a lograr un buen cambio. Como decía Confucio, para mejorar el mundo comienza por mejorarte a ti mismo.

Humanizar el sistema

Tal vez debamos aspirar a una democracia más humana (frente a lo que podríamos llamar una democracia basada en el eje de la economía), una democracia donde gobierne la sabiduría y no la ignorancia, los valores humanos y no la voracidad económica.

Para que haya democracia real el sufragio universal es esencial. La libre elección personal es un derecho fundamental y una necesidad en nuestra realización plena como individuos.

Pero el sufragio universal no garantiza ni la justicia, ni el sostenimiento de la libertad, ni los derechos humanos. No podemos olvidar que fue el sufragio de las mayorías, movidas por la comodidad y el miedo a perder privilegios, lo que levantó a un Hitler.

Será necesario promover, entonces, una calidad humana a través de la educación, que asiente la paz y la justicia en el único lugar donde radica su fuerza, en el seno de cada individuo.

Ya sé que teóricamente esos son los objetivos de nuestras democracias actuales, pero en la práctica esta educación está basada fundamentalmente en la capacitación técnica y productiva y no en la formación humana. Además, los medios de comunicación masivos, regidos por el objetivo de los máximos beneficios, promueven directa e indirectamente el consumo desmedido, el individualismo y la violencia, acabando por influir negativamente en todos.

Palabras como solidaridad, paz, autenticidad, libertad, etc., se utilizan demagógicamente según los intereses, pero muy pocos las respetan y viven, y mucho menos quienes aparecen como más visibles, es decir, personajes públicos, famosos y líderes de audiencia.

Soñar y trabajar por un mundo más acorde con la dignidad humana, decía Stephan Hessel.

Un mundo mejor es posible… y necesario, pero no se puede improvisar ni crear por real decreto. Un mundo mejor nace primero en las ideas y la imaginación, y desde ahí debe expresarse en actitudes y valores que impregnen la vida pública, la educación y el ejemplo cotidiano. Ya ha despertado una necesidad de cambio; comencemos a generar ese cambio en las conciencias y en los actos. Es un cambio lento pero seguro.

Si no somos capaces de generar ese cambio ya, con serenidad pero con constancia, la historia puede derivar por los derroteros violentos de la desesperación y el miedo. En esta encrucijada hay una oportunidad real –como solía decir mi querido maestro el profesor Livraga– hacia un mundo nuevo a través de un ser humano no solo nuevo, sino mejor.

Miguel Ángel Padilla

 

 

 

 

Honestidad e integridad personal

La honestidad quizás sea uno de los valores más básicos y universales, imprescindible para poder construir la convivencia humana y establecer una buena relación entre las personas, Gobiernos, instituciones, etc.

La marcha de la humanidad, ya sea a gran escala o en pequeñas comunidades, depende del grado de honestidad de quienes la integran. Una honestidad que debería impregnar todas las esferas que involucran la actividad humana.

Como muchas virtudes, se la valora más cuanto más se ausenta de nuestra sociedad, apreciándola tarde, cuando se resquebraja el edificio de lo social y sufrimos las consecuencias.

Cuando en el año 2008, un reducido grupo de filósofos tratábamos de dar forma a la declaración de principios en torno a una ética universal, escribíamos sobre la honestidad y la integridad personal: «El mundo necesita que los seres humanos vivamos con honestidad, con coherencia con nuestros propios principios y nuestro sentido del Bien y la Justicia. Es decir, con una cierta unidad entre pensamiento, sentimiento y acción que se manifieste en sinceridad y fortaleza moral para no dejarse arrastrar por las oportunidades de corrupción que se nos presenten».

«Solo la honestidad produce ejemplo y es este, el ejemplo, el imprescindible motor de la transmisión de valores y de la confianza en los poderes públicos representados en sus responsables».

Si bien el relativismo imperante en el siglo XX ha producido una gran confusión con respecto a este y otros valores humanos, humildemente creo que se impone la necesidad del sentido común y de poder abordar valores esenciales que por universales, son comunes a toda la humanidad, si bien cada cual puede recorrerlos con sus diferentes matices y expresiones particulares.

Honestidad y honradez van de la mano y se refieren hoy en día a lo mismo. En general, se trata de actuar coherentemente con nuestros valores, pensamientos y sentimientos.

El hombre o la mujer honrados son fieles a sí mismos y coherentes con sus propios principios. No albergan ocultas intenciones. Pero la coherencia solo no bastaría para reconocer la honradez.

La honradez nos habla no solo de coherencia, sino de rectitud de ánimo e intención, es decir, que haya una buena voluntad en nuestros pensamientos y actos, lo que supone que nuestra intención está guiada por el deseo de hacer el bien, de hacer lo correcto. Por lo tanto, para ser honrado hay que tener valores con los que identificarnos.

Para que haya honradez tiene que haber conciencia del bien y un impulso de desarrollo personal, afirmado en lo mejor de nosotros mismos, que fortalezca el altruismo, la bondad y el respeto por los demás.

Es una expresión de nuestra fortaleza moral (como nos recordaría Platón), de nuestra capacidad de mantenernos firmes en nuestros principios más allá de la adversidad. Se trata de un acto de fidelidad a nosotros mismos. Por ese motivo se convierte en la medida de nuestra valía, de nuestro valor.

Los tres grados de honestidad según Confucio (551 a.C.-479 a.C)

Confucio señalaba tres grados de honestidad. El primero (denominado Li) hace referencia al comportamiento que, basado en la sinceridad, busca conseguir los propios intereses, ya sea a corto o a largo plazo, busca el bien personal.

Un nivel superior (denominado Yi) se produce cuando el motor de nuestro comportamiento no es únicamente nuestro personal interés, sino que este se funde con lo que creemos justo y produce un bien, es decir, está movido por la bondad y la justicia. Contempla no solo lo que uno piensa y necesita, sino que incluye a los demás, sus necesidades y su bienestar.

El nivel más elevado de honestidad (denominado Ren) surge cuando alcanzamos un sentido de fraternidad y humanismo tal que tratamos a todas las personas y seres como parte de nosotros mismos.

Unidad e integridad personal. El gobierno de uno mismo

Como vemos, la honestidad nos habla de la coherencia que necesita el ser humano entre lo que piensa, siente y hace, para el logro de una cierta felicidad y convivencia.

Cuando hay honestidad, nuestros actos hablan de nuestras intenciones y estas son buenas.

Pero toda unidad, toda armonía necesita une eje que equilibre, y este ha de estar constituido por lo mejor de nuestra naturaleza humana.

La honestidad nos transforma en individuos (el individuo platónico que se diferencia del hombre-masa), en seres humanos que han logrado una básica armonía interior, desarrollando un gobierno de sí mismos desde una conciencia elevada, desde el propio discernimiento, amor y sentido de la justicia.

Nos hace libres y autónomos, pues nos permite movernos guiados por nuestra voluntad iluminada por los valores, y no por las circunstancias y los impulsos caprichosos de nuestra personalidad cambiante.

Es, pues, como decíamos antes, una muestra de la fidelidad hacia nosotros mismos. Pero ¿a qué aspecto de nosotros mismos, considerando los muchos impulsos e inclinaciones que conviven y se manifiestan en cada uno constantemente? Pienso que a aquello que nos hace humanos, más allá de nuestra realidad animal. Es decir, que busca la propia identidad en nuestra capacidad de discernir, de percibir la belleza y desarrollar la bondad… cada uno en su medida.

La base de la dignidad

En cierto modo, podemos decir que la honestidad es atributo de nuestra dignidad y la medida de nuestra valía.

Sin olvidar que todos los seres humanos (y me atrevería a decir que todos los seres vivos) somos dignos y, por lo tanto, objeto de respeto, tenemos que aceptar la natural aspiración a desarrollar y desplegar el maravilloso potencial que como seres humanos tenemos y que aún no se ha puesto de manifiesto.

Todos necesitamos un poco de autoestima y de aceptación, de valoración por parte de los demás, pero no son los honores y reconocimientos sociales lo que nos dignifica, sino nuestra integridad personal expresada en nuestros actos y los valores que los mueven.

Quien tiene en estima su propia honradez es porque valora su dignidad, y esta la considera la mejor carta de presentación de sí mismo. No valora más lo que dicen los demás que su propia conciencia, y en su relación con el mundo, estima más sus principios que sus bienes.

Su honestidad no se refleja únicamente en puntuales actos, sentimientos o ideas, sino en una constante y honesta trayectoria en aras del bien.

El valor de la palabra

La palabra, como vehículo de comunicación, revela nuestras ideas e intenciones –o debería hacerlo–, establece vínculos y crea puentes de conocimiento mutuo y del mundo.

Si la palabra es sincera, es decir, expresa nuestras ideas e intenciones y compromete nuestros actos, entonces es constructiva y tiene valor. La palabra se convierte en un instrumento de poder, capaz de generar entendimiento, confianza y, por ende, convivencia.

Solo cuando la palabra tiene verdadero valor puede, a través del diálogo sincero, resolver los conflictos y sustituir a las armas de guerra.

Pero cuando la palabra es un instrumento de engaño, un arma demagógica, cuando la palabra de un ser humano ya no vale nada, entonces es muy probable que sea reemplazada por la violencia y las armas. ¿Qué es lo que devuelve entonces el valor a la palabra? Aquello que se lo dio: el ejemplo. Solo el ejemplo da valor a la palabra.

La falsedad, la mentira, destruyen y corrompen, como también lo hace el que faltemos a nuestros compromisos adquiridos, a nuestra palabra dada. En el antiguo Egipto, había una expresión para aquel que sabía medir sus palabras, ser veraz y honrado en sus compromisos: ser Justo-de-voz.

La sombra de la honestidad: la corrupción

La vida nos ha enseñado que para conocer la calidad de algo, su autenticidad y nobleza, hay que verlo sometido a pruebas que lo lleven al límite de su naturaleza (como las pruebas de resistencia de materiales o de calidad de los productos). Solo entonces sabemos la pureza y calidad con que está hecho.

Y, efectivamente, son las situaciones difíciles las que comprometen nuestra calidad humana, y es en ellas donde se forja nuestra honestidad, nuestro auténtico valor. El sentido de la honestidad se construye sobre los sólidos pilares de nuestros principios, pero se desenvuelve sobre lo que las situaciones de la vida nos presenta y, si bien la vida exige flexibilidad y adaptación, no podemos disfrazar la corrupción con adaptación a la realidad.

Cuando algo pierde su naturaleza y se descompone es cuando decimos que se corrompe.

La corrupción no es sino la pérdida de autenticidad, de unidad y coherencia para con los valores que nos comprometen. Y se suele presentar ante las oportunidades de satisfacer nuestros intereses egoístas o cuando estos intereses están en peligro.

Se corrompe quien ha puesto su dignidad moral en el mercado, o sencillamente siempre tuvo como amos y señores sus deseos y apetitos, más allá de las apariencias.

Hay quienes se venden por el dinero, por el halago, por el sexo o la apariencia de poder, que es falso, pues acaban siendo marionetas movidas por los hilos de sus propias debilidades.

La honradez se cimienta sobre la ética personal. Ni las intenciones egoístas ni la ceguera dogmática son buenos consejeros. Por eso, el que es honrado no abusa ni de la confianza ni de la debilidad de los demás.

Responsabilidad

La honestidad es un ejercicio de responsabilidad y libertad. Supone no solo ser consecuentes con nosotros mismos, sino asumir las consecuencias que se derivan de nuestras palabras y actos.

Si cometemos un error, deberíamos recoger el fruto, corregirlo o rehacer el camino. El error no nos hace indignos ni merma nuestra honradez, pero sí la actitud que trata de culpabilizar o responsabilizar a otros de nuestros errores.

Si somos libres para elegir, debemos ser responsables para asumir las consecuencias de nuestras elecciones. Esto es la base de la libertad, no se puede separar de la responsabilidad. Paradojas de un mundo que se cree libre, pero que constantemente huye de su libertad.

¿Puede un fanático o un loco ser honrado?

Si por honestidad entendemos únicamente actuar tal y como se piensa, los fanáticos y los malhechores lo serían, pues actuarían en muchos casos en consecuencia con lo que sus enfermizas mentes o impulsos instintivos les dictan. Sin embargo, al hablar de honestidad reconocemos que la primera integridad que necesitamos es para con nuestra naturaleza humana. Nadie puede permanecer ajeno al compromiso con la propia vida y con el bien común.

¿Existe un deber propio del ser humano? Es difícil responder en un tiempo en el que solo hablamos de derechos, pero si reconocemos unos derechos humanos es porque intrínsecamente aceptamos unos deberes humanos que, como los derechos, forman parte de nuestra naturaleza, y nuestra integridad debe medirse con respecto a ese deber ser, a ese deber ser humano.

En Oriente se nos hablaba de la recta conciencia, el reconocer el Dharma y ajustarnos a él, siendo el Dharma, en este caso, aquello que conduce hacia el buen desarrollo de lo mejor de nuestra condición humana.

En el Noble Óctuple Sendero, Buda recomienda elegir unos rectos medios de vida que no traicionen el deber natural que nos corresponde como seres humanos.

Platón nos insta a aspirar a ser guiados en nuestra vida por el mayor bien y sabiduría. Esa es la mejor aspiración a la que puede llevar el valor de la honestidad.

Quien es honesto es confiable

Esta es la base de toda relación y convivencia. Nadie quiere ser decepcionado o engañado.

La honestidad genera confianza, y la primera confianza que necesitamos es en nosotros mismos.

De la misma forma que el ejemplo que recibimos de alguien nos permite realmente confiar en él, la confianza en nosotros mismos nace del ejemplo que nos damos, más allá de si nos ven o no; nace de la honestidad que tengamos para con nosotros mismos, para reconocer nuestras debilidades, pero también nuestras fortalezas.

Hoy más que nunca, cuando vemos cómo se derrumba la confianza en nuestros representantes políticos y agentes sociales, y con ese derrumbe vemos tambalearse el equilibrio social y la convivencia, se pone de manifiesto que la honestidad es la base de la confianza y que esta pasa inexorablemente por dar ejemplo.

Miguel Ángel Padilla.

Los beneficios de la filosofía a la manera clásica

La ciencia y la tecnología han desplazado a las humanidades en nuestro mundo actual haciendo que parezca poco práctico hablar de filosofía, ya que en apariencia nos reporta pocos beneficios. Sin embargo, aunque sea extraño preguntarse para qué sirve, debemos recordar que la filosofía se relaciona con el conocimiento en su conjunto.

Es cierto que, durante bastante tiempo, la filosofía se ha limitado a la mera especulación intelectual, sin entroncar realmente con los problemas humanos. En la etapa del instituto era común sufrir ante un galimatías incomprensible donde todo era relativo y todo era posible, y al final se podía llegar a cualquier conclusión. El profesor que traía cariñosamente al presente las ideas de grandes hombres antiguos era la excepción. Es obvio que la filosofía entendida así tiene poca utilidad.

Es, pues, una gran tarea rescatar el verdadero sentido de la filosofía, el que tenía para los antiguos, una filosofía de gran utilidad y necesidad para el ser humano, la filosofía a la manera clásica, que no es la filosofía de los clásicos ni el estudio de los antiguos, sino una actitud filosófica que siempre tuvieron los verdaderos filósofos.

Estudiar a los filósofos y leer lo que han escrito resulta provechoso, tanto por la belleza de sus palabras como por sus consejos prácticos, cuando son válidos, profundos y útiles, porque nos sirven para enfrentar con claridad nuestra propia vida, nuestras dificultades y nuestros sueños. Pero más importante que saber lo que otros han enseñado es aprender a pensar y reflexionar –con su ejemplo y sabiduría– por nosotros mismos, y esa es la verdadera aportación de la filosofía a la manera clásica.

La filosofía como amor a la sabiduría

El concepto de filosofía se atribuye a Pitágoras, que instruía sobre el orden, las proporciones, la naturaleza y el universo en sus diferentes planos. Hablaba de la música de las esferas, y de las matemáticas como forma de expresión de ese orden. Cuando alguien le decía que era un sabio, este gran hombre contestaba: «No, yo no soy un sabio, un sofos; yo soy un filo-sofos, un amante de la sabiduría». Nos recuerda un poco lo que decía Sócrates, cuando afirmaba que era poco lo que sabía, y que probablemente por eso reconocía tantas cosas que ignoraba, que era precisamente lo que le permitía aprender.

Esa es la actitud del que quiere conocer. Pitágoras, claro está, no la inventó; probablemente cuando el ser humano empieza a diferenciarse de su parte más animal, también comienza a filosofar, que no es otra cosa que indagar más allá de lo que nos muestran los sentidos, querer entender el porqué de las cosas, caminar hacia la sabiduría. Y eso no lo pueden hacer los animales. La filosofía enseña a apreciar todos los aspectos de la vida en la naturaleza y a valorar el elevado nivel que corresponde a los animales, pero un animal no puede filosofar, no puede preguntarse por la finalidad de las cosas.

La esencia de la filosofía, ese amor al conocimiento que nos lleva a querer entender, es una necesidad vital; no basta con vivir, sino que queremos saber para qué se vive; no es suficiente con seguir un destino, o unas leyes de la naturaleza, o unos instintos que a veces tiran hacia acá y a veces hacia allá: queremos saber por qué aquí, para qué aquí.

La ciencia actual estudia, primordialmente, cómo se desarrollan los procesos, pero no se suele preguntar para qué. La filosofía, en cambio, busca la razón de ser que tienen las cosas. Por eso se dice que el hombre comienza a ser filósofo cuando se pregunta de dónde vengo, qué sentido tiene la vida, etc.

La filosofía a la manera clásica tiene otra peculiaridad: otorga una visión global y permite relacionar las cosas. Cuando ahondamos en la historia de la mano de los grandes filósofos que han aportado verdaderas líneas de conocimiento a la humanidad, nos damos cuenta de que lo hacen bajo todas las ópticas, es decir, que la filosofía abarca la ciencia, el arte, la mística, lo social, lo ético, lo profundo.

Una visión de conjunto permite entender todas las facetas de la vida, y las cosas dejan de ser contradictorias para pasar a ser complementarias. Abordar el conocimiento desde varios ángulos no es ser aprendiz de mucho y maestro de nada, sino tratar de entender qué lugar ocupa cada cosa dentro de lo que se puede observar en la naturaleza.

Llama la atención que en nuestra sociedad se valora más a un especialista que a un generalista. Por ejemplo, en medicina, se aprecia más a alguien especializado en el corazón que al médico de cabecera. En Egipto, en cambio, el médico de mayor importancia era el generalista, que una vez que había comprendido la naturaleza del mal y cómo afectaba al conjunto anímico-biológico de la salud, sí se podía apoyar en un especialista. Cambian tanto las cosas que hoy la educación empieza a especializar al niño cada vez más joven, de manera que no puede desarrollar esa visión de conjunto.

Para comprender esta visión global del conocimiento, podemos pensar en una pirámide como expresión del edificio civilizatorio, cuyas cuatro caras son las distintas vías a través de las cuales el ser humano se puede realizar (arte, mística, ciencia y política). En cualquier civilización clásica, todos podían dar un sentido a su vida siguiendo una vocación artística, religiosa, científica o política. Cada una de esas facetas se une a las demás en un punto superior solamente si hay algo que las trascienda. Ese algo es la filosofía, el eje que lo que cohesiona todo. Un Einstein, el Dalai Lama o un gran músico pueden llegar a las mismas verdades porque la cúspide de cada una de las vías siempre se dirige a la esencia del ser humano y de la naturaleza. Por eso también un Ibn Arabi se podía entender con un cristiano o con un judío, porque hay algo en la filosofía profunda que encuentra esa esencia que relaciona al ser humano con la naturaleza, con Dios.

La filosofía como el arte de vivir

La filosofía en las antiguas escuelas era algo práctico que ayudaba al hombre a vivir, le daba herramientas útiles para la vida cotidiana. El planteamiento de vida actual convierte al hombre en un ser incoherente, donde intuye cosas pero luego tiene que obedecer a convencionalismos sociales y a una moral de costumbres que es cambiante. Esto era algo inconcebible en un filósofo clásico, pues este prefería saber cuatro cosas y poder vivirlas, a saber muchas pero no aplicar ninguna.

Nos podríamos preguntar también para qué sirve la filosofía frente a los problemas de guerras, hambre o paro que ahora mismo tenemos. Hemos desarrollado tantos medios sofisticados a escala mundial que nos hemos llegado a creer que lo resolverían todo, y nos olvidamos del que está detrás de esos avances: el ser humano. ¿De qué sirve que en vez de una canoa pilotemos un transatlántico si el que lo conduce no ha desarrollado cualidades que le hagan mejor? Nuestro siglo XXI nos ha llevado a dar grandes pasos, pero todo se nos puede derrumbar si no aprendemos a llevarnos bien entre nosotros.

Tal vez la felicidad del hombre esté en que encuentre su lugar natural. La filosofía siempre ha proporcionado métodos, impulsando la educación. ¿De dónde nace el concepto de educación? De la filosofía.

Ahora la educación ya no pretende formar seres humanos sino trabajadores, al servicio de lo económico. Pero ¿quién le transmitirá todo el bagaje que ha adquirido a lo largo de su historia? Es lógico que si no hay nadie que se encargue de formarlo como ser humano, llegue a convertirse en una bestia. Una persona con control de sí misma no es fácil de manejar, y hoy, los medios de comunicación dejan de ser un bien social para convertirse en  un negocio.

Frente a todo esto la filosofía a la manera clásica tiene como eje el ser humano, lo que promueve realmente una serie de beneficios prácticos a nivel individual y social.

Beneficios que aporta la filosofía a la manera clásica al individuo

.- A nivel individual, enseña a pensar y reflexionar por uno mismo, permitiendo desarrollar un criterio propio y sano, que no se basa en ser original, sino en vivir las cosas porque uno las entiende. Eso despierta el discernimiento, que es la capacidad de separar lo esencial de lo que no lo es, lo válido de lo no válido.

.- Otra de sus ventajas es que nos enseña a conocernos a nosotros mismos y a ubicarnos en la vida. Por eso en el frontis del templo de Delfos en Grecia se leía: «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo». La filosofía nos enseña a conocernos, a descubrir cuál es la naturaleza del ser humano y el fin de su existencia, y lo hace indagando su relación con el resto del universo y descubriendo las leyes de las cuales también forma parte.

.-La filosofía también abre las puertas de la imaginación, la capacidad de integrar nuevas ideas. Una de las características de los grandes filósofos es que se adelantan a su tiempo. Giordano Bruno, por ejemplo, ya lanzó la idea de la vida en otros planetas, aunque en su caso, su pensamiento sobre la ciencia, el ser humano o la sociedad de su tiempo determinó que muriera en la hoguera en 1600.

.- Otra de las vertientes prácticas de la filosofía es que enseña a utilizar la mente y permite estructurar argumentos y ser coherente en las ideas.

.- Desde Grecia, Roma, la India, Tíbet, China, etc., los filósofos nos invitan no solo a conocernos, sino también a dominarnos, a controlar y armonizar las diferentes naturalezas que conviven dentro de nosotros y darles una coherencia.

.- La filosofía proporciona esa capacidad de poner orden en nuestro interior y, por lo tanto, de poder expresar y proyectar nuestra voluntad, ya que podremos establecer una autodisciplina que nos permita desarrollar las potencialidades que cada cual tiene.

.- La filosofía nos enseña a soñar, a no dejar de creer en los sueños. Muchas veces decimos: «Hay que poner los pies en la tierra». Pero lo que no hay que poner en la tierra es la cabeza, ni porque nos obliguen ni porque estemos dormidos o inutilizados. El filósofo debe saber en qué mundo vive y encontrar maneras para poder manifestar aquello que considera noble, bueno, justo, necesario y conveniente, pero tiene que ser capaz de mirar desde arriba. ¿Es poco práctico soñar con un mundo mejor? Precisamente por dejar de soñar con un mundo justo o por no saber proyectarlo en un plan de vida, estamos entrando en una suerte de nueva Edad Media, de edad oscura. Además, a nivel individual, soñar nos da jovialidad.

.- También nos permite la filosofía desarrollar serenidad y confianza como algo sostenido, algo que no está en manos del destino porque depende de nosotros.

Beneficios que aporta la filosofía  a la manera clásica a nivel social

Por si fueran pocos los beneficios prácticos de la filosofía a nivel individual, también a nivel social nos aporta algunos.

.- La filosofía es la mejor vía para que exista fraternidad, para que los seres humanos sepan convivir a medida que conocen los antídotos contra los egoísmos y fanatismos. Más allá de las diferencias, el ser humano es uno. Podrá haber diferentes costumbres, pero trascendiendo esas aparentes diferencias, aun cuando no entendamos el comportamiento de una persona por ser distinto al nuestro, no lo trataremos como si fuera un enemigo.

.- La filosofía enseña con el ejemplo, no con la teoría; es una sabiduría vivencial, es amor a la sabiduría. En la Antigüedad, el que enseñaba era coherente en su vida con lo que decía. La idea antigua de maestro-discípulo no significaba que el discípulo no se esforzara. Este debía recorrer el camino por sí mismo, recoger los propios frutos.

.- A nivel de historia, de evolución, de futuro, la filosofía enlaza el pasado con el mañana, recogiendo toda la experiencia humana, entendiendo por qué sucedieron las cosas, extrayendo los elementos clave de la memoria del hombre. La filosofía despierta lo mejor del ser humano, y le devuelve la idea de la transformación interior como medio para alcanzar sus metas.

En los tiempos inciertos donde todo se tambalea y se derrumba la filosofía nos acompaña en la vida y nos ayuda a desarrollar nuestras mejores cualidades de discernimiento, amor y voluntad, para nuestra plena realización personal y mejora de nuestro mundo circundante.

Miguel Ángel Padilla

Juventud y filosofía. Una buena combinación para transformar el mundo

El esfuerzo por alejar a los jóvenes de las humanidades, particularmente de la filosofía, es cada vez más patente, no solo en España sino en gran parte del mundo, y con ello pierden capacidad de reflexión sobre los acontecimientos, la vida y sobre nosotros mismos. Aprender a pensar y discernir es esencial en el proceso de formación de nuestra identidad y libre realización personal. ¿A quién beneficia este deterioro en la educación, especialmente entre los jóvenes?

Creo que hoy más que nunca es imprescindible reivindicar el necesario vínculo entre filosofía y juventud.

La juventud es una esperanza de futuro en todo momento, pues guarda infinitas potencialidades cuando está abierta a la creatividad, a la transformación y al descubrimiento de las maravillas y posibilidades que la vida nos ofrece. Y la filosofía, como verdadero motor de transformación y evolución del pensamiento, tiene mucho que ver con la juventud, porque participa de esa misma capacidad de apertura, indagación y sorpresa ante el mundo. Decía Platón, en boca de Sócrates, que la filosofía es esa capacidad de sorprendernos y enamorarnos de la belleza, de aspirar a la justicia, de buscar la verdad.

Hay una serie de cualidades que se manifiestan especialmente en la juventud y que quisiera resaltar y vincular con la filosofía:

La rebeldía, esencial frente a lo que creemos que atenta contra nuestra dignidad, contra nuestra libertad. Frente a la rebeldía se nos pide madurez, pero se espera que con ella ahoguemos los sueños y «sentemos la cabeza» (vaya sitio para poner la cabeza, en el destinado para el trasero), se espera que reconozcamos la realidad y dejemos de ser idealistas. La filosofía nos ayuda a poner los pies en la tierra pero elevar la cabeza, la mirada al cielo, sin renunciar a esa búsqueda de lo mejor, sin perder el motor transformador de la rebeldía. Une idealismo con discernimiento sin hacerlos antagónicos.

El entusiasmo es otra de las cualidades de la juventud que, gracias a la filosofía, que propicia el pensamiento reflexivo y crítico, puede evitar que caigamos en el fanatismo. La filosofía nos conduce al descubrimiento de valores universales que alimentan los sentimientos de fraternidad, respeto y, a la vez, compromiso social.

La plasticidades otra característica de la juventud. Se trata de la capacidad de poder adaptarse a las situaciones y entornos, porque uno no es rígido, no está encasillado en una forma. En este caso, la filosofía nos permite reconocer lo esencial para no caer en el riesgo de la superficialidad (que a veces se disfraza de adaptación y tolerancia). Es más, nos lleva a romper moldes, pero para liberar lo que realmente reconocemos como importante.

El idealismo, o esa capacidad de elevarse, de concebir perfecciones para la humanidad, de soñar con el bien, con la justicia, con la belleza, con un mundo mejor, etc. La filosofía va ayudarnos a saber establecer el puente entre el mundo que nos rodea y el mundo que soñamos. Evitará que las crueles lecciones de «realidad» nos conviertan en personas escépticas, acomodadas, resignadas. Tratará de aportarnos herramientas para convertirnos en verdaderos constructores de nosotros mismos y del mundo que concebimos.

Y, finalmente, ser joven es soñar con el futuro. A mí me inspira particularmente mucho la imagen del dios Jano Bifronte, símbolo griego de la juventud. Uno de sus rostros, el joven, mira al futuro pero, como contraparte, hay otro rostro, el anciano, que mira hacia atrás. Uno representa la experiencia, o sea, el pasado, y el otro representa la capacidad de proyección, o sea, el futuro. Si a la capacidad de soñar sumamos la capacidad de heredar esa experiencia humana que nos permita no volver a caer en los errores, que nos dé patrones para poder reconocer los mejores caminos, las mejores soluciones, estaremos dando un paso excepcional.

¡Cuánta gente idealista dejó de soñar porque era imposible cambiar el mundo! El día que dejemos de soñar con un mundo mejor, habremos matado algo muy importante, habremos matado nuestra alma, nuestra juventud interior. También habremos matado la posibilidad de que el futuro pueda encontrar un puente del que recoger todo lo bueno que ya la humanidad ha conquistado. No dejemos de soñar nunca, seamos idealistas que se atreven a soñar y a perseguir esos sueños.

La filosofía nos enseña que el presente es la oportunidad para unir el pasado con el futuro, a través del entusiasmo, a través de la plasticidad, a través de esa rebeldía y a través de ese espíritu soñador.

¿Tardará mucho? ¿Cuándo se conseguirá cambiar las cosas?

Como decía el Quijote: «Yo voy por un mundo de hierro para convertirlo en un mundo de oro. No me preocupa si gano o pierdo, lo importante es que yo siga en mi empeño». Algo cambia dentro de uno mismo cuando se tiene esta actitud, algo crece y despierta.

Miguel Ángel Padilla