Platón, más cerca. La filosofía del Bien, la Justicia y la Belleza.

Este libro guarda una finalidad mayor que exponer un esbozo de las ideas platónicas. Pretende abrir un diálogo con la vida y con nosotros mismos. Creo que el mayor peligro para el ser humano es quedarse en una existencia vulgar, tan sólo impulsada por los apetitos, y no poder elevarse a los ideales superiores que tensan nuestra vida hacia la conquista de lo mejor. Una vida sin ideales es una vida vacía que no deja espacio al alma para manifestarse. El ideal platónico que trato de reflejar aquí es el ideal de la unidad, que inspira a un modelo de realización humana: buscar la Verdad, hacer el Bien, promover la Justicia y crear Belleza.

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INTRODUCCIÓN

Al iniciar esta obra sobre Platón, me preguntaba si no sería un libro más de las decenas de miles que sobre el divino filósofo se han escrito a lo largo de la historia, y tal vez lo sea, pero, a decir verdad, el mero placer de pasear con él, dialogando sobre temas tan bellos y profundos durante estos años y compartirlo con quienes lo lean, ha merecido la pena.

Este libro responde al amor por sus enseñanzas y a la convicción de que todo lo que transmitió en su época sigue vivo y es útil hoy día, pues aborda temas atemporales y marca rutas que siguen siendo transitables.

Fiel a ello, he tratado de presentar sus ideas de forma sencilla y clarificadora con intención de que puedan inspirarnos en nuestra propia vida. Y esto es posible cuando, en lugar de abordarse como temas de reflexión aislados, se contemplan como un todo armónico, como un paisaje bello que invita a ser recorrido por quienes tienen sed de sentido, belleza y profundidad, un paisaje donde se dibuja una vieja senda que conduce a elevadas cimas.

Si recorriéndola podemos obtener una perspectiva más amplia y profunda de nosotros mismos y de la vida, de nuestra posibilidad de construir día a día un mundo mejor; si estos caminos abren recuerdos al alma que, como caminante peregrina, viene recorriendo valles y cumbres desde hace mucho tiempo; si nos permite hallar los escalones que nos eleven sobre nosotros mismos y reconocer, aunque sea como una añoranza, que existen la Belleza, la Justicia, la Verdad y el Bien… entonces, más allá de los 2400 años que nos separan de la semilla que Platón dejó sembrada, habremos hallado algo del tesoro de atemporalidad que nos dejó insinuado.

Toda la obra de Platón parece concebida como una invitación a la reflexión, a la búsqueda de la verdad frente al escepticismo y el abandono en la opinión general.

Platón, en sus diálogos escritos, no termina de definir los arquetipos e ideas elevadas que trata, sino que nos pone ante un misterio, dando pautas para que podamos vislumbrar una parte de la verdad convirtiéndonos en filósofos, amantes de la sabiduría. Nos dispone a una vivencia personal donde la mirada interior (la conciencia), la emoción y el pensamiento busquen la experiencia de lo verdadero.

Aquellos que creen que el conocimiento se puede empaquetar son quienes se creen poseedores de la verdad y del pensamiento único y definitivo. Pero la filosofía no aspira a un conocimiento empaquetado, sino a una sabiduría interior, a una capacidad de ver y comprender desde uno mismo. Somos «chispas» de una esencia única, pero no réplicas de esa esencia, y cada uno revela en sí mismo un aspecto de esa totalidad que debe ser realizado.

Hay una cierta dificultad para poder conocer la doctrina platónica, pues no llegamos a ella sino a través de los reflejos que deja en sus diálogos, obras de ejercicio filosófico pero no expositivo, tal vez destinadas a captar el interés por la filosofía. Muchos llegan a dudar de que exista un modelo de pensamiento organizado, una doctrina platónica, pero el modelo existe y fue enseñado en la Academia, no tanto como una descripción del mundo sino como un proceso destinado a despertar una sabiduría y a promover una transformación interior que permita integrar esa sabiduría.

Hoy lo corroboran muchos investigadores que ponen en conexión sus diálogos con lo que se ha dado en llamar las doctrinas no escritas, y que se dejan entrever en los numerosos comentarios de discípulos como Aristóteles y la propia proyección de la Academia. Como insinuaron Giovanni Reale, H. P. Blavatsky o Jorge Ángel Livraga, Platón es un eslabón de una cadena de oro de transmisión iniciática, esforzado en destilar para su tiempo una sabiduría ancestral y reveladora que puede transformar a los individuos y al mundo.

Nos podríamos preguntar por qué Platón no escribió tratados doctrinarios (como lo haría posteriormente su discípulo Aristóteles), que hubieran legado de forma organizada muchos de los conocimientos y teorías sobre el universo y la naturaleza humana. Estas enseñanzas se entrevén en sus diálogos y sabemos que debió de enseñarlas en la Academia. Él sabe que el conocimiento verdadero no se puede transmitir y, por tanto, no se transfiere a través de una exposición o una descripción; la vía del conocimiento profundo se abre a través de la vivencia que nos pueda abrir a una comprensión.

En la Antigüedad, un filósofo no se sentía necesariamente inclinado a escribir tratados de filosofía, sino que su esfuerzo iba dirigido a llevar una vida filosófica. Muchas de las enseñanzas de estos grandes maestros de vida fueron transmitidas por sus discípulos (como en el caso de Arriano con las enseñanzas de Epicteto o de Porfirio con las de su maestro Plotino) y por eso han llegado a nuestros días.

Por otro lado, cabe imaginar que las obras que conocemos de Platón son divulgativas, cuya finalidad era esencialmente despertar el verdadero interés por la profundidad de la vida y la vía filosófica, cuyo proceso se vivía esencialmente por vía oral y personal.

Sabemos además del celo que escuelas como la pitagórica ponían en la transmisión del conocimiento, un arma muy peligrosa en manos de quienes moralmente no hubieran desarrollado la virtud y el impulso hacia el Bien, todavía presos del egoísmo y la irascibilidad, de tal suerte que se establecían pruebas morales que filtraban el acceso a sus enseñanzas más profundas. Todo, muy lejos de una enseñanza masiva y despersonalizada.

Platón no era elitista. Como vemos en las Leyes y en la República, proponía iguales oportunidades de educación para todos los ciudadanos, pero será el desarrollo de la naturaleza de cada cual el que vaya manifestando cuál debe ser el nivel y el grado de entendimiento al que podamos acceder.

Muchos de los textos que nos han llegado de los filósofos antiguos tenían fundamentalmente una finalidad oral, es decir, estaban destinados a ser leídos en público; en general, un público restringido y selecto. Presuponen un conocimiento del contexto de enseñanzas en que se producen. Responden al esquema pregunta-respuesta, discípulo-maestro. Esto lo vemos también en Confucio y el budismo, donde el diálogo responde a un proceso de formación y no a una exposición de información.

Cada uno de los libros de Platón abriga una temática y una intención frente a sus interlocutores, pero no pretende ser una exposición acabada de ideas. Encontramos textos que nos invitan a alejarnos del mundo y sus circunstancias, algunos que nos inducen a contemplar la maravillosa belleza que el mundo esconde entre sus pliegues y otros que nos alientan a implicarnos en la sociedad para transformarla.

Por eso, para poder ver el orden de las doctrinas que hay detrás, será necesario reunir las cuentas del collar y llegar más allá, intuyendo el hilo que las une.

Es la tarea que me propongo en este trabajo.

Todo lo expuesto hasta ahora nos da a entender la dificultad que supone presentar de forma pedagógica y ordenada la cosmovisión platónica del ser humano y el mundo, y ello sin perder la frescura de la mente abierta y reflexiva; sin olvidar la distancia que nos separa para interpretar adecuadamente los textos antiguos, pues las palabras y los términos han variado en muchos casos de forma sustancial su carga semántica, así como lo ha hecho el contexto donde Platón y nosotros vivimos.

Pero este libro guarda una finalidad mayor que exponer un esbozo de las ideas platónicas. Pretende abrir un diálogo con la vida y con nosotros mismos. Creo que el mayor peligro para el ser humano es quedarse en una existencia vulgar, tan solo impulsada por los apetitos, y no poder elevarse a los ideales superiores que tensan nuestra vida hacia la conquista de lo mejor. Una vida sin ideales es una vida vacía que no deja espacio al alma para manifestarse.

El ideal platónico que trato de reflejar aquí es el Ideal de la Unidad, que inspira un modelo de realización humana: buscar la verdad, hacer el bien, promover la justicia y crear belleza.

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