Necesidad de una nueva educación

El problema de la educación, cada vez que se plantea en la opinión pública, despierta una gran controversia social, aunque muy pronto pasa a una segunda fila en los medios de comunicación ante las nuevas noticias que cobran, casi por turno, protagonismo.

Pero en el tema de discusión casi siempre se tratan  solo aspectos de forma, que si bien pueden parecer importantes, no deberían nublar el planteamiento esencial  sobre la educación.

Tendríamos que preguntarnos: ¿para qué sirve la educación? ¿cuál es o cuál debería de ser su finalidad?

¿Es algo al servicio de la economía?, ¿al servicio de las empresas?, ¿de la estabilidad social?, de tendencias políticas o creencias religiosas?… ¿o debería de ser algo que tuviese como finalidad al Hombre, su desarrollo integral y completo?

Por desgracia, basta con observar  desprejuiciados nuestros propios sistemas de educación y enseñanza para ver  que están más dirigidos a crear especialistas en un sistema productivo económico, donde las directrices las dan la oferta y la demanda de empleo, que a   desarrollar las potencialidades y cualidades humanas, para que  el individuo pueda realizarse plenamente en el marco gradual de su paso por la vida, o para  que pueda profundizar en los misterios de la naturaleza o del hombre..

El sentido etimológico de la palabra educación viene de “educir”: sacar de adentro. Esto nos habla de la educación como algo destinado a hacer surgir en cada individuo aquellos valores, aquellas capacidades  propias e inherentes a la condición humana. Entiende que existe un potencial en el interior en espera de ser realizado. Educar sería despertarlo y ayudar a su realización. Para ello la educación debería ayudarnos a conocernos a nosotros mismos y a armonizar los diferentes factores que en nosotros conviven

La educación así entendida mantiene un  sentido de unidad   que  debe aportar  una  visión global y armónica del mundo y de si mismo, un conocimiento que relacione todos los conocimientos, una formación que ayude a integrar y conducir todas nuestras facultades humanas .

Los diferentes expresiones  de la cultura (ciencia -religión -política -arte) se unifican bajo una visión filosófica que les da profundidad y unidad, (al igual que  confluyen en una pirámide sus cuatro caras triangulares), como caminos complementarios en la búsqueda de la verdad y la realización humana.

En el hombre esa educación integral   debería   ser el mejor apoyo en el conocimiento de  nosotros  mismos , la naturaleza humana  en general y las propia realidad particular;   debería potenciar el conocimiento y desarrollo de nuestras  cualidades  y vocaciones profundas (lo que llamaría Platón instintos del Alma); tendría que favorecer  la armonización de  todo ello, ayudandonos a   encontrar y a vivir nuestro  lugar natural  en la humanidad y en la Vida

Sin embargo nuestros sistemas educativos actuales se alejan cada vez más de esa formación integral ,  relegando esta responsabilidad, que acaba siendo canalizada  en gran parte por los medios de comunicación masivos ( que no olvidemos, no tienen como finalidad la formación humana sino la rentabilidad económica).

Esto hace que al día de hoy, un chico con una especialización universitaria, sin embargo pueda ser un inculto en términos generales, incapaz de tener un buen criterio global para  entender a  ni a su tiempo ni a sí mismo.

La verdadera libertad, base de la condición humana, ha de producirse primero en el interior, nace en el corazón y la mente, solo el conocimiento da realmente “alas” al ser humano ( y no una formula química en una lata etiquetada)

Para que haya una educación completa ha de partirse de un sentido profundo de la cultura. Esta no puede entenderse como una recopilación basada simplemente en coloridos folklores sino en el conocimiento, desde las protohistóricas civilizaciones a nuestros días, de la experiencia profunda de la humanidad, expresada en el conjunto de valores permanentes, conocimientos científicos, creencias y experiencias que van siendo acumuladas generación por generación por la humanidad.

Otro factor importante en la educación es el ejemplo. Sin el ejemplo no hay transmisión. El ejemplo vivifica el conocimiento y lo hace útil al presente. Decir que una cosa es válida y no esforzarse por  vivirla es haber matado la mitad de la verdad. El ejemplo de educadores, padres, cargos públicos, artistas, jueces, etc,  así como   los modelos que predominan como prototipos de una sociedad, actúan como catalizadores;  su presencia, al resonar en los individuos,  despierta  en ellos  el desarrollo de lo que haya de similar al modelo. De ahí que los filósofos antiguos aconsejaran rodearse de cosas bellas y armónicas, de buenos amigos, de lecturas e imágenes heroicas que despertasen en nosotros esa misma belleza y armonía, esa voluntad y firmeza frente a la adversidad que subyacía dormida

Cuando la educación despierta  un discernimiento de lo justo , lo bello, lo verdadero y lo bueno  en nosotros, ese sentido elevado   se refleja en buenas costumbres que hacen innecesarias muchas de las leyes y restricciones del mañana.

La educación debe prever las necesidades y problemas del futuro, debe anticiparse y desarrollar las cualidades y conocimientos que le permitan afrontar todo reto.  Pero sin olvidar  que la verdadera finalidad del progreso no está en el despliegue de medios sino en la  plasmación de los fines, y la finalidad humanística debe alumbrar todo esfuerzo. Así necesitaremos ingenieros y médicos, panaderos y abogados, pero sobre todo hombres y mujeres íntegros, dueños de sí mismos y con las mejores cualidades humanas.

Es importante saber colocar al hombre en su realidad y en su tiempo,  no como un marco al que doblegar sus aspiraciones, sino del que partir para moldear aquello que se concibe como mejor. La educación, entonces,  no debe conformar, sino despertar el idealismo, partiendo de una realidad que se conoce y no se teme pero a la que se quiere  mejorar, ya sea en el terreno del arte, de la ciencia, de la política o de la religión.

Platón hablaba de la importancia de hacer confluir en la educación la “música”, para el alma,  y la  “gimnasia”, para el cuerpo. Esta necesaria complementariedad aportaba rigor y esfuerzo para el cuerpo, manteniéndolo sano y disciplinado;  y desarrollo a las cualidades del alma, ya sean Discernimiento, Intuición de la Belleza, desarrollo de la Bondad y del  Amor o reconocimiento de la Justicia.

Quizás sea la filosofía más profunda la que aporte la clave:  el proceso de la educación  tendría que poder desarrollar en el hombre  nuestra   naturaleza interna,  en su triple  aspecto: Voluntad, Amor e Inteligencia, canalizada a través de una mente ordenada, una psique armonizada, una vitalidad activa y un cuerpo sano

Siendo la educación la base de la transmisión de la cultura, y ésta  el cimiento invisible que sustenta cada  civilización, los beneficios que se derivan de la civilización,  como la estabilidad económica y social, avances en la medicina o el derecho, el desarrollo del arte, hasta la

plasmación de principios de dignidad y solidaridad, se tambalean cuando sus invisibles columnas, los valores filosóficos  y principios  universales que le dieron nacimiento, ya no están presentes en la educación.  Solo quedan formas  culturales vacías  incapaces de regenerar ni recrear como fuerza motriz, nuevas formas, nuevos moldes de vida para los principios siempre válidos.

El valor de la educación hoy y los sistemas educativos deberían de volver a mirarse en el espejo y  ver si responden realmente a la realidad global del ser humano.

 Miguel Angel Padilla

Democracia, ¿medio o fin?

En el seno de esta crisis que ha levantado indignados a muchos jóvenes –jóvenes de espíritu, con sueños y capacidad de rebeldía–, se abre la necesidad de un espacio social para la reflexión, para profundizar sobre nuestra realidad y sobre algunos de los factores que constituyen la naturaleza social y democrática de nuestro mundo actual.

Si ante los problemas acuciantes de la crisis económica, el paro, la instrumentalización de los medios de comunicación o de la política en beneficio de intereses partidistas o financieros; si ante los graves desequilibrios mundiales de las guerras, los desplazamientos de refugiados o la pobreza (solo las 10 personas más ricas del mundo acumulan lo que necesitan los más de 1500 millones de seres humanos que se encuentran en la pobreza); si ante todo esto solo nos quedamos en los efectos y no buscamos las causas, creyendo que con realizar un cambio en el sistema democrático o financiero basta, la crisis con sus consecuencias, aunque fluctúe, no hará sino agravarse. El edificio está en ruinas, el terremoto ha puesto de relieve deficiencias estructurales importantes… y algo más.

Qué duda cabe de que son numerosas las cosas que hay que cambiar en el sistema, y deben cambiarse, pero si afinamos nuestro sentido común, más allá de lo que vemos hay un elemento esencial que está fallando, que se está corrompiendo: se trata del propio ser humano y su escala de valores, sus metas, su calidad humana y su sentido.

Ya sé que en este río revuelto muchos saldrán a proponer sus credos o doctrinas como redentores de los males presentes, ya sean progresistas o conservadores, anarquistas, demócratas, republicanos o monárquicos. Soy filósofo, y como tal no puedo sino ahondar en las raíces del problema, y las raíces casi siempre son humanas. Lo cierto es que es necesario revisar las ideas esenciales sobre las que se construyen la convivencia social y nuestros logros democráticos.

Las crisis suponen una buena ocasión para ahondar en nuestros fundamentos, tomar las riendas y poder reorientar nuestra vida.

Gran parte de los vaivenes sociopolíticos de los últimos siglos se han debatido en el difícil equilibrio entre el Estado y el individuo, entre el deber ante la comunidad y la libertad individual. El Estado no puede anular al individuo, pero sin él las garantías de justicia y equilibrio social, especialmente de los más débiles, se desvanecen en una selva donde el más fuerte tiene libre el territorio de caza. Sin embargo, muy a menudo se nos olvida que la finalidad del Estado es el individuo, las personas y no las instituciones o los sistemas, y que sin el compromiso individual no se construye un verdadero Estado que garantice esa justicia social.

Hoy la economía, la política, incluso la ciencia y la tecnología tratan de justificarse a sí mismas como un fin al que finalmente servimos todos, cuando debería ser al contrario: tanto la política como la economía no deberían olvidar que su fin es servir a todos los seres humanos para darles oportunidades de desarrollo y crecimiento personal en un marco de bienestar.

Viene a mi memoria una frase de Einstein (lo reflejo porque no era político sino científico y humanista), para el que la democracia simboliza el respeto del individuo en cuanto persona: “el Estado no puede ser lo más importante: el individuo creador, sensible, solo de él sale la creación de lo noble, de lo sublime. Lo masivo permanece indiferente al sentir y al pensamiento”.

¿QUÉ ES LA DEMOCRACIA?

Las democracias actuales suponen una etapa en el devenir histórico en la que el ser humano reconoce su igualdad esencial con los demás afirmando el valor y dignidad de cada individuo y su necesidad de libertad. Recordemos lo que supuso el paso de las monarquías absolutistas o las dictaduras totalitarias a las democracias.

Sin embargo, el concepto de democracia encierra muy variados significados, que generan marcos diferentes de contextualización.

  • .- Para la mayoría, la democracia es sinónimo del reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos y la necesidad de que el gobierno sirva a las necesidades de todos.
  • .- Otros ponen el énfasis en la democracia como el gobierno del pueblo para el pueblo frente al gobierno como medio de explotación de los ciudadanos.
  • .- Muchos resaltan la democracia como símbolo de libertad.
  • .- El académico dirá que la democracia es el gobierno del “Demos”, los ciudadanos.
  • .- Algunos reducen su fundamento al sufragio universal –un ciudadano, un voto–, donde lo mejor es lo que decide la mayoría.
  • .- Para otros, la democracia es, justamente, el respeto por las minorías y los excluidos.

Y así podríamos seguir resaltando matices de un concepto que, de forma general, ha calado en la conciencia social como un sistema que protege las necesidades y la dignidad de las personas frente a los sistemas que las utilizan y explotan.

Sin embargo, tampoco la democracia por sí sola nos garantiza que no haya manipulación, explotación o engaño, si los que obtienen el poder a través del voto de la mayoría carecen de capacitación, valores o escrúpulos.

Reducir la democracia a la idea de “un ciudadano, un voto” es pobre y nos puede conducir a un estrepitoso derrumbe de los propios valores que la han sustentado.

Valores democráticos, valores individuales

Los sistemas democráticos pueden variar en cuanto a los mecanismos de aplicación de sus principios, pero en todos ellos el espíritu está expresado en lo que llamamos valores democráticos.

Justicia social, igualdad, tolerancia, solidaridad, libertad de opinión y expresión, transparencia, etc., son valores sociales de los que se habla mucho, pero que han de ser vividos por cada uno y correspondidos con una ética cívica individual.

Es en el seno de las democracias donde se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos para reconocer el derecho a la dignidad humana por encima de todo, incluso y paradójicamente, por encima del propio sistema democrático, fundamentado en la autoridad de la mayoría.

No podríamos aceptar que ningún Gobierno democrático legítimamente constituido pueda vulnerar los derechos humanos. Pierde su legitimidad. Hay una autoridad por encima de la de la mayoría, y es la de los valores contenidos en la carta magna.

El reconocer esto es determinante para recordar que el sistema democrático debe ser un medio y no un fin.

Además, no podemos olvidar que los sistemas no tienen valores por sí mismos aunque hayan sido concebidos para que sirvan a elevados ideales. Los sistemas políticos son canales para que los valores de las personas que constituyen una sociedad se canalicen eficazmente, pero si se pierden los valores en esos seres humanos, el propio sistema no los puede crear.

La democracia es un sistema, una forma de gobierno; dicha forma está constituida por un material que es el material humano. De su calidad depende la calidad del sistema. Es muy sencillo. Especialmente, de la calidad de los gobernantes, de su calidad humana (valores individuales) y de su capacitación y nivel de desempeño (capacidad profesional), aunque también para saber elegirlos hará falta no estar ciego o cegado.

Ciertamente, no habrá justicia social sin una ética individual

¿Libertad real o aparente?

Más allá de la cantidad de votos, están las invisibles ideas que imperan y gobiernan nuestras vidas. Se puede, sin manipular las urnas (esto se supone garantizado en el sistema), llegar a manipular los miedos, los prejuicios, los egoísmos y los intereses.

¿De qué sirve la libertad de expresión si no hay libertad de pensamiento, amordazado por la ignorancia o el miedo?

Democracia es el gobierno del “demos” (ciudadanos), pero difícilmente un “demos” ignorante, manipulado o desesperado podrá elegir a quien gobierne con justicia y sabiduría.

Quienes han buscado siempre el interés personal y el propio beneficio sin importarles la manipulación ni el perjuicio ajeno nos han convencido de que con el derecho a elegir está todo resuelto.

Ciertamente, el ser humano no puede perder su inalienable derecho a elegir. La libertad no solo es un fundamento de la democracia, sino del desarrollo de nuestra condición humana; de ahí la necesidad de fortalecerla. Pero para poder ejercer la libertad necesitamos no solo de un marco de oportunidades que nos permita elegir, sino de unas capacidades con las que saber lo que elegimos y sus consecuencias. Es decir, necesitamos una libertad interior, una capacidad para pensar por nosotros mismos, y el grado de libertad real estará condicionado por el grado de cultura y conciencia en cada uno.

Vuelve el ancestral mito de la caverna del que nos hablara Platón, de quienes hacen de la ignorancia y el embrutecimiento (pan y circo) un instrumento de explotación. A un individuo libre, honrado, culto y dueño de sí mismo no se le puede manipular.

Calidad en los gobernantes

Si queremos un buen gobierno, necesitamos los mejores gobernantes.

Si queremos una buena medicina, necesitamos los mejores médicos; si aspiramos a una buena casa, necesitaremos un buen arquitecto y un mejor constructor… y así con todo.

¿Qué cualificación se exige hoy a los gobernantes? Nada; si acaso, una cierta capacidad demagógica del uso de la palabra y, claro está, los necesarios apoyos, pero no es necesaria una capacitación profesional, técnica y, mucho menos, valores como persona. El ideal democrático aspiraba a que todos tuvieran las mismas oportunidades para llegar a los puestos de responsabilidad, pero no creo que aspirase a que fuésemos gobernados por impresentables.

Por otro lado, si los puestos de responsabilidad, en lugar de contener un cúmulo incontable de privilegios respecto a los demás, fuesen realmente una responsabilidad con su cuota importante de trabajo y esfuerzo, tan solo aspirarían los que tuvieran una verdadera vocación de servicio a los demás, conscientes de que en cualquier otro lugar podrían hallar mayores beneficios personales.

No es de extrañar que cada vez tengamos más gobernantes y cargos públicos, chicos y grandes, que parasitan en un mundo con cada vez menos recursos. Realmente la democracia debería aspirar a necesitar pocos legisladores y escasas imposiciones, tan solo las básicas para asegurar la vida en dignidad para todos, y una buena educación y transmisión de conocimientos y valores mínimos, para que cada cual pudiera ser dueño de sí mismo y de su propio destino.

Nos haría más bien al conjunto de la sociedad que hubiera más científicos, artistas, filósofos, humanistas, deportistas, etc., que aspirantes a dirigir a los demás sin saber dirigirse a sí mismos.

¿Cuándo llegarán los tiempos en que las personas sean destacadas por sus verdaderas cualidades humanas y de ello podamos reconocer a los mejores, en lugar de por sus capacidades mediáticas?

La influencia que ejercen los sabios, científicos, pensadores y buenos profesionales de nuestra sociedad es mínima, pues no siendo ni famosos ni poderosos, significan bien poco en la balanza de poder e intereses actuales.

¿Cómo elegir a los mejores?

Todos estaríamos de acuerdo en que el gobernante debe ser elegido de entre los más sabios, justos y capaces, pero ¿cómo reconocer a quien es el mejor? Obviamente, un sistema democrático justo tiene que contener vías de representación de todos los ciudadanos y mecanismos de control del poder, pero ¿cómo evitar que una masa atemorizada ponga el poder en manos de un tirano o dictador?

Lo cierto es que, si reflexionamos, ningún sistema político nos lo puede garantizar.

Tenemos a los gobernantes que hemos elegido, y más allá de las mejoras del sistema, está el marco de ideas, valores e intereses predominantes en nuestra sociedad, que influye mucho en las decisiones.

¿Y si empezamos a introducir el interés por la calidad, por lo bien hecho, por los resultados sostenibles a largo plazo, es decir, por lo duradero en lugar de por lo de “usar y tirar”?; ¿y si fomentásemos más la cultura que el circo?; ¿y si empezamos a destacar a las personas por sus cualidades humanas y no por sus bienes?

Tal vez cambiando el marco de ideas y valores que nos rigen empecemos a lograr un buen cambio. Como decía Confucio, para mejorar el mundo comienza por mejorarte a ti mismo.

Humanizar el sistema

Tal vez debamos aspirar a una democracia más humana (frente a lo que podríamos llamar una democracia basada en el eje de la economía), una democracia donde gobierne la sabiduría y no la ignorancia, los valores humanos y no la voracidad económica.

Para que haya democracia real el sufragio universal es esencial. La libre elección personal es un derecho fundamental y una necesidad en nuestra realización plena como individuos.

Pero el sufragio universal no garantiza ni la justicia, ni el sostenimiento de la libertad, ni los derechos humanos. No podemos olvidar que fue el sufragio de las mayorías, movidas por la comodidad y el miedo a perder privilegios, lo que levantó a un Hitler.

Será necesario promover, entonces, una calidad humana a través de la educación, que asiente la paz y la justicia en el único lugar donde radica su fuerza, en el seno de cada individuo.

Ya sé que teóricamente esos son los objetivos de nuestras democracias actuales, pero en la práctica esta educación está basada fundamentalmente en la capacitación técnica y productiva y no en la formación humana. Además, los medios de comunicación masivos, regidos por el objetivo de los máximos beneficios, promueven directa e indirectamente el consumo desmedido, el individualismo y la violencia, acabando por influir negativamente en todos.

Palabras como solidaridad, paz, autenticidad, libertad, etc., se utilizan demagógicamente según los intereses, pero muy pocos las respetan y viven, y mucho menos quienes aparecen como más visibles, es decir, personajes públicos, famosos y líderes de audiencia.

Soñar y trabajar por un mundo más acorde con la dignidad humana, decía Stephan Hessel.

Un mundo mejor es posible… y necesario, pero no se puede improvisar ni crear por real decreto. Un mundo mejor nace primero en las ideas y la imaginación, y desde ahí debe expresarse en actitudes y valores que impregnen la vida pública, la educación y el ejemplo cotidiano. Ya ha despertado una necesidad de cambio; comencemos a generar ese cambio en las conciencias y en los actos. Es un cambio lento pero seguro.

Si no somos capaces de generar ese cambio ya, con serenidad pero con constancia, la historia puede derivar por los derroteros violentos de la desesperación y el miedo. En esta encrucijada hay una oportunidad real –como solía decir mi querido maestro el profesor Livraga– hacia un mundo nuevo a través de un ser humano no solo nuevo, sino mejor.

Miguel Ángel Padilla

 

 

 

 

Los beneficios de la filosofía a la manera clásica

La ciencia y la tecnología han desplazado a las humanidades en nuestro mundo actual haciendo que parezca poco práctico hablar de filosofía, ya que en apariencia nos reporta pocos beneficios. Sin embargo, aunque sea extraño preguntarse para qué sirve, debemos recordar que la filosofía se relaciona con el conocimiento en su conjunto.

Es cierto que, durante bastante tiempo, la filosofía se ha limitado a la mera especulación intelectual, sin entroncar realmente con los problemas humanos. En la etapa del instituto era común sufrir ante un galimatías incomprensible donde todo era relativo y todo era posible, y al final se podía llegar a cualquier conclusión. El profesor que traía cariñosamente al presente las ideas de grandes hombres antiguos era la excepción. Es obvio que la filosofía entendida así tiene poca utilidad.

Es, pues, una gran tarea rescatar el verdadero sentido de la filosofía, el que tenía para los antiguos, una filosofía de gran utilidad y necesidad para el ser humano, la filosofía a la manera clásica, que no es la filosofía de los clásicos ni el estudio de los antiguos, sino una actitud filosófica que siempre tuvieron los verdaderos filósofos.

Estudiar a los filósofos y leer lo que han escrito resulta provechoso, tanto por la belleza de sus palabras como por sus consejos prácticos, cuando son válidos, profundos y útiles, porque nos sirven para enfrentar con claridad nuestra propia vida, nuestras dificultades y nuestros sueños. Pero más importante que saber lo que otros han enseñado es aprender a pensar y reflexionar –con su ejemplo y sabiduría– por nosotros mismos, y esa es la verdadera aportación de la filosofía a la manera clásica.

La filosofía como amor a la sabiduría

El concepto de filosofía se atribuye a Pitágoras, que instruía sobre el orden, las proporciones, la naturaleza y el universo en sus diferentes planos. Hablaba de la música de las esferas, y de las matemáticas como forma de expresión de ese orden. Cuando alguien le decía que era un sabio, este gran hombre contestaba: «No, yo no soy un sabio, un sofos; yo soy un filo-sofos, un amante de la sabiduría». Nos recuerda un poco lo que decía Sócrates, cuando afirmaba que era poco lo que sabía, y que probablemente por eso reconocía tantas cosas que ignoraba, que era precisamente lo que le permitía aprender.

Esa es la actitud del que quiere conocer. Pitágoras, claro está, no la inventó; probablemente cuando el ser humano empieza a diferenciarse de su parte más animal, también comienza a filosofar, que no es otra cosa que indagar más allá de lo que nos muestran los sentidos, querer entender el porqué de las cosas, caminar hacia la sabiduría. Y eso no lo pueden hacer los animales. La filosofía enseña a apreciar todos los aspectos de la vida en la naturaleza y a valorar el elevado nivel que corresponde a los animales, pero un animal no puede filosofar, no puede preguntarse por la finalidad de las cosas.

La esencia de la filosofía, ese amor al conocimiento que nos lleva a querer entender, es una necesidad vital; no basta con vivir, sino que queremos saber para qué se vive; no es suficiente con seguir un destino, o unas leyes de la naturaleza, o unos instintos que a veces tiran hacia acá y a veces hacia allá: queremos saber por qué aquí, para qué aquí.

La ciencia actual estudia, primordialmente, cómo se desarrollan los procesos, pero no se suele preguntar para qué. La filosofía, en cambio, busca la razón de ser que tienen las cosas. Por eso se dice que el hombre comienza a ser filósofo cuando se pregunta de dónde vengo, qué sentido tiene la vida, etc.

La filosofía a la manera clásica tiene otra peculiaridad: otorga una visión global y permite relacionar las cosas. Cuando ahondamos en la historia de la mano de los grandes filósofos que han aportado verdaderas líneas de conocimiento a la humanidad, nos damos cuenta de que lo hacen bajo todas las ópticas, es decir, que la filosofía abarca la ciencia, el arte, la mística, lo social, lo ético, lo profundo.

Una visión de conjunto permite entender todas las facetas de la vida, y las cosas dejan de ser contradictorias para pasar a ser complementarias. Abordar el conocimiento desde varios ángulos no es ser aprendiz de mucho y maestro de nada, sino tratar de entender qué lugar ocupa cada cosa dentro de lo que se puede observar en la naturaleza.

Llama la atención que en nuestra sociedad se valora más a un especialista que a un generalista. Por ejemplo, en medicina, se aprecia más a alguien especializado en el corazón que al médico de cabecera. En Egipto, en cambio, el médico de mayor importancia era el generalista, que una vez que había comprendido la naturaleza del mal y cómo afectaba al conjunto anímico-biológico de la salud, sí se podía apoyar en un especialista. Cambian tanto las cosas que hoy la educación empieza a especializar al niño cada vez más joven, de manera que no puede desarrollar esa visión de conjunto.

Para comprender esta visión global del conocimiento, podemos pensar en una pirámide como expresión del edificio civilizatorio, cuyas cuatro caras son las distintas vías a través de las cuales el ser humano se puede realizar (arte, mística, ciencia y política). En cualquier civilización clásica, todos podían dar un sentido a su vida siguiendo una vocación artística, religiosa, científica o política. Cada una de esas facetas se une a las demás en un punto superior solamente si hay algo que las trascienda. Ese algo es la filosofía, el eje que lo que cohesiona todo. Un Einstein, el Dalai Lama o un gran músico pueden llegar a las mismas verdades porque la cúspide de cada una de las vías siempre se dirige a la esencia del ser humano y de la naturaleza. Por eso también un Ibn Arabi se podía entender con un cristiano o con un judío, porque hay algo en la filosofía profunda que encuentra esa esencia que relaciona al ser humano con la naturaleza, con Dios.

La filosofía como el arte de vivir

La filosofía en las antiguas escuelas era algo práctico que ayudaba al hombre a vivir, le daba herramientas útiles para la vida cotidiana. El planteamiento de vida actual convierte al hombre en un ser incoherente, donde intuye cosas pero luego tiene que obedecer a convencionalismos sociales y a una moral de costumbres que es cambiante. Esto era algo inconcebible en un filósofo clásico, pues este prefería saber cuatro cosas y poder vivirlas, a saber muchas pero no aplicar ninguna.

Nos podríamos preguntar también para qué sirve la filosofía frente a los problemas de guerras, hambre o paro que ahora mismo tenemos. Hemos desarrollado tantos medios sofisticados a escala mundial que nos hemos llegado a creer que lo resolverían todo, y nos olvidamos del que está detrás de esos avances: el ser humano. ¿De qué sirve que en vez de una canoa pilotemos un transatlántico si el que lo conduce no ha desarrollado cualidades que le hagan mejor? Nuestro siglo XXI nos ha llevado a dar grandes pasos, pero todo se nos puede derrumbar si no aprendemos a llevarnos bien entre nosotros.

Tal vez la felicidad del hombre esté en que encuentre su lugar natural. La filosofía siempre ha proporcionado métodos, impulsando la educación. ¿De dónde nace el concepto de educación? De la filosofía.

Ahora la educación ya no pretende formar seres humanos sino trabajadores, al servicio de lo económico. Pero ¿quién le transmitirá todo el bagaje que ha adquirido a lo largo de su historia? Es lógico que si no hay nadie que se encargue de formarlo como ser humano, llegue a convertirse en una bestia. Una persona con control de sí misma no es fácil de manejar, y hoy, los medios de comunicación dejan de ser un bien social para convertirse en  un negocio.

Frente a todo esto la filosofía a la manera clásica tiene como eje el ser humano, lo que promueve realmente una serie de beneficios prácticos a nivel individual y social.

Beneficios que aporta la filosofía a la manera clásica al individuo

.- A nivel individual, enseña a pensar y reflexionar por uno mismo, permitiendo desarrollar un criterio propio y sano, que no se basa en ser original, sino en vivir las cosas porque uno las entiende. Eso despierta el discernimiento, que es la capacidad de separar lo esencial de lo que no lo es, lo válido de lo no válido.

.- Otra de sus ventajas es que nos enseña a conocernos a nosotros mismos y a ubicarnos en la vida. Por eso en el frontis del templo de Delfos en Grecia se leía: «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo». La filosofía nos enseña a conocernos, a descubrir cuál es la naturaleza del ser humano y el fin de su existencia, y lo hace indagando su relación con el resto del universo y descubriendo las leyes de las cuales también forma parte.

.-La filosofía también abre las puertas de la imaginación, la capacidad de integrar nuevas ideas. Una de las características de los grandes filósofos es que se adelantan a su tiempo. Giordano Bruno, por ejemplo, ya lanzó la idea de la vida en otros planetas, aunque en su caso, su pensamiento sobre la ciencia, el ser humano o la sociedad de su tiempo determinó que muriera en la hoguera en 1600.

.- Otra de las vertientes prácticas de la filosofía es que enseña a utilizar la mente y permite estructurar argumentos y ser coherente en las ideas.

.- Desde Grecia, Roma, la India, Tíbet, China, etc., los filósofos nos invitan no solo a conocernos, sino también a dominarnos, a controlar y armonizar las diferentes naturalezas que conviven dentro de nosotros y darles una coherencia.

.- La filosofía proporciona esa capacidad de poner orden en nuestro interior y, por lo tanto, de poder expresar y proyectar nuestra voluntad, ya que podremos establecer una autodisciplina que nos permita desarrollar las potencialidades que cada cual tiene.

.- La filosofía nos enseña a soñar, a no dejar de creer en los sueños. Muchas veces decimos: «Hay que poner los pies en la tierra». Pero lo que no hay que poner en la tierra es la cabeza, ni porque nos obliguen ni porque estemos dormidos o inutilizados. El filósofo debe saber en qué mundo vive y encontrar maneras para poder manifestar aquello que considera noble, bueno, justo, necesario y conveniente, pero tiene que ser capaz de mirar desde arriba. ¿Es poco práctico soñar con un mundo mejor? Precisamente por dejar de soñar con un mundo justo o por no saber proyectarlo en un plan de vida, estamos entrando en una suerte de nueva Edad Media, de edad oscura. Además, a nivel individual, soñar nos da jovialidad.

.- También nos permite la filosofía desarrollar serenidad y confianza como algo sostenido, algo que no está en manos del destino porque depende de nosotros.

Beneficios que aporta la filosofía  a la manera clásica a nivel social

Por si fueran pocos los beneficios prácticos de la filosofía a nivel individual, también a nivel social nos aporta algunos.

.- La filosofía es la mejor vía para que exista fraternidad, para que los seres humanos sepan convivir a medida que conocen los antídotos contra los egoísmos y fanatismos. Más allá de las diferencias, el ser humano es uno. Podrá haber diferentes costumbres, pero trascendiendo esas aparentes diferencias, aun cuando no entendamos el comportamiento de una persona por ser distinto al nuestro, no lo trataremos como si fuera un enemigo.

.- La filosofía enseña con el ejemplo, no con la teoría; es una sabiduría vivencial, es amor a la sabiduría. En la Antigüedad, el que enseñaba era coherente en su vida con lo que decía. La idea antigua de maestro-discípulo no significaba que el discípulo no se esforzara. Este debía recorrer el camino por sí mismo, recoger los propios frutos.

.- A nivel de historia, de evolución, de futuro, la filosofía enlaza el pasado con el mañana, recogiendo toda la experiencia humana, entendiendo por qué sucedieron las cosas, extrayendo los elementos clave de la memoria del hombre. La filosofía despierta lo mejor del ser humano, y le devuelve la idea de la transformación interior como medio para alcanzar sus metas.

En los tiempos inciertos donde todo se tambalea y se derrumba la filosofía nos acompaña en la vida y nos ayuda a desarrollar nuestras mejores cualidades de discernimiento, amor y voluntad, para nuestra plena realización personal y mejora de nuestro mundo circundante.

Miguel Ángel Padilla

Juventud y filosofía. Una buena combinación para transformar el mundo

El esfuerzo por alejar a los jóvenes de las humanidades, particularmente de la filosofía, es cada vez más patente, no solo en España sino en gran parte del mundo, y con ello pierden capacidad de reflexión sobre los acontecimientos, la vida y sobre nosotros mismos. Aprender a pensar y discernir es esencial en el proceso de formación de nuestra identidad y libre realización personal. ¿A quién beneficia este deterioro en la educación, especialmente entre los jóvenes?

Creo que hoy más que nunca es imprescindible reivindicar el necesario vínculo entre filosofía y juventud.

La juventud es una esperanza de futuro en todo momento, pues guarda infinitas potencialidades cuando está abierta a la creatividad, a la transformación y al descubrimiento de las maravillas y posibilidades que la vida nos ofrece. Y la filosofía, como verdadero motor de transformación y evolución del pensamiento, tiene mucho que ver con la juventud, porque participa de esa misma capacidad de apertura, indagación y sorpresa ante el mundo. Decía Platón, en boca de Sócrates, que la filosofía es esa capacidad de sorprendernos y enamorarnos de la belleza, de aspirar a la justicia, de buscar la verdad.

Hay una serie de cualidades que se manifiestan especialmente en la juventud y que quisiera resaltar y vincular con la filosofía:

La rebeldía, esencial frente a lo que creemos que atenta contra nuestra dignidad, contra nuestra libertad. Frente a la rebeldía se nos pide madurez, pero se espera que con ella ahoguemos los sueños y «sentemos la cabeza» (vaya sitio para poner la cabeza, en el destinado para el trasero), se espera que reconozcamos la realidad y dejemos de ser idealistas. La filosofía nos ayuda a poner los pies en la tierra pero elevar la cabeza, la mirada al cielo, sin renunciar a esa búsqueda de lo mejor, sin perder el motor transformador de la rebeldía. Une idealismo con discernimiento sin hacerlos antagónicos.

El entusiasmo es otra de las cualidades de la juventud que, gracias a la filosofía, que propicia el pensamiento reflexivo y crítico, puede evitar que caigamos en el fanatismo. La filosofía nos conduce al descubrimiento de valores universales que alimentan los sentimientos de fraternidad, respeto y, a la vez, compromiso social.

La plasticidades otra característica de la juventud. Se trata de la capacidad de poder adaptarse a las situaciones y entornos, porque uno no es rígido, no está encasillado en una forma. En este caso, la filosofía nos permite reconocer lo esencial para no caer en el riesgo de la superficialidad (que a veces se disfraza de adaptación y tolerancia). Es más, nos lleva a romper moldes, pero para liberar lo que realmente reconocemos como importante.

El idealismo, o esa capacidad de elevarse, de concebir perfecciones para la humanidad, de soñar con el bien, con la justicia, con la belleza, con un mundo mejor, etc. La filosofía va ayudarnos a saber establecer el puente entre el mundo que nos rodea y el mundo que soñamos. Evitará que las crueles lecciones de «realidad» nos conviertan en personas escépticas, acomodadas, resignadas. Tratará de aportarnos herramientas para convertirnos en verdaderos constructores de nosotros mismos y del mundo que concebimos.

Y, finalmente, ser joven es soñar con el futuro. A mí me inspira particularmente mucho la imagen del dios Jano Bifronte, símbolo griego de la juventud. Uno de sus rostros, el joven, mira al futuro pero, como contraparte, hay otro rostro, el anciano, que mira hacia atrás. Uno representa la experiencia, o sea, el pasado, y el otro representa la capacidad de proyección, o sea, el futuro. Si a la capacidad de soñar sumamos la capacidad de heredar esa experiencia humana que nos permita no volver a caer en los errores, que nos dé patrones para poder reconocer los mejores caminos, las mejores soluciones, estaremos dando un paso excepcional.

¡Cuánta gente idealista dejó de soñar porque era imposible cambiar el mundo! El día que dejemos de soñar con un mundo mejor, habremos matado algo muy importante, habremos matado nuestra alma, nuestra juventud interior. También habremos matado la posibilidad de que el futuro pueda encontrar un puente del que recoger todo lo bueno que ya la humanidad ha conquistado. No dejemos de soñar nunca, seamos idealistas que se atreven a soñar y a perseguir esos sueños.

La filosofía nos enseña que el presente es la oportunidad para unir el pasado con el futuro, a través del entusiasmo, a través de la plasticidad, a través de esa rebeldía y a través de ese espíritu soñador.

¿Tardará mucho? ¿Cuándo se conseguirá cambiar las cosas?

Como decía el Quijote: «Yo voy por un mundo de hierro para convertirlo en un mundo de oro. No me preocupa si gano o pierdo, lo importante es que yo siga en mi empeño». Algo cambia dentro de uno mismo cuando se tiene esta actitud, algo crece y despierta.

Miguel Ángel Padilla

Mente y corazón

Que razón tenía  Schiller cuando escribía en su carta para la educación estética del hombre:

“El camino que conduce al intelecto ha de abrirlo el corazón. Educar la facultad sensible es, por tanto, la más urgente necesidad de nuestro tiempo, no solo porque es un medio de hacer eficaces en la vida los progresos del saber, sino porque contribuye a la mejorad del conocimiento mismo.”

Educar la mente y el corazón nos lleva a la sensatez y la bondad. Y tan peligroso entiendo que es la ausencia de lo uno como de lo otro.

He conocido personas he desprecian la inteligencia (como la lógica y el razonamiento) y  colocan los sentimientos por encima de todo, y acaban cayendo en una suerte de exaltación emocional que sin control acaba en fanatismo sin cordura.

También he conocido personas tremendamente racionales y frías cuya vida carece de la calidez y el color de los sentimientos. Creo que el soñado equilibrio entre mente y corazón solo es posible como sucede entre los platillos de una balanza: cuando sepamos establecer un eje, un fiel, que esté más allá de ambos pero que se manifieste básicamente en inteligencia y bondad. O como en el símbolo del Yin Yan, cuya danza encuentra su armonía a través del  Tao ( el sentido de la vida).

Miguel Angel Padilla