Los beneficios de la filosofía a la manera clásica

La ciencia y la tecnología han desplazado a las humanidades en nuestro mundo actual haciendo que parezca poco práctico hablar de filosofía, ya que en apariencia nos reporta pocos beneficios. Sin embargo, aunque sea extraño preguntarse para qué sirve, debemos recordar que la filosofía se relaciona con el conocimiento en su conjunto.

Es cierto que, durante bastante tiempo, la filosofía se ha limitado a la mera especulación intelectual, sin entroncar realmente con los problemas humanos. En la etapa del instituto era común sufrir ante un galimatías incomprensible donde todo era relativo y todo era posible, y al final se podía llegar a cualquier conclusión. El profesor que traía cariñosamente al presente las ideas de grandes hombres antiguos era la excepción. Es obvio que la filosofía entendida así tiene poca utilidad.

Es, pues, una gran tarea rescatar el verdadero sentido de la filosofía, el que tenía para los antiguos, una filosofía de gran utilidad y necesidad para el ser humano, la filosofía a la manera clásica, que no es la filosofía de los clásicos ni el estudio de los antiguos, sino una actitud filosófica que siempre tuvieron los verdaderos filósofos.

Estudiar a los filósofos y leer lo que han escrito resulta provechoso, tanto por la belleza de sus palabras como por sus consejos prácticos, cuando son válidos, profundos y útiles, porque nos sirven para enfrentar con claridad nuestra propia vida, nuestras dificultades y nuestros sueños. Pero más importante que saber lo que otros han enseñado es aprender a pensar y reflexionar –con su ejemplo y sabiduría– por nosotros mismos, y esa es la verdadera aportación de la filosofía a la manera clásica.

La filosofía como amor a la sabiduría

El concepto de filosofía se atribuye a Pitágoras, que instruía sobre el orden, las proporciones, la naturaleza y el universo en sus diferentes planos. Hablaba de la música de las esferas, y de las matemáticas como forma de expresión de ese orden. Cuando alguien le decía que era un sabio, este gran hombre contestaba: «No, yo no soy un sabio, un sofos; yo soy un filo-sofos, un amante de la sabiduría». Nos recuerda un poco lo que decía Sócrates, cuando afirmaba que era poco lo que sabía, y que probablemente por eso reconocía tantas cosas que ignoraba, que era precisamente lo que le permitía aprender.

Esa es la actitud del que quiere conocer. Pitágoras, claro está, no la inventó; probablemente cuando el ser humano empieza a diferenciarse de su parte más animal, también comienza a filosofar, que no es otra cosa que indagar más allá de lo que nos muestran los sentidos, querer entender el porqué de las cosas, caminar hacia la sabiduría. Y eso no lo pueden hacer los animales. La filosofía enseña a apreciar todos los aspectos de la vida en la naturaleza y a valorar el elevado nivel que corresponde a los animales, pero un animal no puede filosofar, no puede preguntarse por la finalidad de las cosas.

La esencia de la filosofía, ese amor al conocimiento que nos lleva a querer entender, es una necesidad vital; no basta con vivir, sino que queremos saber para qué se vive; no es suficiente con seguir un destino, o unas leyes de la naturaleza, o unos instintos que a veces tiran hacia acá y a veces hacia allá: queremos saber por qué aquí, para qué aquí.

La ciencia actual estudia, primordialmente, cómo se desarrollan los procesos, pero no se suele preguntar para qué. La filosofía, en cambio, busca la razón de ser que tienen las cosas. Por eso se dice que el hombre comienza a ser filósofo cuando se pregunta de dónde vengo, qué sentido tiene la vida, etc.

La filosofía a la manera clásica tiene otra peculiaridad: otorga una visión global y permite relacionar las cosas. Cuando ahondamos en la historia de la mano de los grandes filósofos que han aportado verdaderas líneas de conocimiento a la humanidad, nos damos cuenta de que lo hacen bajo todas las ópticas, es decir, que la filosofía abarca la ciencia, el arte, la mística, lo social, lo ético, lo profundo.

Una visión de conjunto permite entender todas las facetas de la vida, y las cosas dejan de ser contradictorias para pasar a ser complementarias. Abordar el conocimiento desde varios ángulos no es ser aprendiz de mucho y maestro de nada, sino tratar de entender qué lugar ocupa cada cosa dentro de lo que se puede observar en la naturaleza.

Llama la atención que en nuestra sociedad se valora más a un especialista que a un generalista. Por ejemplo, en medicina, se aprecia más a alguien especializado en el corazón que al médico de cabecera. En Egipto, en cambio, el médico de mayor importancia era el generalista, que una vez que había comprendido la naturaleza del mal y cómo afectaba al conjunto anímico-biológico de la salud, sí se podía apoyar en un especialista. Cambian tanto las cosas que hoy la educación empieza a especializar al niño cada vez más joven, de manera que no puede desarrollar esa visión de conjunto.

Para comprender esta visión global del conocimiento, podemos pensar en una pirámide como expresión del edificio civilizatorio, cuyas cuatro caras son las distintas vías a través de las cuales el ser humano se puede realizar (arte, mística, ciencia y política). En cualquier civilización clásica, todos podían dar un sentido a su vida siguiendo una vocación artística, religiosa, científica o política. Cada una de esas facetas se une a las demás en un punto superior solamente si hay algo que las trascienda. Ese algo es la filosofía, el eje que lo que cohesiona todo. Un Einstein, el Dalai Lama o un gran músico pueden llegar a las mismas verdades porque la cúspide de cada una de las vías siempre se dirige a la esencia del ser humano y de la naturaleza. Por eso también un Ibn Arabi se podía entender con un cristiano o con un judío, porque hay algo en la filosofía profunda que encuentra esa esencia que relaciona al ser humano con la naturaleza, con Dios.

La filosofía como el arte de vivir

La filosofía en las antiguas escuelas era algo práctico que ayudaba al hombre a vivir, le daba herramientas útiles para la vida cotidiana. El planteamiento de vida actual convierte al hombre en un ser incoherente, donde intuye cosas pero luego tiene que obedecer a convencionalismos sociales y a una moral de costumbres que es cambiante. Esto era algo inconcebible en un filósofo clásico, pues este prefería saber cuatro cosas y poder vivirlas, a saber muchas pero no aplicar ninguna.

Nos podríamos preguntar también para qué sirve la filosofía frente a los problemas de guerras, hambre o paro que ahora mismo tenemos. Hemos desarrollado tantos medios sofisticados a escala mundial que nos hemos llegado a creer que lo resolverían todo, y nos olvidamos del que está detrás de esos avances: el ser humano. ¿De qué sirve que en vez de una canoa pilotemos un transatlántico si el que lo conduce no ha desarrollado cualidades que le hagan mejor? Nuestro siglo XXI nos ha llevado a dar grandes pasos, pero todo se nos puede derrumbar si no aprendemos a llevarnos bien entre nosotros.

Tal vez la felicidad del hombre esté en que encuentre su lugar natural. La filosofía siempre ha proporcionado métodos, impulsando la educación. ¿De dónde nace el concepto de educación? De la filosofía.

Ahora la educación ya no pretende formar seres humanos sino trabajadores, al servicio de lo económico. Pero ¿quién le transmitirá todo el bagaje que ha adquirido a lo largo de su historia? Es lógico que si no hay nadie que se encargue de formarlo como ser humano, llegue a convertirse en una bestia. Una persona con control de sí misma no es fácil de manejar, y hoy, los medios de comunicación dejan de ser un bien social para convertirse en  un negocio.

Frente a todo esto la filosofía a la manera clásica tiene como eje el ser humano, lo que promueve realmente una serie de beneficios prácticos a nivel individual y social.

Beneficios que aporta la filosofía a la manera clásica al individuo

.- A nivel individual, enseña a pensar y reflexionar por uno mismo, permitiendo desarrollar un criterio propio y sano, que no se basa en ser original, sino en vivir las cosas porque uno las entiende. Eso despierta el discernimiento, que es la capacidad de separar lo esencial de lo que no lo es, lo válido de lo no válido.

.- Otra de sus ventajas es que nos enseña a conocernos a nosotros mismos y a ubicarnos en la vida. Por eso en el frontis del templo de Delfos en Grecia se leía: «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo». La filosofía nos enseña a conocernos, a descubrir cuál es la naturaleza del ser humano y el fin de su existencia, y lo hace indagando su relación con el resto del universo y descubriendo las leyes de las cuales también forma parte.

.-La filosofía también abre las puertas de la imaginación, la capacidad de integrar nuevas ideas. Una de las características de los grandes filósofos es que se adelantan a su tiempo. Giordano Bruno, por ejemplo, ya lanzó la idea de la vida en otros planetas, aunque en su caso, su pensamiento sobre la ciencia, el ser humano o la sociedad de su tiempo determinó que muriera en la hoguera en 1600.

.- Otra de las vertientes prácticas de la filosofía es que enseña a utilizar la mente y permite estructurar argumentos y ser coherente en las ideas.

.- Desde Grecia, Roma, la India, Tíbet, China, etc., los filósofos nos invitan no solo a conocernos, sino también a dominarnos, a controlar y armonizar las diferentes naturalezas que conviven dentro de nosotros y darles una coherencia.

.- La filosofía proporciona esa capacidad de poner orden en nuestro interior y, por lo tanto, de poder expresar y proyectar nuestra voluntad, ya que podremos establecer una autodisciplina que nos permita desarrollar las potencialidades que cada cual tiene.

.- La filosofía nos enseña a soñar, a no dejar de creer en los sueños. Muchas veces decimos: «Hay que poner los pies en la tierra». Pero lo que no hay que poner en la tierra es la cabeza, ni porque nos obliguen ni porque estemos dormidos o inutilizados. El filósofo debe saber en qué mundo vive y encontrar maneras para poder manifestar aquello que considera noble, bueno, justo, necesario y conveniente, pero tiene que ser capaz de mirar desde arriba. ¿Es poco práctico soñar con un mundo mejor? Precisamente por dejar de soñar con un mundo justo o por no saber proyectarlo en un plan de vida, estamos entrando en una suerte de nueva Edad Media, de edad oscura. Además, a nivel individual, soñar nos da jovialidad.

.- También nos permite la filosofía desarrollar serenidad y confianza como algo sostenido, algo que no está en manos del destino porque depende de nosotros.

Beneficios que aporta la filosofía  a la manera clásica a nivel social

Por si fueran pocos los beneficios prácticos de la filosofía a nivel individual, también a nivel social nos aporta algunos.

.- La filosofía es la mejor vía para que exista fraternidad, para que los seres humanos sepan convivir a medida que conocen los antídotos contra los egoísmos y fanatismos. Más allá de las diferencias, el ser humano es uno. Podrá haber diferentes costumbres, pero trascendiendo esas aparentes diferencias, aun cuando no entendamos el comportamiento de una persona por ser distinto al nuestro, no lo trataremos como si fuera un enemigo.

.- La filosofía enseña con el ejemplo, no con la teoría; es una sabiduría vivencial, es amor a la sabiduría. En la Antigüedad, el que enseñaba era coherente en su vida con lo que decía. La idea antigua de maestro-discípulo no significaba que el discípulo no se esforzara. Este debía recorrer el camino por sí mismo, recoger los propios frutos.

.- A nivel de historia, de evolución, de futuro, la filosofía enlaza el pasado con el mañana, recogiendo toda la experiencia humana, entendiendo por qué sucedieron las cosas, extrayendo los elementos clave de la memoria del hombre. La filosofía despierta lo mejor del ser humano, y le devuelve la idea de la transformación interior como medio para alcanzar sus metas.

En los tiempos inciertos donde todo se tambalea y se derrumba la filosofía nos acompaña en la vida y nos ayuda a desarrollar nuestras mejores cualidades de discernimiento, amor y voluntad, para nuestra plena realización personal y mejora de nuestro mundo circundante.

Miguel Ángel Padilla

Juventud y filosofía. Una buena combinación para transformar el mundo

El esfuerzo por alejar a los jóvenes de las humanidades, particularmente de la filosofía, es cada vez más patente, no solo en España sino en gran parte del mundo, y con ello pierden capacidad de reflexión sobre los acontecimientos, la vida y sobre nosotros mismos. Aprender a pensar y discernir es esencial en el proceso de formación de nuestra identidad y libre realización personal. ¿A quién beneficia este deterioro en la educación, especialmente entre los jóvenes?

Creo que hoy más que nunca es imprescindible reivindicar el necesario vínculo entre filosofía y juventud.

La juventud es una esperanza de futuro en todo momento, pues guarda infinitas potencialidades cuando está abierta a la creatividad, a la transformación y al descubrimiento de las maravillas y posibilidades que la vida nos ofrece. Y la filosofía, como verdadero motor de transformación y evolución del pensamiento, tiene mucho que ver con la juventud, porque participa de esa misma capacidad de apertura, indagación y sorpresa ante el mundo. Decía Platón, en boca de Sócrates, que la filosofía es esa capacidad de sorprendernos y enamorarnos de la belleza, de aspirar a la justicia, de buscar la verdad.

Hay una serie de cualidades que se manifiestan especialmente en la juventud y que quisiera resaltar y vincular con la filosofía:

La rebeldía, esencial frente a lo que creemos que atenta contra nuestra dignidad, contra nuestra libertad. Frente a la rebeldía se nos pide madurez, pero se espera que con ella ahoguemos los sueños y «sentemos la cabeza» (vaya sitio para poner la cabeza, en el destinado para el trasero), se espera que reconozcamos la realidad y dejemos de ser idealistas. La filosofía nos ayuda a poner los pies en la tierra pero elevar la cabeza, la mirada al cielo, sin renunciar a esa búsqueda de lo mejor, sin perder el motor transformador de la rebeldía. Une idealismo con discernimiento sin hacerlos antagónicos.

El entusiasmo es otra de las cualidades de la juventud que, gracias a la filosofía, que propicia el pensamiento reflexivo y crítico, puede evitar que caigamos en el fanatismo. La filosofía nos conduce al descubrimiento de valores universales que alimentan los sentimientos de fraternidad, respeto y, a la vez, compromiso social.

La plasticidades otra característica de la juventud. Se trata de la capacidad de poder adaptarse a las situaciones y entornos, porque uno no es rígido, no está encasillado en una forma. En este caso, la filosofía nos permite reconocer lo esencial para no caer en el riesgo de la superficialidad (que a veces se disfraza de adaptación y tolerancia). Es más, nos lleva a romper moldes, pero para liberar lo que realmente reconocemos como importante.

El idealismo, o esa capacidad de elevarse, de concebir perfecciones para la humanidad, de soñar con el bien, con la justicia, con la belleza, con un mundo mejor, etc. La filosofía va ayudarnos a saber establecer el puente entre el mundo que nos rodea y el mundo que soñamos. Evitará que las crueles lecciones de «realidad» nos conviertan en personas escépticas, acomodadas, resignadas. Tratará de aportarnos herramientas para convertirnos en verdaderos constructores de nosotros mismos y del mundo que concebimos.

Y, finalmente, ser joven es soñar con el futuro. A mí me inspira particularmente mucho la imagen del dios Jano Bifronte, símbolo griego de la juventud. Uno de sus rostros, el joven, mira al futuro pero, como contraparte, hay otro rostro, el anciano, que mira hacia atrás. Uno representa la experiencia, o sea, el pasado, y el otro representa la capacidad de proyección, o sea, el futuro. Si a la capacidad de soñar sumamos la capacidad de heredar esa experiencia humana que nos permita no volver a caer en los errores, que nos dé patrones para poder reconocer los mejores caminos, las mejores soluciones, estaremos dando un paso excepcional.

¡Cuánta gente idealista dejó de soñar porque era imposible cambiar el mundo! El día que dejemos de soñar con un mundo mejor, habremos matado algo muy importante, habremos matado nuestra alma, nuestra juventud interior. También habremos matado la posibilidad de que el futuro pueda encontrar un puente del que recoger todo lo bueno que ya la humanidad ha conquistado. No dejemos de soñar nunca, seamos idealistas que se atreven a soñar y a perseguir esos sueños.

La filosofía nos enseña que el presente es la oportunidad para unir el pasado con el futuro, a través del entusiasmo, a través de la plasticidad, a través de esa rebeldía y a través de ese espíritu soñador.

¿Tardará mucho? ¿Cuándo se conseguirá cambiar las cosas?

Como decía el Quijote: «Yo voy por un mundo de hierro para convertirlo en un mundo de oro. No me preocupa si gano o pierdo, lo importante es que yo siga en mi empeño». Algo cambia dentro de uno mismo cuando se tiene esta actitud, algo crece y despierta.

Miguel Ángel Padilla

Un testamento espiritual

He comenzado a escribirte esta carta pensando que tal vez nunca llegue a tí y se pierda en el inmenso futuro que nos separa, o en el bosque abrumador de cosas interesantes que pueblan tu presente. Pero quizás sea la mejor forma de tratar de estar juntos y de sentir que desde el lugar donde te escribo es posible recrear un Arco Iris de corazón a corazón… y hablar desde el Alma. Quiero contarte cosas que aprendí… no sé cuando, y aunque puede que las leas dentro de mucho tiempo, no me importa. El tiempo se lleva muchas cosas, cambia las formas y los rostros, los caminos, los juguetes y herramientas, las leyes y las sombras, pero no cambia lo que siempre fue y reposa en los rincones bellos y profundos de nuestro Secreto.

Tendrás muchas alegrías y muchas penas, y si hay en tí un alma de buscador, de aventurero de los cómos y porqués, de las respuestas insondables, de las vivencias plenas, navegarás por el ancho y extenso mundo y cada rincón encontrarás una forma de belleza, el desarrollo desplegado en matices del mismo secreto de la vida

No pases corriendo tras luces gigantescas, hallarás pequeñas respuestas que te conduzcan a la Gran Respuesta si no pisas como manada los detalles que esconden en su esencia un sentido y una solución. Para ello habrás de ser franco y sencillo. No se conquista la vida con máscaras y apariencias.

Aun así, te encontrarás solo. Sí, ya sé que ese grito de soledad se aplaca con el ruido de mucha gente, con un buen amigo o una buena pareja, o con el sabor de la aventura que cambia de escenario continuamente. Pero no se escapa de la soledad con la huida.

Si alguna vez te sientes solo, detente un momento a encontrar un amigo fiel y veraz, que esté más allá de las risas y las lágrimas y que no espere recibir sino dar, porque se sienta inmensamente pleno de Ser inmortal. Ese amigo está en tu interior, eres tú, más allá de todos los cambios y formas, más allá de la vida y de la muerte y no se siente sólo, pues es uno con el fluido de la Vida y con Dios, y es Dios mismo. Cuando seas tú quien, en lugar de esperar que los demás te arranquen de tu soledad, te proyectes dando lo mejor de ti mismo y reconociendo los valores óptimos donde se hallen, la soledad nunca será para ti una sombra, sino la certeza de que nada está solo realmente, pues encontrarás, reflejos de lo bello, lo justo y lo bueno en el alma de las cosas y los seres. Serás feliz y la Naturaleza será tu hermana y dialogará contigo.

¿Cómo crees que puede disminuir el sentimiento de soledad de las personas? Sólo hay compañía cuando el alma se asoma y reconoce hermanos, cuando nuestra vida transcurre creando lazos de sueños y de almas, usando las formas y las máscaras sólo como puertas que se abren hacia casas interiores hospitalarias donde sea posible la paz. Sé que te ha tocado vivir en un mundo donde cada vez hay más soledad y los pueblos, como las personas, se distancian cada vez más. En mi mundo se intentó salvar esa distancia afirmando que no había diferencias y negando los matices de la vida. Pero las diferencias no separan. La vida es múltiple y plural, y a la vez una. No se logra sacar a la gente de su claustro de aislamiento y miedo por la dialéctica sino con el ejemplo. El hombre se aísla muchas veces de otros hombres, de otros pueblos y de la Naturaleza, encerrándose en una cárcel simple que todo lo teme y que hace crecer su ignorancia a la vez que lo fanatiza y animaliza; deja el contacto con la vida y esto le impide enriquecer su mente y sus horizontes alejándose de la posibilidad de crecer interiormente.

Y ese aislamiento se rompe con el ejemplo, con la sinceridad y la profundidad de alma, con la naturalidad de ser ético y estético.

Tal vez tu bondad y belleza interior, por muy incipientes que sean, despierten algunas envidias. No te extrañes ni desalientes pues la riqueza, fuese física o sutil, siempre fue codiciada y envidiada. Más bien muestra que se trata de un pequeño tesoro alcanzable y que compartirlo no disminuye las ganancias sino que las aumenta. Si por algún motivo desprecias lo profundo o lo temes, no olvides que en la profundidad se encuentra la más perdurable felicidad que, como la vida misma, es sencilla y en ningún caso envuelta en extraños silogismos como los comerciantes de la palabra y las ideas tratan de presentar para encarecer su producto de lujo. La vida desvela su más profundo secreto a las mentes abiertas y sencillas que saben establecer analogías entre todo lo viviente.

Ama la compañía para compartir lo cálido, para aprender o para construir lo positivo. Ama la soledad también, en ella encontrarás espacio para leer y reflexionar, para crear y establecer un puente entre tu intuición superior  y tus actos cotidianos. Ama la soledad y podrás encontrarte a ti mismo, a los demás y a la vida. En el silencio que se produce en un ser equilibrado y ordenado se gestan verdaderos bienes para la Humanidad y encuentran los Ángeles inspiradores un buen nido para hacer descender sus mejores ideas y desvelar las más bellas verdades. Acostúmbrate a plasmar tus pensamientos por escrito. Será un enriquecedor diálogo contigo mismo y una saludable manera de atrapar y dar forma a las bellas y a veces extrañas nubes del pensamiento que tienden, por falta de disciplina, a disiparse fácilmente.

Que el amor a la soledad, si la encuentras, no te lleve a apartarte del mundo ni a refugiarte en muchos pasados o futuros. Tu hoy es la más necesaria experiencia. Si has encontrado una fuente de paz e inspiración en tu refugio es para caminar sobre el presente poniendo luz en cada rincón y aprendiendo de él tanto como de tu pasado.

Busca lo feo, ignorante e injusto como el artista busca el mármol bruto para darle forma y extraer de su grosera materia la figura que encierra. Busca también la compañía de lo difícil. Eso te estimulará y pondrá en marcha los resortes de tus cualidades. Si así lo entiendes serás feliz. Es imposible que la vida no conlleve problemas pero saldrás de la desesperación, entendiéndolos como pruebas y escenarios en los que templar el metal de nuestras cualidades. Ya ves, estamos solos cuando estamos atrapados por lo más burdo. La otra soledad, la de carácter superior, no es tal, pues te va vivificando con todo y todo te habla y a todo puedes ofrecer, aunque no sea más que un gramo de tu cálido esfuerzo.

Procura estar por encima de las cosas, mantén tu meta interior y considera la vida como una aventura, siendo actor y no espectador. Como decía el poeta: “Ama mucho, quien ama embota hasta los mismos aguijones de la muerte”. Cuando sientas que no tienes fuerza y te creas solo ante el abismo, piensa que tal vez un pequeño Dios te observa y te ayuda como lo hiciera muchas veces sin que te dieras cuenta. A veces los cuentos de niños vienen a susurrar cosas que quiere aceptar nuestro corazón pero reniega nuestra mente, y es bello creer que el cielo no es frío y matemático, y pequeños y grandes Dioses, Hadas o seres desaparecidos y amables nos acompañan e inspiran en su silencio fructífero.

La buena conversación y el trabajo te harán descubrir que no eres único, teniendo mucho de todos. La convivencia será posible si tan sólo te vuelves exigente contigo mismo pero tolerante con los demás, descubriendo que la misma semilla que te hace sentir algo más que materia, anima a todos los seres vivientes. Finalmente, no te creas solo ni ante la muerte. Nada nos puede separar de los seres que realmente hemos amado, a los que nos hemos unido profundamente. Tan sólo sentirás miedo si te aferras a las formas. Tú eres inmortal y usarás nuevos ropajes y experiencias. Ni siquiera estás lejos de mí, pues de alguna forma esto que escribo lo dicta también tu alma cuando en silencio y a solas puede verse reflejada en la esencia de las cosas y la vida. Adiós hijo mío, otro día te escribiré. No veas esto como palabras extrañas, no pertenecen ni a tu tiempo ni al mío.

Mantente bueno

Miguel Angel Padilla

Buscar la verdad

Decia Goethe:
“El amor a la verdad se manifiesta en la capacidad da hallar y apreciar lo bueno en todas partes”.
¡Qué lejos estamos hoy día de hacer esto realidad!
Cuantas veces se disfraza de búsqueda de la verdad ese afán inquisitivo y morboso que empuja a tantas personas, especialmente en el ámbito de la comunicación actual, a hurgar buscando todo lo malo y escabroso, sea real o imaginario, convirtiendo en noticia o tema de conversación tan solo lo que despierta repugnancia y rechazo ante el “público espectador”. Y cuando no hay nada negativo que destacar se inventa o insinúa, o finalmente se abandona como hiciera la hiena que no huele a carroña.
¿No ha calado demasiado esta actitud en nuestro tiempo?. De hecho creo que cada vez más, a todos nos cuesta creer algo positivo de nada ni de nadie.
El amor a la verdad no puede mirar para otro lado cuando hay injusticia, pero busca la justicia para alzarla como ejemplo.
El amor a la verdad no puede hacer oídos sordos a la mentira y a la crueldad, pero busca palabras amables y gestos de amor.
No puede fascinarse con espejismos, pero trabaja por convertir la opinión en conocimiento.
El amor a la verdad no puede ser insensible a lo repugnante y grotesco, por eso busca la belleza y tiende a potenciar todo lo bueno.
Verdad sí… pero con amor.
Amor a la verdad

Miguel Angel Padilla

La filosofía es unidad

En este nuevo impulso en pleno siglo XXI por elevar a la  filosofía como el verdadero  arte que es de buscar el conocimiento y los valores duraderos,  estamos muchos seres humanos.

Y creo que todos nos encontramos buscando, en cierto modo, un importante equilibrio entre la mentalidad científica y el impulso trascendente religioso.

Hoy más que nunca las religiones necesiten abandonar sus facetas más intransigentes e intolerantes, reconocerse como medios y no como fines, medios para despertar y acercar al ser humano a su faceta más espiritual. Esto, no me cabe duda, acercaría también a las religiones unas a otras. Del mismo modo, cuando la ciencia no teme al misterio, puede ser inspiradora de esa intuición trascendente del ser humano si no olvida que no es un fin en si misma sino un medio para ayudarnos a descubrir las profundas verdades que la vida esconde,

Estoy convencido de que si la filosofía impregna a la ciencia de una vocación de profundidad en la naturaleza trascendente y ética del ser humano, ambas, ciencia y filosofía empezarán a servir el  nexo de unidad entre las muchas religiones enfrentadas… aunque siempre habrá fanáticos y adoradores de la ignorancia entre los creyentes y ateos.

Miguel Angel Padilla

Amor a la verdad y al conocimiento

“Es necesario desarrollar y vivir el amor a la verdad y al conocimiento como una aspiración natural más allá del entorno cultural y religioso.  El amor a la verdad parte de la legítima aspiración por desarrollar el propio discernimiento y comprensión del mundo y de uno mismo”.

(Declaración de principios en torno a una  ética universal) 

        Hablar del amor a la verdad es hablar de una de las inclinaciones más naturales que más nos definen como seres humanos, tan natural como el impulso de orientación que hace crecer a las plantas hacia la luz.

Todo ser humano ama naturalmente la verdad. Nadie quiere caminar por la vida a ciegas sin distinguir ni reconocer la verdadero de lo falso o, cuando menos, lo que nos hace bien de lo que nos daña.

Una de sus expresiones más elementales es la necesidad de autenticidad, el rechazo de lo falso, de lo que a veces con medias verdades tiene como intención el engaño. Sinceridad, autenticidad, fidelidad a la verdad son valores sobre los que se alzan pilares sólidos en la construcción de la sociedad y de uno mismo.

En un nivel más profundo, se manifiesta como la necesidad de caminar por la vida con sentido y con coherencia. De alguna manera, es cierto que despertamos a un segundo nacimiento interno cuando surge en nosotros la necesidad de sentido.

El amor a la verdad lleva consigo el deseo de saber y aprender. Es amor al conocimiento como proyección de la natural curiosidad del niño y de su no menos natural capacidad de asombro, que busca comprender el mundo, indagarlo, experimentarlo, a la vez que se descubre a sí mismo. Este impulso es natural reflejo de la necesidad de autonomía que trata de llevarnos a nuestra propia realización humana en libertad, dotándonos de discernimiento y criterio. Es el despertar de la razón que, como guía interna, trata de permitirnos vivir con profundidad y sentido, alejándose de la simple sumisión ciega a unas fuerzas, ya se entiendan “naturales o “sobrenaturales”.

El que ama intensamente, busca la verdad y no se conforma con la ausencia de respuestas, ni con la incapacidad propia para encontrarlas, no se resigna y en su empeño trata de superar sus limitaciones.

Ciertamente, como diría Sócrates con tanta insistencia, el problema no es la ignorancia, sino la falta de interés por saber; no es no poseer alguna certeza, sino la carencia de impulso hacia ella, pues este abandono nos pone a merced de la esclavitud de la ignorancia y sus mercaderes. Cuando al ser humano se le anula su natural tendencia hacia el saber (que muestra la necesidad de querer valerse por sí mismo), ciertamente se le esclaviza en la peor prisión, la de la oscuridad mental, la ignorancia. Pero, continuando con Sócrates, la forma más grave de ignorancia no es la del que no sabe, sino la de quien carece de interés por aprender (ya sea por sumisión, pasotismo o vanidad de creer que uno ya sabe lo que hay que saber).

Falso es también el amor a la verdad que se manifiesta como una actitud contemplativa en la lejanía y no se expresa en un impulso de conquista y completura que nos mueve a la aventura, a la conquista de lo que amamos y que nos falta.

 

¿Una amada real o imaginaria?.  Convicción y fanatismo 

Pero ¿existe la verdad? Y si existe, ¿dónde está, dónde se esconde? ¿No será que cada uno se inventa su “amada ideal”?

Por desgracia, la tendencia a extremismos nos ha enfrentado muchas veces en una falsa dialéctica entre relativistas, que proclaman que no hay nada cierto, que todo es relativo, y los defensores de la verdad absoluta. Ante la inmensidad de “lo desconocido”, ante la aparente imposibilidad de obtener respuestas para las más profundas interrogantes, tanto la fe ciega como el escepticismo radical anulan el impulso humano de amor a la verdad.

Cierto es, y bueno es reconocerlo, que las propias limitaciones como seres humanos nos darán siempre visiones parciales, incompletas, a veces distorsionadas de la realidad, pero nuestro propio sentido común nos muestra, en lo que podemos observar de ese mismo mundo, un orden, unas leyes, que mantienen la armonía y el ritmo que percibimos en el universo. Ese orden celeste y vital nos sugiere un sentido y una finalidad. Es de la intuición de ese sentido de lo que se alimenta el amor a la verdad. Quien cree que todo es relativo y que nada tiene ni profundidad ni sentido no anhela comprender ni alcanzar nada, pues permanece ciego al orden y al impulso de la vida que subyace en toda la naturaleza. Nos toca, eso sí, aventurarnos en su busca sin acomodarnos en dogmatismos que nos impidan dudar o poner a prueba nuestras  propias creencias.

La meta de todo conocimiento último es la de poder ofrecer un modelo coherente que nos explique la vida, una cosmovisión en la que todo lo que observamos y vivimos tenga sentido, abarcando todos los aspectos del ser y la existencia, desde el nacimiento de una estrella a la sonrisa de un niño o el porqué y para qué de la muerte.

Sin embargo, tal conocimiento no parece ser patrimonio de nadie y cada época recrea un nuevo paradigma que se alza como “definitivo”. Solo el reconocimiento de nuestras limitaciones nos permitirá entender nuestras interpretaciones como aspectos o reflejos de esa razón o logos universal que, en la medida en que busquen complementarse, podrán ir alzándose a una visión más global, aunque para muchos nuestra pequeñez es razón suficiente para el abandono en el escepticismo radical que a nada aspira, o el fanatismo que a todos quiere imponerse.

Frente a ese fanatismo, carente de ideas pero sobrado de miedos, basado en posturas rígidas e intolerantes alimentadas por la ignorancia, no debemos oponer ese otro extremismo escéptico, sino la saludable convicción, que se abre paso para ir integrando en nuestras vidas aquellas ideas, valores, conocimientos y experiencias válidas que van tejiendo, como un todo, nuestra visión de la vida y de nosotros mismos. Pero la convicción, en contra de la fe ciega, es elástica, se renueva y alimenta cada día con ideas nuevas, no es inmovilista, no teme pensar ni dialogar, pues ama la verdad venga de donde venga.

La sabiduría de la mente y la sabiduría del corazón 

        Fe y razón no son opuestos sino complementarios.

No es difícil ver adónde nos conduce la una sin la otra. La fe, de espaldas a la razón, nos impide ver y valorar evidencias que puedan poner en duda lo que a priori hemos aceptado como verdad. La razón estrecha que solo mira evidencias negando lo que aún no comprende, sin imaginación para intuir o creer en modelos de explicación todavía no demostrados, camina sin rumbo y sin posibilidad de avanzar realmente.

¿Y si entendiéramos la fe como una inspiración-intuición que nos lleva a pensar que algo puede ser cierto en la medida en que parece explicarnos y dar sentido al mundo que observamos? ¿Y si viviéramos esa fe como una confianza, no como una aceptación ciega? Confiar es aceptar la validez de algo por las pruebas que nos da, porque de alguna forma ha “ganado nuestra confianza”, pero sin renunciar a nuevos enfoques y posibilidades.

La razón tampoco puede sacralizar las llamadas evidencias, pues un sano sentido común nos va descubriendo que, detrás de lo que vemos y percibimos, siempre hay un inmenso mundo de causas aún no descubiertas.

Cuando el único fin es realmente el acceso a la verdad, naturalmente se produce una complementación entre razón e intuición, imaginación y evidencia, en un espíritu verdaderamente libre de prejuicios.

Ante la inmensidad de lo desconocido, el ser humano tiene derecho a imaginar o a creer, pero no a frenar su vocación de conocimiento porque, ante la imposibilidad de comprender ciertos enigmas, las únicas respuestas no son el escepticismo o la fe.

Recuerdo la historia que, cuando era niño, me contaban aquellos que querían acallar muchas de las preguntas que hacía sobre el misterio de la muerte o la naturaleza de Dios:

Me narraban cómo, en cierta ocasión, san Agustín caminaba por la playa tratando de comprender la idea de la Santísima Trinidad, trina y una a la vez, cuando se encontró con un niño que, con gran afán, trasladaba agua con una concha del mar a un pequeño agujero que había hecho en la arena de la playa.

Ante la evidente inutilidad del esfuerzo del niño, san Agustín se acercó y le preguntó qué trataba de conseguir.

–Meter el agua del mar en mi agujero –respondió.

–Pero hijo, ¿no ves que es imposible?, el mar es inmenso y tu agujero muy pequeño. Por mucho que lo intentes, nunca podrás llevar todo el agua del mar –respondió san Agustín

El niño se reveló como un ángel y le contestó que el mismo inútil esfuerzo estaba haciendo él, al intentar comprender una verdad tan grande con su limitada mente.

Y con esta historia se intentaban detener mis preguntas concluyendo: “eso, hijo, es un misterio, no intentes comprenderlo; ante el misterio solo nos queda la fe”.

Ni que decir tiene que nunca se apagaron mis deseos de conocer y comprender la vida. Y hoy creo que aquel dilema del niño-ángel queriendo meter el mar en un pequeño hueco en la arena hubiera podido tener otra posible respuesta: ¿no podríamos agrandar el agujero hasta hacerlo uno con el mar? ¿No podemos trascender en cualidades nuestras limitaciones? ¿No se trata de eso la evolución?

Es como aquel loco arquero que utilizaba la luna como blanco de sus flechas. Nunca la alcanzó, pero fue el arquero que llegó más lejos.

Ciertamente, es necesario dar la razón a los viejos filósofos que nos decían que en la búsqueda de la verdad no es solo importante la fuente a la que nos acercamos a beber, sino nuestra capacidad para recoger agua, nuestra capacidad para comprender, para ampliar horizontes internos, para desarrollar nuestras cualidades latentes, para dejar de ser un pequeño agujero en la arena y acercarnos cada vez más a ese mar inmenso que en potencia somos.

Un saber global  

El verdadero conocimiento es integrador, convergente, global. La excesiva fragmentación y especialización puede hacernos perder de vista el sentido general que nos permite entender cómo se articula la vida, cómo todo se integra y relaciona.

Un águila no es la suma de plumas, huesos, músculos, etc., sino una totalidad vital que se expresa en majestuosidad y belleza.

Hablar de amor al conocimiento es no perder esa visión global, amplia e integradora, verdadero motor del progreso de los pueblos, que busca no solo indagar en los “cómos” de la vida, sino en sus finalidades, y que trata de aunar todos los aspectos del saber y de la experiencia. Ciencia, arte, filosofía, economía, espiritualidad, etc., pueden converger en la experiencia plena del conocimiento.

Como dice el preámbulo de la declaración de principios en torno a una ética universal, “Pensamos que es necesario fomentar la cultura como un conocimiento global, como una experiencia profunda de la humanidad que recoja su historia, sus logros, sus errores, expresados en el conjunto de sus valores permanentes, conocimientos científicos, creencias y experiencias, que van siendo acumuladas generación tras generación”.

Cuando el hombre eleva su pensamiento en busca de lo que cree bueno y verdadero, vislumbra ideales de vida que conforman altas metas y modelos de superación y perfección. De esa aspiración nace el impulso de plasmación de un modelo de mundo y de ser humano. De él derivan las formas de arte, de política, de religión; se configuran las formas culturales y civilizatorias. En todo ello, la humanidad podrá errar muchas veces, y tendrá que corregir tantas como sea necesario, pero ¡cuán pobre habría sido la trayectoria humana sin ni siquiera haber empezado a soñar!

La herencia de ese proceso de aciertos y errores, de marchas y contramarchas, supone un legado universal al que todos tenemos derecho, un derecho fundamental al que acceder a través de la educación.

Por ello, la educación, para que sea realmente una fuente de realización para los individuos, ha de ser global, integradora de conocimientos y aspectos de la vida; una educación no solo para la mente, sino para el corazón; no solo técnica, sino una educación en valores universales que reúna como un todo aspectos científicos y humanísticos, tecnológicos y sociales; una educación, en suma, no solo para “saber hacer”, sino para “ser” y vivir plenamente.

Avivar el amor al conocimiento

A menudo me pregunto cómo se puede alentar este amor a la verdad, esa aspiración por conocer y comprender en aquellas personas en que más se haya adormecido.

Lo cierto es que he podido comprobar que en aquellos que poseen un espíritu de superación surge naturalmente en algún aspecto ese impulso por saber. Por otro lado, el embotamiento en el consumismo, o la dilapidación del tiempo libre en horas interminables ante la televisión o los videojuegos adormecen toda inquietud, mientras que el contacto directo con la naturaleza y con otros seres humanos, los viajes o el arte, abren la mente y despiertan una empatía hacia el mundo y su significado.

En cualquier caso, está claro que la búsqueda de la verdad no solo es un impulso hacia fuera queriendo encontrar lo válido y auténtico, sino hacia adentro, despertando las sensibilidades y capacidades para  ver, sentir, entender y ser.

En el frontis del templo de Delfos, se podía leer: “Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”. Y es que, tal vez, la clave para desvelar el universo se encuentre en nuestro interior, como parte de él que somos.

En una escala natural de nuestras realidades internas, el impulso por conocer nos lleva a un aprendizaje y a un desarrollo de habilidades que completan nuestra realidad humana en un proceso creciente.

Aprender a hacer     →

Aprender a sentir     →             Aprender a ser

Aprender a conocer →

Si nos detenemos un momento a observarnos, veremos que cada cual necesita potenciar algún especto más que otro si queremos obtener un equilibrio que se resuma en la natural realización de nuestro ser. Y es en ese trabajo donde se puede decir que se halla la sabiduría, pues el único que puede alcanzarla es el ser, dando sentido y finalidad a todas sus expresiones en la vida.

La Naturaleza: fuente de sabiduría

Pienso que el amor al conocimiento no solo nos llevaría a guardar e integrar en nuestras vidas, en nuestros sistemas educativos, la historia como maestra de vida, la experiencia y enseñanzas de los grandes maestros de la humanidad; no solo desarrollaríamos el amor por la lectura, las artes, la ciencia o la búsqueda de experiencias místicas, sino que nos acercaría silenciosamente a la naturaleza, revelándonosla como fuente de sabiduría, porque de forma sorprendente ese amor nos despierta la capacidad de leer en la Naturaleza.

La Naturaleza nos da una lección de unidad y profundidad, pero hay que saber acercarse a ella con respeto y el alma abierta para escuchar los secretos que nos susurra, secretos que cada cual oirá en su “idioma”: el científico con su mente científica, el poeta con su corazón de metáfora, el místico con su alma alada. El cielo, las montañas, las aves, los árboles, los lagos, las estrellas… son libros abiertos para quien ama el misterio de la vida y quiere profundizar en todas sus dimensiones.

Helena Petrovna Blavastky, filósofa del siglo XIX, dijo que si todos los libros del mundo desaparecieran, nuestro amor a la verdad nos llevaría a recuperar tanta sabiduría acumulada por la humanidad con solo volver a aprender a leer en la Naturaleza.

Pero, como dijera mi querida maestra  Delia Steinberg, para poder desvelar los misterios de la Naturaleza, el hombre debe sentirse uno con ella.

Recapitulemos 

Llegados a este punto, me gustaría recapitular y resaltar algunas de las cualidades fundamentales a las que  contribuye potenciar en cada uno el amor al conocimiento y la verdad:

.- Nos ayuda a canalizar la necesidad legítima de autonomía, de razón propia, del propio pensar frente al ser pensado. Activa el propio motor interior afirmándonos como individuos que quieren comprender por sí mismos.

.- La mente se esclarece por la búsqueda de la verdad, dando paso a la inteligencia y a una de sus mayores joyas: el discernimiento.

.- El amor al conocimiento suele traducirse en sensatez y cultura propia, así como perspectiva para el dominio y equilibrio de uno mismo, pues a la propia experiencia unimos la riqueza trasmitida por los demás hombres.

.- Nos permite realizarnos en el derecho a desplegar la imaginación y alcanzar un cierto grado de conocimiento. Solo el conocimiento (junto con el amor) nos hace libres. Pero sin olvidar que el conocimiento y la libertad implican un compromiso ético con nosotros mismos y con los demás.

.- En la sociedad, es uno de los más importantes motores de auténtico desarrollo, sobre todo cuando el  conocimiento tienen un sentido global y se lo potencia en todos sus aspectos, no solo los tecnológicos o materiales, sino los humanísticos y espirituales.

El compromiso con la autenticidad  

Comenzamos diciendo que el primer rasgo de amor a la verdad es el de ser auténtico, tratar de vivir acorde a los valores y principios que se van reconociendo en nuestra conciencia. Es un compromiso de coherencia entre pensamientos, sentimientos y actos.

El amor a la verdad no puede mirar hacia otro lado cuando hay injusticia, ni hacer oídos sordos a la mentira ni a la crueldad, pues buscando lo justo, lo bueno y verdadero no puede haber complicidad con lo que lo destruye.

Si eres de los que miran el mundo con los ojos abiertos, recuerda: Quien ama la verdad la busca… pero con amor.

Miguel Ángel Padilla