La bondad

Quizás la bondad sea uno de los valores éticos que más apreciamos en los demás y que más nos gustaría que nos rodease por doquier. ¿A quién no le gustaría estar rodeado de gente buena, afable, atenta, alegre, considerada y respetuosa, generosa…?

Como todas las virtudes humanas, es en su manifestación a través de los actos donde se define. Todos sabemos reconocer a una persona bondadosa aunque no sepamos definir la bondad y esta se exprese de infinitas formas.

La bondad nos envuelve en nuestra vida cotidiana mucho más que lo que apreciamos conscientemente, a pesar de que a veces pueda parecer lo contrario. Ella es la base de todo lo bueno que compartimos, es la que hace posible la convivencia, los bienes civilizatorios y la cultura, la generosidad y el esmero en la búsqueda del bien común que nos humaniza. Es, justamente, su ausencia, el egoísmo a ultranza, el que destruye los tejidos que unen y cohesionan la vida.

La bondad es un motor interior que busca el bien en los demás y en nuestro entorno involucrándonos a nosotros mismos. Esa predisposición constante hacia el bien, preocupándose por lo que los demás necesitan, se manifiesta desde el pensamiento, las emociones y los actos, convirtiendo a la persona en un “faro de luz” que emana alegría, seguridad y confianza. Su presencia ilumina, no nos ensombrece. Sembrador del bien, no trabaja con el “¿tú o yo?”, sino con el “nosotros”. Por eso podemos identificar bondad con amor.

Resulta difícil imaginar la verdadera bondad sin reconocer en ella humildad, sencillez y respeto hacia la dignidad del otro. La bondad no es prepotencia ni paternalismo que desde la arrogancia se yergue como hacedor y conocedor del bien. Al contrario, la bondad parece tener mucho que ver con la paciencia (que muchas veces la pone a prueba). Un hombre bueno, por lo general, es paciente, largo en sus expectativas, pues concede a los demás la libertad y margen de error que todos necesitamos en la vida. Una cierta seguridad y confianza interior nacen de su profundo sentido de la vida.

Esa bondad de raíces profundas va unida a la sonrisa fácil, a la afabilidad y a la ternura. Desde la empatía y la generosidad trata de poner alegría alrededor.

La irradiación de alegría y serenidad que produce es fruto de no caer en la superficialidad, de valorar más allá de las exigencias y necesidades de la vida a las personas y a todo lo que nos hace más humanos. Por eso la bondad, la atención, el tacto y la dulzura de carácter que pone de manifiesto, hacen tan fácil la convivencia.

A veces podemos objetar que la bondad ciega causa estragos, sobre todo cuando nos empeñamos en ayudar sin saber las consecuencias o sin tener en cuenta la realidad o libertad del otro. ¡Cuántas barbaridades se han cometido bajo la sentencia: “es por tu bien, lo hago porque te quiero”! Por eso la bondad se complementa con el discernimiento y ambos se conjugan dando lugar a la sabiduría. En este proceso la bondad no pierde sus cualidades, sino que amplía otras poniendo luz a su calor natural.

También, en ocasiones, nos encontramos ante el dilema de ser buenos o justos. Aunque ya abordaremos en otro momento el tema de la justicia, que de alguna manera debe dar a cada cual lo que le corresponde según su naturaleza y sus actos, ¿por qué tendríamos que separarlos ensombreciendo la justicia con la ausencia de la bondad y viceversa?

El amor dulcifica la voluntad y le da formas bellas y afables, además de canalizarla hacia un buen fin. La bondad humaniza la justicia recordándonos que todos somos humanos y que, ultérrimamente, la finalidad de la justicia también es el Bien. Bondad y justicia parece que no solo pueden convivir, sino que deben hacerlo. Siempre me ha resultado muy inspiradora la imagen del modelo de realización como el de aquel ser humanojusto, bueno y sabio. Y me pregunto si realmente estos atributos pueden vivir separados para desarrollarse plenamente.

Pero tocando el final podemos cuestionarnos: ¿nacemos buenos o nos hacemos buenos?

Las modernas neurociencias nos hablan cada vez más de una evidente tendencia en el hombre hacia el bien de los demás como algo innato, arraigado incluso en nuestra biología. Es cierto que hay en nosotros otras muchas tendencias hacia la supervivencia animal que podrían anularla, que conviven en nuestra naturaleza impulsos de toda índole. La complejidad en la vida es un hecho natural que exige de una dirección y armonización que la canalice. Pero la bondad parece que nos hace más humanos.

Como todo, podemos cultivar la bondad, cuya raíz parece existir en todos los seres, o dejarla apagarse bajo el peso del egoísmo; alimentar lo que nos humaniza o nos animaliza (con perdón de los animales).

Personalmente creo que, en la medida en que tratamos de potenciar las semillas de la bondad en nosotros, las flores que se abrirán en nuestra vida a través de nuestros actos, de nuestras actitudes, nos aportarán cada vez más serenidad y felicidad. Como decía Platón: “Buscando el bien de nuestros semejantes encontramos el nuestro”.

Miguel Angel Padilla

Honestidad e integridad personal

La honestidad quizás sea uno de los valores más básicos y universales, imprescindible para poder construir la convivencia humana y establecer una buena relación entre las personas, Gobiernos, instituciones, etc.

La marcha de la humanidad, ya sea a gran escala o en pequeñas comunidades, depende del grado de honestidad de quienes la integran. Una honestidad que debería impregnar todas las esferas que involucran la actividad humana.

Como muchas virtudes, se la valora más cuanto más se ausenta de nuestra sociedad, apreciándola tarde, cuando se resquebraja el edificio de lo social y sufrimos las consecuencias.

Cuando en el año 2008, un reducido grupo de filósofos tratábamos de dar forma a la declaración de principios en torno a una ética universal, escribíamos sobre la honestidad y la integridad personal: «El mundo necesita que los seres humanos vivamos con honestidad, con coherencia con nuestros propios principios y nuestro sentido del Bien y la Justicia. Es decir, con una cierta unidad entre pensamiento, sentimiento y acción que se manifieste en sinceridad y fortaleza moral para no dejarse arrastrar por las oportunidades de corrupción que se nos presenten».

«Solo la honestidad produce ejemplo y es este, el ejemplo, el imprescindible motor de la transmisión de valores y de la confianza en los poderes públicos representados en sus responsables».

Si bien el relativismo imperante en el siglo XX ha producido una gran confusión con respecto a este y otros valores humanos, humildemente creo que se impone la necesidad del sentido común y de poder abordar valores esenciales que por universales, son comunes a toda la humanidad, si bien cada cual puede recorrerlos con sus diferentes matices y expresiones particulares.

Honestidad y honradez van de la mano y se refieren hoy en día a lo mismo. En general, se trata de actuar coherentemente con nuestros valores, pensamientos y sentimientos.

El hombre o la mujer honrados son fieles a sí mismos y coherentes con sus propios principios. No albergan ocultas intenciones. Pero la coherencia solo no bastaría para reconocer la honradez.

La honradez nos habla no solo de coherencia, sino de rectitud de ánimo e intención, es decir, que haya una buena voluntad en nuestros pensamientos y actos, lo que supone que nuestra intención está guiada por el deseo de hacer el bien, de hacer lo correcto. Por lo tanto, para ser honrado hay que tener valores con los que identificarnos.

Para que haya honradez tiene que haber conciencia del bien y un impulso de desarrollo personal, afirmado en lo mejor de nosotros mismos, que fortalezca el altruismo, la bondad y el respeto por los demás.

Es una expresión de nuestra fortaleza moral (como nos recordaría Platón), de nuestra capacidad de mantenernos firmes en nuestros principios más allá de la adversidad. Se trata de un acto de fidelidad a nosotros mismos. Por ese motivo se convierte en la medida de nuestra valía, de nuestro valor.

Los tres grados de honestidad según Confucio (551 a.C.-479 a.C)

Confucio señalaba tres grados de honestidad. El primero (denominado Li) hace referencia al comportamiento que, basado en la sinceridad, busca conseguir los propios intereses, ya sea a corto o a largo plazo, busca el bien personal.

Un nivel superior (denominado Yi) se produce cuando el motor de nuestro comportamiento no es únicamente nuestro personal interés, sino que este se funde con lo que creemos justo y produce un bien, es decir, está movido por la bondad y la justicia. Contempla no solo lo que uno piensa y necesita, sino que incluye a los demás, sus necesidades y su bienestar.

El nivel más elevado de honestidad (denominado Ren) surge cuando alcanzamos un sentido de fraternidad y humanismo tal que tratamos a todas las personas y seres como parte de nosotros mismos.

Unidad e integridad personal. El gobierno de uno mismo

Como vemos, la honestidad nos habla de la coherencia que necesita el ser humano entre lo que piensa, siente y hace, para el logro de una cierta felicidad y convivencia.

Cuando hay honestidad, nuestros actos hablan de nuestras intenciones y estas son buenas.

Pero toda unidad, toda armonía necesita une eje que equilibre, y este ha de estar constituido por lo mejor de nuestra naturaleza humana.

La honestidad nos transforma en individuos (el individuo platónico que se diferencia del hombre-masa), en seres humanos que han logrado una básica armonía interior, desarrollando un gobierno de sí mismos desde una conciencia elevada, desde el propio discernimiento, amor y sentido de la justicia.

Nos hace libres y autónomos, pues nos permite movernos guiados por nuestra voluntad iluminada por los valores, y no por las circunstancias y los impulsos caprichosos de nuestra personalidad cambiante.

Es, pues, como decíamos antes, una muestra de la fidelidad hacia nosotros mismos. Pero ¿a qué aspecto de nosotros mismos, considerando los muchos impulsos e inclinaciones que conviven y se manifiestan en cada uno constantemente? Pienso que a aquello que nos hace humanos, más allá de nuestra realidad animal. Es decir, que busca la propia identidad en nuestra capacidad de discernir, de percibir la belleza y desarrollar la bondad… cada uno en su medida.

La base de la dignidad

En cierto modo, podemos decir que la honestidad es atributo de nuestra dignidad y la medida de nuestra valía.

Sin olvidar que todos los seres humanos (y me atrevería a decir que todos los seres vivos) somos dignos y, por lo tanto, objeto de respeto, tenemos que aceptar la natural aspiración a desarrollar y desplegar el maravilloso potencial que como seres humanos tenemos y que aún no se ha puesto de manifiesto.

Todos necesitamos un poco de autoestima y de aceptación, de valoración por parte de los demás, pero no son los honores y reconocimientos sociales lo que nos dignifica, sino nuestra integridad personal expresada en nuestros actos y los valores que los mueven.

Quien tiene en estima su propia honradez es porque valora su dignidad, y esta la considera la mejor carta de presentación de sí mismo. No valora más lo que dicen los demás que su propia conciencia, y en su relación con el mundo, estima más sus principios que sus bienes.

Su honestidad no se refleja únicamente en puntuales actos, sentimientos o ideas, sino en una constante y honesta trayectoria en aras del bien.

El valor de la palabra

La palabra, como vehículo de comunicación, revela nuestras ideas e intenciones –o debería hacerlo–, establece vínculos y crea puentes de conocimiento mutuo y del mundo.

Si la palabra es sincera, es decir, expresa nuestras ideas e intenciones y compromete nuestros actos, entonces es constructiva y tiene valor. La palabra se convierte en un instrumento de poder, capaz de generar entendimiento, confianza y, por ende, convivencia.

Solo cuando la palabra tiene verdadero valor puede, a través del diálogo sincero, resolver los conflictos y sustituir a las armas de guerra.

Pero cuando la palabra es un instrumento de engaño, un arma demagógica, cuando la palabra de un ser humano ya no vale nada, entonces es muy probable que sea reemplazada por la violencia y las armas. ¿Qué es lo que devuelve entonces el valor a la palabra? Aquello que se lo dio: el ejemplo. Solo el ejemplo da valor a la palabra.

La falsedad, la mentira, destruyen y corrompen, como también lo hace el que faltemos a nuestros compromisos adquiridos, a nuestra palabra dada. En el antiguo Egipto, había una expresión para aquel que sabía medir sus palabras, ser veraz y honrado en sus compromisos: ser Justo-de-voz.

La sombra de la honestidad: la corrupción

La vida nos ha enseñado que para conocer la calidad de algo, su autenticidad y nobleza, hay que verlo sometido a pruebas que lo lleven al límite de su naturaleza (como las pruebas de resistencia de materiales o de calidad de los productos). Solo entonces sabemos la pureza y calidad con que está hecho.

Y, efectivamente, son las situaciones difíciles las que comprometen nuestra calidad humana, y es en ellas donde se forja nuestra honestidad, nuestro auténtico valor. El sentido de la honestidad se construye sobre los sólidos pilares de nuestros principios, pero se desenvuelve sobre lo que las situaciones de la vida nos presenta y, si bien la vida exige flexibilidad y adaptación, no podemos disfrazar la corrupción con adaptación a la realidad.

Cuando algo pierde su naturaleza y se descompone es cuando decimos que se corrompe.

La corrupción no es sino la pérdida de autenticidad, de unidad y coherencia para con los valores que nos comprometen. Y se suele presentar ante las oportunidades de satisfacer nuestros intereses egoístas o cuando estos intereses están en peligro.

Se corrompe quien ha puesto su dignidad moral en el mercado, o sencillamente siempre tuvo como amos y señores sus deseos y apetitos, más allá de las apariencias.

Hay quienes se venden por el dinero, por el halago, por el sexo o la apariencia de poder, que es falso, pues acaban siendo marionetas movidas por los hilos de sus propias debilidades.

La honradez se cimienta sobre la ética personal. Ni las intenciones egoístas ni la ceguera dogmática son buenos consejeros. Por eso, el que es honrado no abusa ni de la confianza ni de la debilidad de los demás.

Responsabilidad

La honestidad es un ejercicio de responsabilidad y libertad. Supone no solo ser consecuentes con nosotros mismos, sino asumir las consecuencias que se derivan de nuestras palabras y actos.

Si cometemos un error, deberíamos recoger el fruto, corregirlo o rehacer el camino. El error no nos hace indignos ni merma nuestra honradez, pero sí la actitud que trata de culpabilizar o responsabilizar a otros de nuestros errores.

Si somos libres para elegir, debemos ser responsables para asumir las consecuencias de nuestras elecciones. Esto es la base de la libertad, no se puede separar de la responsabilidad. Paradojas de un mundo que se cree libre, pero que constantemente huye de su libertad.

¿Puede un fanático o un loco ser honrado?

Si por honestidad entendemos únicamente actuar tal y como se piensa, los fanáticos y los malhechores lo serían, pues actuarían en muchos casos en consecuencia con lo que sus enfermizas mentes o impulsos instintivos les dictan. Sin embargo, al hablar de honestidad reconocemos que la primera integridad que necesitamos es para con nuestra naturaleza humana. Nadie puede permanecer ajeno al compromiso con la propia vida y con el bien común.

¿Existe un deber propio del ser humano? Es difícil responder en un tiempo en el que solo hablamos de derechos, pero si reconocemos unos derechos humanos es porque intrínsecamente aceptamos unos deberes humanos que, como los derechos, forman parte de nuestra naturaleza, y nuestra integridad debe medirse con respecto a ese deber ser, a ese deber ser humano.

En Oriente se nos hablaba de la recta conciencia, el reconocer el Dharma y ajustarnos a él, siendo el Dharma, en este caso, aquello que conduce hacia el buen desarrollo de lo mejor de nuestra condición humana.

En el Noble Óctuple Sendero, Buda recomienda elegir unos rectos medios de vida que no traicionen el deber natural que nos corresponde como seres humanos.

Platón nos insta a aspirar a ser guiados en nuestra vida por el mayor bien y sabiduría. Esa es la mejor aspiración a la que puede llevar el valor de la honestidad.

Quien es honesto es confiable

Esta es la base de toda relación y convivencia. Nadie quiere ser decepcionado o engañado.

La honestidad genera confianza, y la primera confianza que necesitamos es en nosotros mismos.

De la misma forma que el ejemplo que recibimos de alguien nos permite realmente confiar en él, la confianza en nosotros mismos nace del ejemplo que nos damos, más allá de si nos ven o no; nace de la honestidad que tengamos para con nosotros mismos, para reconocer nuestras debilidades, pero también nuestras fortalezas.

Hoy más que nunca, cuando vemos cómo se derrumba la confianza en nuestros representantes políticos y agentes sociales, y con ese derrumbe vemos tambalearse el equilibrio social y la convivencia, se pone de manifiesto que la honestidad es la base de la confianza y que esta pasa inexorablemente por dar ejemplo.

Miguel Ángel Padilla.

El amor: una fuerza primordial

“El amor no es una actitud contemplativa de derrota sino una fuerza tremenda que une las cosas y las mantiene” (Jorge Ángel Livraga).

            La frase que precede es una de las ideas más completas sobre el amor que aprendí de mi maestro, el profesor Livraga, hace ya bastantes años. Esta afirmación contiene la idea de unidad y de fortaleza, de la unión que también planteara Platón al profundizar sobre uno de los temas más universales y a la vez más difíciles de abordar: el amor.

La mitología griega colocaría el amor como potencia primigenia, Eros el Mayor, una de las primeras divinidades que aparecería en la gestación de universo, que mantiene la unidad esencial de ese cosmos que, más allá de las infinitas formas y grados en que manifiesta la vida, sigue siendo uno en esencia y destino.

Una fuerza… Realmente el amor es una fuerza tremenda que promueve la unión de la vida haciendo salir a las partes de su aislada existencia para buscar la vida compartida e integradora, la esencia común que nos permite dejar de ser seres separados para unirnos en una realidad que nos trasciende.

En nuestra condición humana, vivimos el amor desde diferentes planos de conciencia: desde la unión de los cuerpos que buscan perpetuarse, la amistad que comparte aficiones y afectos, el amor por los hijos y la pareja que se manifiesta en cuidados y atenciones inegoístas, hasta el amor intenso a los demás y a la vida, que busca y se entrega al bien percibiendo la unidad pararracional que nos hace ser parte de un todo, una gran familia, y que se expresa en fraternidad, respeto por la vida y bondad.

En todos los casos el amor es un trascender la propia esfera individual de intereses para integrar la de los otros. No es un olvidarse de uno mismo, sino un pasar del “yo” al “nosotros”.

Hay amor en todos los seres humanos, como lo hay en todas las manifestaciones de la Naturaleza. Aunque a veces pueda parecer lo contrario, el amor está latente en toda persona, aunque parezca adormecido o sepultado por un gran egoísmo. En ocasiones ese amor solo necesita de sencillos afectos para desplegar su poder y elevarse a la generosidad y la entrega, de la que huyó refugiándose en una falsa idea de supervivencia generada por los golpes del destino.

Realmente esta fuerza primordial se encuentra presente en todo lo manifestado.  Hay amor en la danza armónica de los astros, en el flujo evolutivo e integrador de la vida.  Hay amor al contemplar y reconocer íntimamente la belleza de una flor. Hay amor en la indignación ante la injusticia y la compasión ante el dolor ajeno. Hay amor al querer ofrecer lo mejor de nosotros mismos en nuestro trabajo y nuestras relaciones. Hay amor al sacrificar algo de nosotros mismos por el bien de los demás. Hay amor al perdernos en los ojos infinitos de otro ser humano y sentirnos uno con él.

Ciertamente en el amor se dan cita la bondad, la justicia y la belleza. Tal vez ninguno de estos valores excelsos pueda darse sin el otro a riesgo de perder su verdadera cualidad, como si fuesen destellos de un prisma esencial al ser atravesado por la Luz Una.

La mágica relación entre belleza y amor es ancestral.

La belleza suscita el amor y el amor mueve a la belleza.

¿Por qué la contemplación de formas, actitudes o ideas bellas despierta en el ser humano un impulso de unión, de posesión del ser que encarna esa belleza? Quizás la natural armonía que se expresa en la belleza resuena en nosotros como un mensaje intuitivo de que la perfecta relación, la unidad es posible, y que esa armonía es éxtasis y felicidad.

El deseo de poseer lo que amamos no es sino una búsqueda ciega de completura hacia afuera, no es dación todavía, pues ese amor es un amor “mendigo” que no ha descubierto su verdadera riqueza. Solo cuando se revierte en busca del tesoro interior, solo cuando se transforma en auténtica posesión de nosotros mismos se vuelve al mundo como dación compartida y el amor “mendigo” se convierte en amor que da, encontrando en los demás la misma maravillosa esencia que uno halló en sí mismo. De alguna forma, nos elevamos a la región de Venus Urania, el amor celeste de estrellas luminosas, desde la región de Venus Pandemos, el amor que mendiga en la tierra lo que tiene en sí mismo.

Sin embargo, ese deseo de posesión es un proceso natural del alma todavía apegada a las sombras y las formas. Al enamorarnos de lo que nos rodea y querer poseer su secreto, vamos descubriendo que los vínculos han de ser despertados dentro. De la búsqueda de la belleza de los cuerpos vamos a ir descubriendo la de las formas, y de ellas a la de los sentimientos e ideas, hasta que alguna vez alcancemos a percibir la belleza natural del espíritu. Ese enamorarse requiere el ir despertando el ojo interno que, tarde o temprano, reconocerá la esencia del todo en nosotros mismos.

En este proceso el amor elevado trasfiere serenidad. En su seno se disuelven el egocentrismo y su fruto, el egoísmo, para abrirnos al descubrimiento del mundo, los demás seres y nuestra maravillosa integridad en su unidad esencial. Al alzarnos sobre nuestros egoístas intereses, se abren paso potencialidades de una naturaleza superior que duerme en nosotros y que nos permiten acceder a realidades que nos estaban ocultas. El amor despierta un ojo que permite ver una belleza y una realidad más profunda e íntima de los seres y la vida. Por ello el amor, desde de los viejos misterios, se nos dijo que era la llave que abría todas las puertas, la piedra filosofal que trasformaba el plomo en oro.

Sin amor no hay desarrollo.

De alguna manera, sabemos que nuestro progreso y evolución individual están en muchos sentidos ligados al desarrollo de la humanidad, al todo al que pertenecemos, al que damos y del que recibimos. El elemento real que une y hace fértiles a las sociedades no es el mero intercambio sino el amor, el verdadero “cemento”  que une el maravilloso edificio de los pueblos. Solo los que aman construyen realmente, integran, hacen crecer: Los que no, los egoístas, los resentidos, se alimentan de la vida que los demás generan, o la destruyen por desesperación, ignorancia o miedo.

Sin amor no hay desarrollo, porque, ciertamente, activa nuestras cualidades más humanas vitalizando la voluntad y la inteligencia. Ambas se vuelven sin el amor destructivas y desintegradoras (como el amor sin la inteligencia se vuelve torpe e incluso dañino, y sin la voluntad, débil y pasivo).

Solo la tríada de Voluntad-Amor-Inteligencia puede generar un desarrollo integral y sostenido de las sociedades humanas.

Esta es una ley ancestral donde la mencionada tríada activa lo mejor de los seres humanos para construir de forma armónica un mundo bueno: con leyes justas; con una convivencia en paz; con una economía sana; y con unas costumbres saludables.

Así se configura un septenario que completa el marco ideal de vida en común.

Un gobierno que no encarne la tríada no puede generar los cuatro pilares mencionados.

¿No es precisamente la ausencia de amor uno de los factores esenciales que están desequilibrando nuestro presente?

No hay amor si prevalece nuestro interés personal por encima del bien común. Sin embargo, a veces nos preguntamos si es posible conciliar la renuncia a uno mismo con el despertar de la propia individualidad.

El amor no busca anularnos como personas para disolvernos en una idea de unidad inconsciente, homogénea, que no ha despertado la noción de su propia existencia. El ideal del amor es una comunión de individuos conscientes que, porque son dueños de sí mismos, pueden construir y potenciar en lugar de ser lastre, masa. El amor no anula al individuo sino que lo potencia, permitiéndonos descubrir cualidades que trascienden el propio egoísmo, y así participar de una realidad que se expresa tan solo a través del concierto y la unión de voluntades, como en una sinfonía o en la construcción de un majestuoso templo.

En el amor hay búsqueda de la perfección, pues en el impulso de entrega y dación uno quiere dar lo mejor de sí mismo y se esfuerza en ello. Por eso el propio desarrollo personal se torna en servicio. No se es más esponja que absorbe, sino fuente por la que fluye el agua y da de beber.

El amor va generando vínculos.

El amor va generando vínculos que, en función de su naturaleza, se revelan como cadenas o como sutiles cuerdas de un instrumento con el que crea música nuestra alma.

En nuestra relación con los demás seres es importante preguntarnos qué nos une, pues los vínculos serán tan duraderos como lo sean las naturalezas de estos.

Hay vínculos físicos y sensuales. Hay vínculos de intereses. Hay vínculos emocionales y de gustos compartidos. Hay vínculos construidos con proyectos de vida e ideales. Y hay vínculos espirituales que unen las almas.

En una escala sutil donde podríamos imaginar cómo la atracción más material se eleva hasta el amor más puro y sutil, podemos reconocer un amor de plomo que, como obra alquímica se transmuta, pasando por el cobre y la plata, en una amor de oro puro y espiritual. En estado de plomo, nos impulsa a los otros a tocarlos y sentirlos; en su estado de cobre, nos mueve a la posesión; en su grado de plata, nos induce a compartir, y en su nivel áureo, el amor nos mueve a transformarnos haciendo surgir el maravilloso potencial que guardamos y entregarlo… por amor.

Es cierto que ante algunos seres surge una especial afinidad, un reconocimiento de cierta íntima relación y unión invisible. Esa expresión del amor nos revela cierto vínculo que tal vez no es nuevo y dormía en el nebuloso recuerdo de experiencias pasadas… o de otras vidas. Ese amor se puede expresar en una vocación, en el interés por ciertos lugares y culturas, en la atracción especial hacia otro ser humano, en la determinación de dirigir nuestra vida hacia un ideal… Y siempre nos conduce a un mayor acercamiento y entrega a lo que amamos. Viejos vínculos del alma que ya ha tejido parte de su encuentro consigo misma, con otras almas, o con el alma de la vida.

Solo el amor nos permite descubrir al otro en la verdadera profundidad de la vida.

En este juego de relaciones que es la vida, todos queremos ser amados, ser considerados y apreciados por los demás. Sin embargo, tarde o temprano tenemos que descubrir que la más importante aceptación y aprecio que necesitamos debe surgir de nosotros mismos.

Cuando una relación nos ayuda a fortalecer esto, el amor crece, pues se funda en la fortaleza y no en la debilidad.

En la relación de amor que podemos establecer con los demás seres humanos es donde se abre la comprensión y aceptación del otro tal como es, de su libertad, de su necesaria experiencia de vida. El sentimiento de unidad para con los demás seres humanos no es una búsqueda de homogeneidad de formas sino de reconocimiento de los infinitos caminos a través de los cuales las personas transitamos nuestro sendero de experiencia. En el largo camino de la existencia, el amor reconoce todas las experiencias como oportunidades de desarrollo, las agradables y las no deseables aunque, por amor, tratamos de evitar el sufrimiento a los demás y a nosotros mismos. Comprender y perdonar los errores ajenos es reconocer para los demás la necesaria libertad que para nosotros ansiamos, y saber que más allá del error está el alma que busca aflorar y crecer.

Una de las cualidades que despierta el amor es la gratitud, gratitud a todos y a todo lo que nos rodea, gratitud donde celebramos cada despertar de nuestra conciencia a un nuevo tesoro que la vida nos ofrece. El agradecimiento es difícil en quien se cree en el continuo derecho de recibir, que está instalado en la exigencia de la vida. Seres así nunca tienen suficiente con lo que la vida les da y difícilmente saben apreciar lo que los demás les ofrecen.

El amor elevado es también desapego, no se ancla ni en la seguridad de lo conocido ni en la solidez de lo que se cree poseer; el amor nos hace libres de equipaje, es búsqueda de ideales en la juventud, es búsqueda de servicio en la madurez y es búsqueda de trascendencia en la vejez.

¿Cómo se abrirá paso el amor entre los seres humanos?

Puesto que el amor es una fuerza latente en todos los seres humanos, simplemente cuando disolvamos el egoísmo y su raíz, el egocentrismo, que nos separa a los unos de los otros, se irá manifestando naturalmente el amor. Éste se haya como parte de nuestra condición humana más elevada y como “alas dormidas” responde a todo aquello que de alguna manera pertenece a su mundo: la bondad, la belleza y armonía, la justicia, la tolerancia, el afecto y cortesía, la reflexión serena y el sentido de trascendencia  de la vida.

Miguel Ángel Padilla

 

 

Valores universales que nos humanizan

Cualquiera de nosotros a lo largo de su vida ha podido comprobar cómo todos tenemos actitudes y cualidades que nos elevan en nuestra condición humana, y por el contrario, otras que nos rebajan hacia lo peor de nosotros mismos. Desde esas actitudes y valores es desde donde se constituyen nuestras fortalezas para afrontar la adversidad, y gracias a ellos también vivimos los más bellos y enriquecedores momentos.
Entusiasmo, empatía, serenidad, discernimiento, amor, orden, sentido de la justicia, voluntad, concordia…
Más allá de la extraordinaria diversidad de caracteres que configuran la humanidad, parece que están estas cualidades válidas para todos los individuos sin distinción de época, raza o condición social.
Es cierto que cada cultura (y por qué no cada persona), va a desarrollar una aplicación particular, una digamos “moral de costumbres” con la que se identifica. Pero hemos visto a lo largo de la historia cuántas veces esas costumbres llamadas “culturales” se enquistan y pierden de vista los valores universales que las inspiraron fanatizando y ahogando la vida. (Como siempre, las normas no pueden sustituir la necesaria conciencia del bien).
Tendremos entonces que esforzarnos en distinguir lo que es una moral temporal de costumbres, de los aspectos que verdaderamente podríamos llamar universales y cuyo reconocimiento y desarrollo nos permita convertir nuestra experiencia personal en una vida plena de realización.
Me gusta pensar que el sistema personal de valores se alza sobre cada uno como un cielo de estrellas, una referencia que orienta nuestra vida. Habrá estrellas fugaces pero siempre estarán aquellas estrellas luminosas y estables que nos permitan trazar rumbos, y bajo cuyo amparo desarrollar aquellas cualidades que nos humanizan y fortalecen.
Es por ello por lo que a lo largo de esta sección me propongo establecer un diálogo con esos valores y aprender de ellos, de su experiencia de vida. Y que juntos, tal vez, fortalezcamos lo mejor que apunta en cada uno. Creo que es una buena manera de cambiar el mundo juntos.

Me gustaría simplificar y aportar  una  visión ordenada  de cómo  pueden expresarse a través de las diferentes planos de manifestación humana

1.VALORES FÍSICOS:

Habilidades, Higiene, Orden, Elegancia,  Austeridad, Equilibrio…

2. VALORES VITALES:

Actividad, Salud, Capacidad de Esfuerzo…

3.VALORES AFECTIVOS:

Control, Gratitud, Cortesía, Amistad, Confianza, Buen Humor, Generosidad…

4.VALORES INTELECTUALES:

Lógica, Coherencia, Conocimientos, Reflexión, Disciplina, Sinceridad, Comprensión, Discernimiento…

 5.VALORES MORALES:

Amor, Justicia, Lealtad, Altruismo, Heroicidad, Responsabilidad, Dignidad, Autenticidad..

6. VALORES MISTICOS:

Belleza, Armonía, Sacralidad, Intuición, Idealismo, Imaginación Creadora…

7. VALORES METAFÍSICOS:

Lo Bueno, Lo Bello, Lo Justo y Lo Verdadero.

Miguel Angel Padilla

El orden

El orden es algo implícito en lo que está vivo y en evolución creciente.

Gracias a él es posible el libre desenvolvimiento de lo mejor de nuestras cualidades y su desarrollo. Sin él, la energía se bloquea o se pierde

Veamos dos ejemplos:

Todos tenemos en nuestra casa alguna pequeña biblioteca. Lo cierto es que si esos libros en lugar de estar básicamente ordenados en algunos estantes, estuviesen amontonados en el centro de una habitación, seguiríamos teniendo los mismos libros pero difícilmente podríamos hacer uso de ellos cuando los necesitásemos.

Muchos no saben que entre el carbón mineral y al diamante, la diferencia que hay es sencillamente que en el diamante las moléculas de carbono están ordenadas siguiendo su patrón natural, mientras en el carbón las fuerzas que intervinieron en su formación no le permitieron organizarse según su propia estructura molecular y se organizaron en un desorden caótico. Es precisamente el orden en la estructura del diamante el que le da esa trasparencia que hace que al atravesarlo la luz pueda expresarse en él todo su esplendor y brillo, que pueda ser tallado para realzar los miles de matices de la luz..

Ordenar es dar a cada cosa un sitio, un lugar lógico, y disponer también de métodos para cuando lo estamos utilizando. Esto permite ahorrar tiempo y energía, además de que nuestro entorno reflejará un poco de armonía (que producirá también sus efectos en nuestra psiquis)

Sabemos que el orden va desde lo físico (reflejado en los lugares que habitamos), el tiempo (reflejado en el ritmo de vida y en los horarios), hasta el orden y medida emocionales y mentales, pero comencemos por el más visible que es el orden físico sabiendo del poder subconsciente de transformación  que posee

Agreguemos un poco de nuestra voluntad, de la autodisciplina diaria, y veremos como la luz de nuestra propia conciencia se abre paso un poquito más cada día en nuestras vidas, viendo, sintiendo y actuando con  más claridad.

El orden es la respuesta de la materia a la presencia del espíritu, esa tríada donde se asienta la Voluntad, el Amor y la Inteligencia. Y a la vez una ventana por donde podemos percibir lo superior que hay en nosotros y el universo. Hacer crecer nuestro orden exterior e interior es una buena propuesta para quien sueña con despertar todo su potencial como ser humano y desarrollarlo.

Miguel Angel Padilla

Reflexiones en torno a una Paz duradera

No es raro ver en cualquier época del año cómo desde diversas instituciones se promueven campañas, foros y actos de sensibilización en torno a la Paz y la concordia de los pueblos.
Todos estos impulsos no sólo son loables sino que se hacen imprescindibles en un mundo globalizado por la economía, pero no tanto por valores universales.
Es alentador ver una cada vez mayor sensibilidad al problema y observar cómo surgen por todos lados iniciativas y movimientos que tratan de promover la Paz, el único marco posible donde el hombre puede desplegar toda la riqueza de su condición humana. Se trata de iniciativas que quieren hallar puentes de comunicación cargados de cordura que se eleven sobre aquello que nos separa para encontrarse en lo universal y humano que nos une. Y la mayor parte de estas iniciativas llegan a la misma conclusión: que los tratados basados en intereses socioeconómicos, si no tienen un respaldo de verdadera formación y cultura humanista de las sociedades, en la fraternidad y unidad esencial de la humanidad, no funcionan, simplemente posponen los conflictos, mientras crece el resentimiento y el odio. El diálogo no se impone, sino que nace de la calidad humana, alejada de los fundamentalismos, los egoísmos y los miedos.

He reunido, a modo de notas, algunas ideas que me parecen muy interesantes a la hora de hablar de la necesidad de construir en el mundo una Paz sostenible, y que resumen, aunque no agotan, muchas de las propuestas que en torno a la Paz plantea la filosofía, en un intento de llevarnos a la raíz del problema.

Si de concordia y diálogo hablamos es necesario un reconocimiento de la dignidad de “el otro”, un verdadero amor y no solo respeto por la humanidad, reconociendo que más allá de mi postura y mi verdad, y de la verdad del otro y su postura, existe un punto armonizador superior que las contiene a ambas y las trasciende. A ello deberíamos aspirar superando nuestros prejuicios y apegos a costumbres y elementos que, aunque útiles en un momento dado, necesariamente son circunstanciales, epocales y sujetos al cambio.

Se hace imprescindible distinguir lo temporal y secundario de lo atemporal y universal. A veces nos aferramos más a las formas que a los valores profundos.

Para que haya Paz, es preciso restaurar la credibilidad en el hombre, en los líderes religiosos y políticos, en las sociedades, en los individuos. Para ello nada tan preciso como la autenticidad y la coherencia con uno mismo.

Debemos reconocer de una vez por todas, el poder inductor de ideas, actitudes y comportamientos que tienen los medios masivos de comunicación, a escala planetaria. Si somos capaces de legislar considerando que el ver el tabaco en los escaparates de un estanco promueve su consumo, ¿qué promueve lo que todos los días, en todas las casas de todos los lugares del mundo se ve en televisión?

Necesitamos recordar que el camino hacia la Paz y los verdaderos bienes para la humanidad están más vinculados al despertar del propio discernimiento y madurez interior que a la obediencia ciega a unas leyes, sean civiles o religiosas. La bondad y la inteligencia, si no nacen de un manantial interior, no son reales.

Es necesario la superación en gran parte de ese egoísmo que nos hace mirar para otro lado cuando se trata de perder algunas de nuestras comodidades o prerrogativas en aras del bienestar de todos.

Sin un desarrollo económico sostenible básico, que erradique la pobreza del mundo, los hombres y pueblos que luchan por su supervivencia y no alcanzan un marco digno en el que desarrollarse como personas, no entienden más razones que las de su propia desesperación. Y ese compromiso ha de ser asumido por los dirigentes políticos de forma real y auténtica.

No podemos pretender “diálogo por la Paz” con pueblos desesperados solo porque su desesperación pone en peligro nuestro bienestar.

Es peligroso, en la búsqueda de consenso, caer en la comodidad de relativizarlo todo, actitud que no nos lleva a ningún compromiso en la vida. La Paz no es una actitud de derrota y abandono sino de la conquista sostenida de los valores que unen.

Tal vez vaya llegado el momento de que valoremos más los bienes que producen para la humanidad la Concordia que el petróleo.

Podríamos añadir más y más cosas, las mismas que al hilo de la reflexión se te han ido ocurriendo, lector, pero lo cierto es que es hora de un verdadero compromiso individual con la Paz, porque la Paz ha de nacer primero, no de los pactos entre los hombres, sino de un pacto intimo y personal, que se exprese en rectitud, generosidad, sabiduría y amor.

Miguel Ángel Padilla
Artículo publicado en enero de 2009 en la Red de Ética Universal

Voluntad: Energía realizadora

Una actitud activa ante la vida pone las riendas del futuro en las manos de nuestra voluntad. Por el contrario el abandono de uno mismo, la pasividad y la abulia tan solo nos convierten, como en el cuento oriental en las que las aguas de un río se pudren al estancarse, en una sombra de lo que podríamos llegar a ser.

Hace falta poner en marcha en la vida nuestro potencial realizador permaneciendo siempre activos en lo mental, emocional o físico, pues la energía no se gasta sino que fluye por los canales que la hacen circular.

“La vida vale por el uso que hacemos de ella, por las obras que realizamos “ decía el filósofo Jose ingenieros.  De nada vale saber lo que queremos si nos esforzamos en  hacerlo realidad.

Ni el más elevado pensamiento tiene validez en nuestro actual estado evolutivo si no mueve nuestra Voluntad, que es el impulso de realización del Ser

La energía realizadora es la fértil agua que da vida a los pueblos. Cuando está guiada por nobles ideales puede construir el maravilloso “edificio civilizatorio” donde la humanidad puede realizar en cada tiempo histórico lo mejor de su condición humana.

A nivel personal es la luz individual expresando toda nuestra riqueza y dando vida al magnífico potencial que espera realizarse.

¿Has observado como tu vitalidad está en íntima relación con tu estado de ánimo?. Son precisamente las altas emociones y sentimientos los mejores impulsores de nuestra energía realizadora. Y esos altos sentimientos nacen de la mano de elevados pensamientos.

Por el contrario las actitudes críticas, pesimistas o simplemente autocompasivas minan nuestra vitalidad hundiéndola en una inercia y debilidad continua.

En el cuento oriental que antes mencioné narra como el díos Indra hizo salir al cenagoso río de su putrefacto lecho, enfrentándole a las rocas e incómodos desniveles. La inercia solo se vence por la acción que siguiendo el camino trazado trata de vencer toda adversidad. Solo la actividad produce vida.

La energía ha vitalizado y puesto en marcha el Universo. Es pues el canal que da vida al plan evolutivo,  a la plasmación de los arquetipos en el mundo manifestado.

El permanecer ociosos nos hace extraños a la vida y la rítmica marcha del universo.

Hay un estrecho vínculo entre energía juventud y entusiasmo. Pero más allá de ser  la juventud la que produce energía y entusiasmo, es la presencia de estas dos lo que nos torna jóvenes interior y exteriormente. Los ideales latiendo en el corazón (entusiasmo) y la actividad son llaves de la “Afrodita de oro”.

Recientemente se está descubriendo como en los ancianos el realizar ejercicios de gimnasia vuelven a activas procesos de rejuvenecimiento celular que se creían irreversibles por la edad.

Esta energía realizadora es impulso hacia delante, es afán de renovación, es vocación de progreso y  perfección. Cuando caemos en la pasividad renunciamos a la vida, renunciamos a nuestra cuota de libertad y acabamos poniendo nuestro destino en manos ajenas. La dignidad que nace de la necesaria libertad de ser y de poder hacer se ahoga en la indiferencia de la renuncia a si mismo.

No basta com pensar en lo que soñamos, en los que creemos justo o bueno, es necesario poner toda nuestro esfuerzo en su realización. Si esa energía nos es fuerza bruta, sino inteligente impulso y constante dedicación, llegaremos a donde nos propongamos. “Si vas por un camino que tus manos construyen día a día llegarás al lugar donde debes estar”. (Máximas egipcias de Ani)

El universo pone en nuestras manos un infinito caudal de energía realizadora. Ponlo en marcha para que mueva los resortes del futuro.

Miguel Angel Padilla

Lo duradero

Al querer comenzar a escribir sobre valores que nos humanizan, de valores universales que nos permitan reflexionar sobre lo verdaderamente importante, me he preguntado por cual de ellos empezar, que cualidad podría estar de entre las primeras.

Es difícil decidirse pues cada valor tiene su importancia, así como la tiene el hecho de que no se den aislados sino reforzándose unos a otros. Pero de entre todos los valores que podemos reconocer como válidos para toda la vida y para todos los seres humanos, tal vez sea precisamente eso, lo perdurable, lo duradero, lo que no lleva la etiqueta de “usar y tirar” lo que necesitemos comenzar resaltando.

Nuestro tiempo se caracteriza por todo lo contrario, por el cambio continuo, por la búsqueda de novedad, por la comida rápida, el amor rápido, los resultados rápidos… y por lo mismo los fracasos rápidos. Basta con parecer (que es más rápido) en lugar de ser (que es más lento pero duradero).

No se trata de una actitud de desapego que deja que las cosas fluyan sino de un apego a lo cambiante a lo superficial que nos desarraiga de nuestro propio ser. Lejos estamos de aquella actitud de viejas civilizaciones, que buscaban en todo lo que hacían y construían su duración en el tiempo.

Sin embargo las cosas que realmente pueden cimentar la felicidad y realización humana tienen vocación de perdurabilidad: nobles ideas y sentimientos, buenas relaciones, valores edificantes…

Se me ocurre que tal vez sea esta una buena forma de comenzar por cambiar las cosas, por enfrentarnos a un mundo que queremos hacer mejor: comencemos por revalorizar lo estable, lo duradero, lo que nos pueda servir para mucho tiempo. No se trata entonces de tener muchas cosas, de sumar viajes, personas en el correo electrónico o sentimientos sino que sean de calidad, buenas y duraderas. Elegir al adquirir algo lo útil y duradero, buscar amistades duraderas, elegir palabras duraderas, soñar sueños duraderos, caminar senderos duraderos…

Tal vez el espíritu humano busca reconocer su inmortalidad a través de lo que vence al tiempo. O sencillamente algo me dice que la calidad, lo válido está  aliado con lo duradero. En cualquier caso es una buena economía natural (muy válida en tiempos de crisis por otro lado) que no vuelve insaciable al ser humano.

No es una mala opción: reconocer lo que pasa, lo que se lleva el tiempo, sin más drama, para  elegir y fortalecer lo perdurable.

Miguel Ángel Padilla